Thursday, July 29, 2010


Tecnología e imaginación del futuro



Podemos imaginar el futuro, narrativamente, a partir de una escena. Imaginar robots inteligentes que nos sirven cocteles cosmopolitan en bandejas con ruedas que se desplazan hasta el borde de la piscina—donde leemos una novela de Tolstoi en papel electrónico—movidas por motores servocontrolados que se disparan de acuerdo con la subida o bajada del alcohol, o el azúcar y otros parámetros químicos y físicos de nuestro cuerpo, monitoreados en tiempo real por sensores insertados debajo de nuestra piel que están en contacto con nuestros vasos sanguíneos, o junto a órganos vitales, y envían la información telemétricamente a un computador que luego reenvía órdenes a nuestra ropa (que se hará más caliente o fría, más clara u oscura), a la casa, que apaga o prende luces, baja o levanta persianas, revisa y ajusta la lista de alimentos de la despensa, hace solicitudes de nuevas camisas o trajes al sastre, o agenda la cita del cardiólogo, el psicoanalista o el obstetra, o decide que, efectivamente, necesitamos otro cosmopolitan. Un mundo de artefactos inteligentes, propios algunos y públicos otros como los semáforos o las autopistas, que están a nuestro alrededor para servirnos. Un mundo en el que la tecnología nos hace la vida más llevadera y confortable.


El escritor Arthur C. Clarke


Podemos también imaginar disruptiva y caóticamente, de qué modo puede el futuro cambiar dramática y radicalmente; dejar de ser una prolongación, o amplificación de nuestras comodidades más novedosas, nuestras limitaciones, nuestros lujos grandes y pequeños, para convertirse en lo que nunca habíamos imaginado. Lo que trato de decir quizás lo comunica mejor el escritor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke (2001: A Space Odyssey) con sus Tres Leyes de la Predicción, acaso inspiradas en innovaciones tecnológicas tan improbables como los videófonos, las laptops, el correo electrónico, o la clonación que aparecieron descritas y anticipadas en sus novelas de ciencia ficción: 1. Cuando un científico distinguido pero anciano declara que algo es posible, es casi seguro que esté en lo cierto. Cuando declara que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado. 2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco dentro de la frontera de lo imposible, y 3. Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.


Una de las bondades de la más avanzada tecnología es su invisibilidad, su transparencia, lo silencioso que es, la posibilidad de estar allí para ayudarnos en nuestra vida diaria sin que la advirtamos. Deja de ser oscura y lucir complicada como los teléfonos de baquelita negra que se marcaban haciendo girar un pesado disco de números o los amplificadores de tubos amados por los audiófilos o aquellas barrocas máquina de linotipistas (como aquellas que fabricaba la Mergenthaler Linotype Company, o The Intertype Company) que parecían respirar y transpirar (recuerdo de niño cuando iba a la imprenta con mi padre y nunca dejó de impresionarme esta máquina) como elefantes mecánicos.


La máquina del linotipista (Intertype)


(Aquí quiero hacer una reflexión: Pienso que hay un aspecto romántico y hermoso en esos sudores tóxicos que emanan de las aleaciones de plomo y antimonio con que estaban hecho los tipos antiguos que usaba el linotipista. Esta idea de tecnología invisible me hace pensar tambien en la miniaturización (recurso para lograr la invisibilidad) como gran lineamiento del desarrollo tecnológico contemporáneo. Eso nos recuerda una y otra vez que lo que perdemos año a año es la holgura espacial, que cada segundo es más costoso el espacio, que será el lujo esencial, como ya lo es en Japón, donde los apartamentos amplios son un privilegio de pocos.)


En cambio, es esa tecnología leve y sutil, como la que vemos en el iPhone, que se puede controlar con toques de la pantalla con las yemas de los dedos, o con movimientos que agitan el aparato la que es modelo de esta tecnología mágica del futuro. En el futuro, es posible que seamos testigos de la aparición de tecnologías más orgánicas, bien sea por su escala microscópica, análogas a la fábrica responsable de la síntesis de proteínas en la mitocondria, o por su tamaño mínimo, como los nanomotores fabricados con nanotubos y delgadísimas láminas de oro, por el profesor Alex Zetti de la Universidad de California en Berkeley. Este tipo de tecnología que se mimetiza o que es invisible alojo humano por su pequeñez es la que se hace indistinguible de la magia por su semejanza con el entorno natural. Ese mundo de tecnología mágica e invisible, perfectamente adecuado a los ecosistemas naturales, donde lo artificial, que convive armoniosamente con lo natural, no está hecho de máquinas y piezas metálicas sino de macromoléculas, tejidos y dispositivos nanotecnológicos basados en sistemas de computación cuántica (en junio de 2009, la revista Nature publicó que investigadores de la Universidad de Yale crearon un primer procesador cuántico de estado sólido, aún rudimentario, capaz de correr algoritmos elementales) que se espera confieran sustanciales ventajas en eficiencia sobre los computadores convencionales implica una visión dramáticamente diferente de lo que vivimos en el presente.


Supertecnología

Esfera de Dyson concebida por Escher


Una visión radical del control sobre el entorno al que puede aspirar la especie humana, o cualquier otra especie inteligente en el Universo, gracias al dominio de una tecnología cada vez más avanzada y poderosa, fue propuesta por el astrofísico ruso Nikolai Kardashev nacido en Moscú en 1932. En 1963, Kardashev propuso un método para medir el grado de evolución tecnológica de una civilización (Escala de Kardashev) cuyas categorías, Tipo 1, Tipo 2 y Tipo 3, se basan en la cantidad de energía utilizable que una civilización tiene a su disposición y que se incrementa de modo exponencial a lo largo de la escala. Una civilización Tipo 1, sería capaz de aprovechar la totalidad de la energía disponible en un planeta. Ello le permitiría controlar: el clima, los terremotos, los volcanes, el campo magnético de la Tierra y la cantidad de rayos cósmicos que llegan a su superficie, entre otras cosas. La especie humana aún está lejos de alcanzar este nivel. Carl Sagan calculó mediante una fórmula que desarrolló que le permitía interpolar valores, que nos encontrábamos en aproximadamente 0,7 por debajo del 1, que es el primer nivel de la escala. Una civilización Tipo 2, lograría el control de la energía de un grupo de estrellas. Esto implica el control de un nivel de energía cuyo orden de magnitud es aproximadamente 10 mil millones de veces mayor que el que controla la civilización Tipo 1. Finalmente, una civilización Tipo 3, controlaría la energía de la totalidad de una galaxia. Aun cuando a la humanidad le cuesta en la actualidad soñar las tecnologías que podrían llevarla a estos niveles superiores de control de su medio ambiente, algunos futuristas y científicos, han imaginado dispositivos que entran en el campo de la hipertecnología.


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