Tuesday, October 14, 2008

LA MUERTE EN LA LITERATURA Y EN EL ARTE.

Sobre la fuerza emocional telúrica de la muerte que sido, es y será punto de partida del más grave raciocinio, tiene Unamuno palabras felices y aclaratorias: “Un Miserere cantado en común por una muchedumbre azotada del destino vale tanto como una filosofía”, podemos recalcar que dicho canto se hace en las tinieblas de profunda incertidumbre. Pocos escritores, artistas y músicos se han sustraído al tema de la muerte. El misterio, compartido por todos, que encierra es manantial inagotable de inspiración para la poesía. La muerte (thanatos) y el amor (Eros), inseparablemente unidos, fecundan la conciencia del hombre y le sugieren ideas y sentimientos.

La muerte destruye, para unos; el amor crea, para otros. Este crear y destruir, en riguroso turno de poder, forman la trama de la gran tragedia de la vida. Quién pregona el triunfo definitivo de la muerte; quién la victoria de la muerte. Muerte y amor, en incansable forcejeo, se disputan nuestras codicias, nuestros afanes, nuestras ilusiones. Y así hasta la consumación de los siglos en una especie de guerra fría y paz ardiente.

La muerte, he llegado a comprender en este seminario, no se define; se siente, se teme, se llora o se cante. Para el filósofo es motivo de meditación; para el poeta, ritmo y melancolía. La Danza Macraba (1874) de Camile Saint Saëns (1835-1921). Nos describe el paisaje nocturno de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que una danza macabra siempre ha sido un tema alegórico en arte, literatura, teatro y música que se caracteriza por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte, así como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social. Es también una amonestación a la necesidad de arrepentimiento.

La novelística universal debe a la muerte sus mejores capítulos, los más intensos y densos del contenido humano. Y aquí la ficción nunca es ficción porque calma su sed en los abrevaderos experimentales de la realidad. Desde los llamados Libros de los Muertos de los antiguos egipcios, que se colocaban junto a los cadáveres a modo de itinerario, pues contenían minuciosos detalles de los parajes ultraterrenos hasta “Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías”, de uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), pasando por la “Diferencia entre lo temporal y lo eterno” de Padre Juan Eusebio Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, más o menos ascética, más o menos humorística, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningún país, ni tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideológico y geopolítico.
La inquietud de la muerte flota como un fantasma sobre la lírica del mundo entero. Hay poesía del amor y hay poesía de la muerte que a veces, se funden en un solo gran poeta que se llama “el Temor”.


Así nos encontramos con:

- César Vallejo (1892-1938). Cuando decide morirse porque si . Por las experiencias del dolor cotidiano que es la muerte por cuotas; la visión de un mundo como un lugar penitencial sin certeza de salvación.
- Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Consternado por la soledad en que se quedan los muertos.
- Antero Quental (1842-1891). Quien consideraba el mutismo de la muerte más resonante que el
clamoroso mar.
- Joaquín Teixeira de Pascoaes (1877-1952). Que deseaba morirse como la luz, como el paisaje, a la dulce hora del crepúsculo.
- Faver Páez para quien la muerte debe pesar mil noches juntas.

Tenesse Williams (1811-1983) nos decía que: los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. Ernesto Sábato, nos guía sobre “Héroes y tumbas. Miguel Otero Silva nos lleva a visitar sus “Casas Muertas” y denuncia “La muerte de Honorio”. Gabriel García Márquez, nos anuncia una “Crónica de una muerte anunciada” y en “Ojos de Perro azul”, se enfrenta cara a cara con esa presencia inevitable que es la muerte descubriéndola como una parte gemela de nuestro cotidiano vivir.
La muerte conocida desde la vida y en la vida misma. La muerte vislumbrada en los sueños y luego conocida como experiencia total: del alma y del cuerpo. La muerte como una constante inminencia que nos revela hasta qué punto nuestro propio ser está formada por aspectos distintos y nunca imaginados. En la “Tercera Resignación” nos dice el Gabo: “En el polvillo bíblico de la muerte.


Acaso sienta entonces una ligera nostalgia; nostalgia de no ser un cadáver imaginario, abstracto armado únicamente en el recuerdo borroso de sus parientes. Sabrás entonces que va a subir por los vasos capilares de un manzano y a despertarse mordido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces _ y esos le entristecían _ que ha perdido su unidad; que ya no es –siquiera- un muerto ordinario, un cadáver común.

