Tuesday, December 13, 2011

“LOS CAMINOS DE LA CIENCIA”


Libro escrito por Carlos Sabino.
Los Caminos de la Ciencia forman parte, junto con El Proceso de Investigación y Cómo Hacer una Tesis, de la trilogía que he escrito sobre temas de metodología. Este libro está dirigido a los estudiantes de pre y de postgrado que necesitan conocer en qué consiste la ciencia, a los profesionales que desean aproximarse a las ciencias sociales, a todas las personas que quieren ampliar su cultura general y que disfrutan de una obra escrita con cuidado y dedicación. En muy diversas materias de diferentes facultades y universidades se utiliza como bibliografía para los cursos sobre la ciencia y el método científico.
Este, sin duda, es un libro singular: el método científico es presentado a través de ejemplos tomados de la historia de la ciencia de modo tal que el lector percibe, concretamente, cómo se lo aplica en la realidad. Los temas más complejos son tratados con amenidad y sencillez, sin introducir tecnicismos de escaso interés pero cuidando de no perder la necesaria profundidad. Igualmente, en la parte dedicada a las ciencias sociales, procuro dar una visión bien articulada de sus orígenes y de sus problemas fundamentales, aportando un tratamiento de síntesis que, sin embargo, se detiene en algunos problemas cruciales para la comprensión de su desarrollo.


CENCIENTECNO publica in extenso este texto por su importancia para quién pretende incorporarse al trabajo científico.


Contenido:
Parte I: HECHOS Y TEORIAS
Capítulo 1: Observación y Abstracción
Capítulo 2: El Planteamiento de Problemas
Capítulo 3: La Importancia de Clasificar
Capítulo 4: Teoría y Experimentación
Capítulo 5: La Ciencia


Capítulo 1
Observación y abstracción


Fijar un comienzo definido para establecer, a partir de allí, el nacimiento de un pensar científico, resulta tarea sin duda aventurada. Si bien es cierto que la ciencia, como actividad socialmente organizada, es privativa del mundo moderno, no puede desconocerse que ya se hacía ciencia, de algún modo, en la antigüedad, por lo menos en lo que se refiere a ciertos temas y áreas de conocimiento. La dificultad se presenta por el hecho de que lo científico -como modo específico del conocer- no surge de una vez perfilado y completo, sino que se va conformando en un proceso lento, generalmente discontinuo, en virtud del cual se desliga poco a poco del peso del mito, la religión, la leyenda y la especulación filosófica.


No obstante lo anterior pero obligados, por la fuerza de la exposición, a presentar un primer ejemplo, hemos decidido escoger el caso de la astronomía, la primera disciplina que logró organizar un conjunto sistemático de conocimientos y avanzar en el camino de lo que llamamos pensamiento científico.


Comenzaremos pidiendo al lector que haga uso de su imaginación para que nos acompañe en una experiencia intelectual que puede resultar fascinante: queremos que contemple -o que, si ello no es posible, se represente- un cielo estrellado, una límpida noche, como si no conociera en absoluto qué son las estrellas y planetas, como si no supiera nada acerca de la constitución de esos astros y de las vertiginosas distancias a que se encuentran de nosotros. Que se olvide por un momento de todo el saber astronómico que posea, de todos los datos y teorías que conozca, y adopte una mirada ingenua. Que interrogue a esos increíbles puntos de luz, a la circular y familiar forma de la Luna, y se concentre en contemplarlos con detenimiento.


Si logra hacerlo, si puede desprenderse por un momento de la actitud mental del hombre contemporáneo, estará en condiciones de entender quizás el sentimiento inefable que originó tantas cosmogonías y religiones, los mitos de tan diferentes culturas, algunas preocupaciones constantes de filósofos, teólogos y poetas. Podrá iniciarse, también, en un camino que nos lleva, casi directamente, hasta lo que hoy llamamos el pensamiento científico, porque la astronomía es, históricamente, una de las primeras construcciones intelectuales de la humanidad que puede llamarse ciencia. Esta aventura singular y sugerente del espíritu comenzó por un proceso que, en rigor, lleva hoy el nombre de observación sistemática. Veamos en qué consiste.
1.1 La Observación Astronómica: Sus Inicios

