Thursday, July 29, 2010


Apuntes para imaginar el futuro


Introducción


Con excepción de los magos, astrólogos, brujos y pitonisas, que trabajan lejos de los métodos científicos, con dones o poderes reservados a unos pocos; y de algunos macroeconomistas, que predicen la conducta futura de los mercados, o los que estudian el clima (uno de los fenómenos naturales más complejos de predecir), el hombre actual se siente inseguro cuando se le pide que imagine el futuro, el propio o el de la Humanidad. El mundo se ha vuelto tan complejo, tantas redes y relaciones causales se han tejido, unas sobre otras, sobre la superficie del globo, que la idea del futuro (no la del inmediato, sino la del que comienza a partir de un horizonte temporal de diez o más años), el ejercicio de imaginarlo hasta llegar a formarse una visión borrosa pero coherente, le crea no poca angustia e inseguridad.


En unos casos el hombre puede estar tentado a producir la visión optimista de un futuro luminoso en el que la ciencia y la tecnología le ha abierto caminos de paz, salud, justicia, y felicidad para todos a costos mínimos. Pero apenas se acuerda de los problemas suscitados por: el calentamiento global; la pobreza y la desnutrición, el analfabetismo y la morbilidad a los que está asociada; las amenazas autocráticas a las democracias; las exitosas estrategias populistas a las que recurren los fundamentalismos seculares o religiosos que, luego de parpadear unos segundos, su visión luminosa del futuro comienza a oscurecerse al sentir que no sabe cómo todos esos problemas actuales, algunos de los cuales parecen tener una tendencia a empeorar, pueden ser resueltos en el futuro. Es entonces cuando empieza a germinar en la imaginación del hombre la visión de un futuro apocalíptico, oscuro, terrible; el temor a que la humanidad desaparezca de la faz de la Tierra. Este Apocalipsis puede ser también la consecuencia de: eventos catastróficos de clima extremo; de la proliferación de dictadores que, en el marco de precarios acuerdos con el terrorismo y las mafias internacionales, amenacen con pulsar botones que lancen misiles atómicos o dispersen agentes químicos o biológicos de destrucción masiva capaces de desatar una nueva guerra mundial; accidentes de origen humano, peores que el del Exxon Valdez en Alaska, o los de Three Mile Island o Chernobyl, que ocasionen daños ambientales que amenacen la vida animal, vegetal y los seres humanos de vastas regiones. (o incluso sólo uno de ellos) originen una catástrofe que nos borre de la faz de la Tierra.


Postapocalipsis


Pudiera también suceder que tal evento catastrófico no nos borre del todo, lo que podría ser peor. Que borre solamente las obras que hemos acumulado como civilización a lo largo de la historia. Que borre las huellas de la cultura. No solo la de Occidente. La de todas las culturas que registran nuestras obras. Y quedemos solo, como en The road, la novela de Cormac McCarthy, unos pocos sobrevivientes. La gran tragedia sería que a algunos de nosotros, nos queden en ese período postapocaliptico, el tiempo y la inteligencia para darnos cuenta del horror que ha producido nuestra inconciencia como especie; nuestra irresponsabilidad. Y que luego de ese acto tremendo y trágico de darnos cuenta; luego de ese inconmensurable y profundo acto de contrición, lloremos todas las lágrimas que nos quedan en ese mundo en el que seguro el agua será escaso hasta quedarnos secos de tristeza y de líquido.


Por supuesto que lo anterior no descarta ni impide un evento que luce más inexorable, por ser algo que no depende de la acción humana. Me refiero al hecho de que catástrofes naturales impredecibles, como la explosión de un supervolcán (como el que se cree yace durmiente debajo del Parque Nacional de Yellowstone), el impacto de un meteorito (que se estima ocurre cada millón de años) o una explosión de rayos gamma que provenga de fuera de la Vía Láctea (que ocurre una vez cada mil millones de años, y puede emitir en milisegundos una energía superior a la del Sol a lo largo de toda su vida), haga desaparecer la Capa de Ozono y con ella la mayor parte de la vida sobre la Tierra. Por nombrar sólo unos cuantos factores que pudieran oscurecer el futuro del hombre. Y sin embargo, nada de esto que hemos pensado nos impide ni resta energía para imaginar el futuro. O revisar algunas visiones contemporáneas. En lo que sigue se exploran visiones del futuro que no están en esos dos extremos de Apocalipsis o felicidad plácida para todos. Estas visiones se pueden destilar del imaginario de la calle, ése que se estructura por la suma de avisos publicitarios, vallas, noticias curiosas, reportes científicos, declaraciones de funcionarios de organizaciones del gobierno, y la imaginación popular.