La dicotomía del thanos y el ros aunque parezca dos elementos distintos se convierte en uno solo, Vargas Vila la resalta en su Ibis en una sola unidad: “Teme al amor como a la muerte, que es la muerte misma”. Entre los poetas y escritores latinoamericanos que tratan la muerte de manera especial y sus incertidumbres constantes del deceso, se encuentra en Rubén Darío

A lo Fatal: Dichoso es el árbol que apenas es sensitivo / y más la piedra porque esa ya no siente / No hay mayor dolor que el dolor de estar vivo / Ni mayor pesadumbre que una vida consciente / ser y no saber nada y ser su recurso cierto / y el temor de haber sido y en futuro tierra / y el espanto seguro de estar mañana muerto y sufrir por la carne y por la tierra / y por lo apenas sospechado e imaginarnos / sin saber siquiera a donde vamos / ni donde venimos.
En la poesía venezolana, el tema de la muerte es frecuente en Lazo Martí en su “Silva Criolla” la resalta con su “es tiempo de que vuelva es tiempo de que tornes y la lluvia con sus esteras verticales, trae la muerte”. Pérez Bonalde en su “Vuelta a la Patria”, engolfa a su madre y su muerte: Madre aquí estoy / de mi destino vengo / a recibir en tu glacial regazo / la triste para que el pecho tengo / y darte cubierta de la ausencia mía.


Escritores y poetas han vivido rodeado de muerte ejemplo de ello lo tenemos en: Horacio Quiroga (1878-1937) siendo niño ve el suicidio de su padre, la esposa también se suicidio, él accidentalmente manipulando una pistola mató al poeta Federico Ferrando, sus dos hijos Rubén y Haide también fallecieron por suicidio y él también se mató. Todos los cuentos de Quiroga tratan sobre la muerte. El primero, por ejemplo, se llamó “Cuentos de amor, de locura y de muerte”.

El segundo ejemplo lo tenemos en Ernest Hemingway (1899-1961) y su juego con la muerte; en su conciencia, en su pasado, en su recuerdo y en su futura descendencia: su abuelo, su padre, él, su hija y su nieta decidieron acabar con su vida y encontrarse con la muerte en el momento cuando ella, ellos o el destino lo consideraron oportuno. Su obra precipita hacia la fatalidad todas las verdades de la vida, con la presencia de la muerte.

La muerte en toda su expresión la encontramos en todos los libros de Hemingway, especialmente en “Adiós a las armas”, “Muerte en la tarde” y por “Quién doblan las campanas”. En su obra se desprende que: el hombre es, en la creación, el único ser que sabe de antemano que ha de morir, y que tiene la facultad de pensar en ello en los momentos en que la alegría y el orgullo de vivir podrían embriagarle más.

De igual modo que ésta es la idea fundamental de la obra de André Malraux (1901-1976) en ella cohabitan una acción fonética y un pensamiento angustiado, en las “Voces del Silencio”, Malraux, da todas sus resonancias a la palabra destino para librar al hombre de su fatalidad mortal: “sabemos muy bien –escribió- que esta palabra cobra su verdadero sentido por el hecho de expresar la parte mortal de todo lo que ha de morir”.; es también lo que constituye toda la soberanía del hombre a los ojos de Hemingway. Esta soberanía aparece tanto más clara por cuanto surge de la tremenda lucha que sostienen la vida y la muerte en el seno de la naturaleza.

El realismo de Hemingway pinta esta lucha con tan vivos colores, que es capaz de evocar todas las opulencias de la vida. Véase, por ejemplo, en “Tener o no tener”, la pagina en que nos muestra el bullicio de unos pececillos pegados a un barco a la deriva sobre el cual agoniza un hombre mortalmente herido: los peces se sacian con la sangre que se desliza por el flanco de la embarcación y se diluye en hilillos viscosos en el mar. Así la vida fluye hacia la muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Sólo cuando el hombre aparece en esta repugnante aventura, es con ciencia y conciencia de su destino. Vive como el resto de la naturaleza, en un caos análogo de absurdos y de violencia. Pero sabe que tiene una cita con la muerte, y cuanto más se lanza a una vida arriesgada, tanto más tiene fijos los ojos en la muerte.

Todas las distinciones que hace Hemingway entre los hombres se basan el en valor que poseen para sostener esta mirada. Él visitó muchos pueblos. Su predilección iría, entre todos, hacia el que , dijo, “se interesa por la muerte”, hacia el pueblo español. Escribiría en “Muerte en la tarde”: “Cuando un hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por sí mismo uno de los atributos divinos, el de darla”. Pero en “Por quién doblan las campanas” su héroe afirma: “hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto, todo se corrompe”. Es una de las supremas bellezas del libro, esta depuración de la idea de la muerte más allá de una vida en la que la muerte está constantemente presente en acción y en imágenes vividas.

En la obra de Hemingway encontramos también otra fuente de emoción, consiste en la inminencia de la muerte dentro de la vida ardiente del amor. Pero él siempre decidirá cuando llegará la muerte

BIBLIOGRAFÍA
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Autor:
Luis Rafael García Jiménez
garcial@ujap.edu.ve

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