El objeto por antonomasia de la observación astronómica lo constituye la llamada bóveda celeste. Ante ella, por cierto, caben infinitas preguntas. Para quien no conociese ninguna explicación o teoría sobre el cielo los plurales puntos de luz, caprichosamente dispuestos, la irregular presencia de la Luna, los movimientos observables durante el curso de una sola noche, constituían un poderoso estímulo para la curiosidad: ¿qué eran esas silenciosas fuentes de luz?, ¿por qué algunas resultaban más brillantes que otras, o de diferentes colores?, ¿donde, a qué distancia se encontraban? Es probable que nuestros remotos antepasados se hayan formulado éstos y otros interrogantes similares, experimentando un sentimiento de perplejidad que es casi imposible reconstruir en nuestros días. La forma de alcanzar las respuestas no estaba, evidentemente, al alcance directo de quien formulara las preguntas. Era imposible acercarse a esos prodigiosos objetos, manipularlos o interrogarlos, como sí en cambio se podía hacer con los minerales o con los seres vivos. No quedaba otra alternativa que proceder pacientemente, contemplando noche a noche el mismo espectáculo perturbador a la espera de encontrar algún modo de comprenderlo mejor.


Pero si la contemplación era atenta, concentrada en su objeto, y si se hacía de un modo regular y sistemático, se podían alcanzar algunas informaciones de interés, ya que no la respuesta a las fundamentales preguntas anteriores. Se podía percibir que los puntos de luz mantenían entre sí sus distancias aparentes, conservando su disposición mutua, y que parecían trazar ciertos dibujos o configuraciones estables, fácilmente reconocibles. Esto último resultaba más sencillo si se adoptaba el recurso de construir sobre ellos imaginarias figuras, de tal modo que podían verse en el cielo, con un poco de imaginación, animales, personajes mitológicos y formas humanas. Aún hoy perduran estas sencillas guías del reconocimiento astronómico, las llamadas constelaciones.


La observación detectaba otro fenómeno curioso, si se prolongaba al menos durante buena parte de la noche: desde el atardecer hasta el siguiente amanecer todo el conjunto de constelaciones iba moviéndose lentamente, como si se desplazara una gigantesca esfera en la que estuviese contenido. Noche tras noche el espectáculo era el mismo, con el mismo imperceptible pero seguro movimiento, pero podía advertirse además que las figuras del cielo aparecían cada vez como desplazadas, en el mismo sentido que el anterior, aunque sólo mínimamente: el movimiento nocturno se repetía pero como si comenzara cada noche un poco "adelantado" con respecto a la precedente. Por último, después de un tiempo bastante prolongado, y que coincidía muy exactamente con la posición del sol al atardecer y con los cambios climáticos de las estaciones, todo el conjunto de los astros terminaba por dar una vuelta completa, empezando a girar nuevamente desde el mismo punto. Para comprobar mejor este fenómeno resultaba preferible comenzar la observación apenas las estrellas aparecían en el cielo, es decir, inmediatamente después del crepúsculo. Y de ese modo se podía percibir también otro hecho interesante: el sol no se ponía -ni salía- siempre por el mismo sitio del horizonte, sino que se desplazaba sobre éste un poco cada día, en un movimiento cíclico que tenía el mismo ritmo que el de las estrellas y que marcaba una periodicidad alrededor de la cual todo parecía organizarse.


La observación regular, paciente y sistemática, mostraba también otro fenómeno notable: entre los muchos puntos de luz que podían verse había algunos que se comportaban de un modo anómalo. No eran más que cinco, aunque entre ellos estaban los más brillantes del cielo, aquellos que no se mantenían dentro de las constelaciones establecidas siguiendo los dos tipos de movimiento mencionados. Estos puntos errantes perecían recorrer caminos diferentes, avanzando en ocasiones más rápida o más lentamente que el conjunto restante o mostrando a veces un desplazamiento que, relativamente, tenía un sentido contrario. Los griegos los llamaron por eso planetas -lo que en su lengua significaba errantes o vagabundos atribuyéndoles propiedades especiales en concordancia con su peculiar comportamiento.