Futuro y conspiraciones


Cierto futuro de calle se deja influenciar por infundadas teorías de conspiración que presumen que los inventos del futuro existen en el presente pero que el gobierno y sus adláteres lo ocultan. Series de televisión como The X Files (1993-2002), recogen estas ideas en historias que captaron la atención de millones de espectadores a lo largo de los años. Para quienes creen en las conspiraciones, la Humanidad no está sana porque las multinacionales y sus oscuros intereses no lo permiten; no hemos visto a los extraterrestres y su tecnología avanzada porque la ocultan otros intereses a cientos de metros debajo del suelo, en medio del desierto de Nevada, en lo que se conoce como Area 51. Otros piensan que ya han sido inventados motores antigravedad que pueden propulsar a vehículos a un costo mucho menores que los motores convencionales, pero que los intereses económicos internacionales no permiten que éste u otros inventos que podrían ayudar a la humanidad sean diseminados. En suma, si no hubiera oscuros intereses, el nivel tecnológico de la Humanidad sería mayor y la consecuencia más importante de ello sería que el futuro habría llegado ya. Pero los conspiradores lo han impedido para ser los únicos beneficiarios de las invenciones maravillosas que lo acompañan.


El futuro que no llegó


El futuro perfecto, soñado por las masas; aquel que supuestamente iba a estar apalancado por los grandes descubrimientos científicos del siglo veinte, desde la corriente alterna y la radio, hasta los rayos X, la energía atómica, y el transistor, no llegó. Algunos pensaron que los dirigibles serían los vehículos voladores del futuro y construyeron la Torre Eiffel y el Empire State con el propósito de que sirvieran en algún momento como aeropuertos para estos vehiculos. Otros celebraron la energía atómica, o los carros voladores o anfibios, que pasan del aire a la tierra y de ésta al agua en un extremo de versatilidad, semejantes a los vehículos que conducían los Supersónicos (The Jetsons), la famosa serie de Hanna Barbera. Pero éste no llegó y las ideas populares que lo anticipaban se quedaron como inspiración de ilustraciones ejemplares de Mecánica Popular. Esas ilustraciones divertían y animaban a millones de norteamericanos (a algunos europeos, y menos latinoamericanos) a trabajar enérgicamente para ser también ellos partícipes, aunque sea desde la cola, de ese fantástico futuro.


Blade Runner: Futuro a retazos


Esta película dirigida por Ridley Scott, basada en un libro escrito por el autor norteamericano Philip K Dick, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968), se convirtió en paradigma de los tiempos posmodernos. Proponía la película una visión nueva del futuro. La energía atómica, la microelectrónica, la cibernética, la ingeniería genética, la robótica, no modificaban homogéneamente la sociedad; el progreso no llegaba como un modelo de sociedad que reemplazaba completamente la sociedad vieja; no habían desaparecido (todo lo contrario) las fábricas que contaminaban con humo la atmósfera. Sugería esta película que el progreso tecnológico no tiene porqué traer mejoras para todos en todos los aspectos de la vida. Quizás porque la superpoblación y la consecuente escasez impedía que hubiera recursos para todos. El resultado es que la pobreza era mayor en el futuro que en el presente y los contrastes eran también mayores. El futuro entonces podría configurarse como una fusión entre las promesas de un desarrollo súper tecnológico que no alcanza aún para alimentar y darle riqueza mínima a la superpoblación, y la miseria y barbarie del pasado aún existen y conservan el mismo rostro inhumano.


Una buhonera de una calle de Los Ángeles, de Hong Kong, Tokio o Helsinki podrá quizás analizar con un microscopio electrónico portátil una escama sintética (como vemos en la película) y decirnos quién es su fabricante. O quizás como podría ocurrir en una novela del norteamericano-canadiense William Gibson (lanzado a la fama como escritor de ciencia ficción cuando publicó Neuromancer en 1984), una buhonera posmoderna podría ser la traficante o comerciante legal (según vayan las cosas) de cierta variante sintética y no adictiva, pero enteogénica, de la dimetiltriptamina (DMT)—aquella con la que el etnobotánico norteamericano Terence Makenna, versión en New Age de los beatniks de los años cincuenta, viajó en incontables ocasiones y una vez, al despertar, declaró que durante su sueño ángeles o dioses o extraterrestres le habían revelado los secretos del I Ching y su relación con la estructura fractal del tiempo. Quizás esa buhonera hipotética estará ahí para venderle, a quienes desean escaparse en un viaje místico pero no pueden llegar al Himalaya, una pastillita de ésas que les garantice algunos minutos de contemplación del mundo que se alza más allá de las puertas de la percepción.



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