Estos conocimientos fueron estableciéndose a través de una labor de recolección de información que requirió, como es fácil suponer, muchísimo tiempo. Pero era un esfuerzo que rendía sus frutos, ya que no sólo ponía al hombre en la senda de averiguar la misteriosa constitución del universo que habitaba, sino que proporcionaba además informaciones de valor práctico y concreto: el conocimiento de los cielos permitía orientarse en los viajes y preparar las cosechas, iniciar la aventura de la navegación nocturna y prever el desplazamiento de los rebaños y las aves. El ritmo global que seguían los astros tenía una importancia singular para comprender los ciclos de la vida natural, porque ese período fijo que se repetía regularmente, el año solar, permitía anticipar los cambios de las estaciones, el ciclo reproductivo de las plantas y los animales, el clima, las crecidas de los ríos y muchos otros fenómenos más. Por eso la organización del tiempo en un sistema capaz de abarcar tanto los cambios del cielo como los de la naturaleza, la elaboración de un calendario, resultó un punto crucial para casi todas las culturas humanas y, desde la antigüedad, se le dedicaron ingentes esfuerzos. Tener un calendario confiable, un registro capaz de predecir, de algún modo, lo que habría de suceder, era una herramienta de primer orden para organizar las actividades diarias y para lograr el aprovechamiento de los recursos indispensables para la vida. Pero era algo más: era la percepción de que existía una especie de orden en todas las cosas, una armonía general que incluía al hombre y a lo que lo rodeaba, un cosmos organizado y no un caos incomprensible.


Durante milenios diversos pueblos acumularon estos datos y fijaron los primeros conceptos surgidos de la observación astronómica. Por fin, en la Grecia clásica, hace más de dos mil quinientos años, se lanzaron las primeras hipótesis de que tengamos noticias en cuanto a explicar lo que acontecía más allá de la Tierra. Fue en la región de Jonia, de acuerdo a los testimonios que poseemos, donde primero se inició un pensamiento diferente, que se interrogaba acerca del sentido del movimiento de los astros y que proponía además modelos explicativos del comportamiento del cosmos. La misma palabra cosmos, como denotación de una totalidad organizada -por oposición a caos- proviene de allí, de los filósofos que llegaron a pensar que el


Sol y las estrellas eran gigantescas piedras ardientes, que la Tierra era una enorme esfera o que, inclusive, ésta se desplazaba alrededor del Sol.
No todas estas ingeniosas y anticipadoras deducciones se difundieron por igual en la antigüedad, donde más bien prevaleció una interpretación de los fenómenos astrales que llegó casi intacta hasta los comienzos de la edad moderna europea: la que elaboraron entre otros Eudoxio de Cnido, Hiparco y Claudio Ptolomeo de Alejandría, y a la que luego tendremos oportunidad de referirnos.  
1.2 La Observación Sistemática


Hemos presentado, con algún detalle, los que pueden considerarse como los pasos iniciales de la ciencia astronómica; lo hemos hecho así porque los referentes empíricos de la observación -los objetos a observar, en este caso los astros- se hallan todavía a nuestra disposición de la misma manera que hace miles de años, permitiéndonos realizar un juego intelectual que resulta interesante pues nos acerca a la posición del observador que se inicia en su tarea. Nos toca ahora, para comprender mejor este proceso, analizarlo con más detenimiento, centrando nuestra atención en la observación sistemática en sí misma, en sus características, problemas y limitaciones.


Observar, ya el lenguaje corriente lo apunta, es mirar y estudiar algo detenidamente, concentrando nuestra atención en aquello que nos proponemos conocer. De este modo nuestros sentidos ejercen plenamente todas sus posibilidades, capturan lo que no descubre una mirada casual o impremeditada, aprehenden una multitud de datos que de otro modo no llegaríamos a hacer plenamente conscientes.


Poco parecería poder lograrse, de este modo, en el terreno de la astronomía, pero en la terminología científica la observación sistemática es, por cierto, algo más que lo que hacemos en la práctica cotidiana.


Incluye a todos los sentidos y se dirige a las características y al comportamiento de los objetos como parte de un problema de investigación definido: observar sistemáticamente es recoger datos de un modo organizado y regular para encontrar respuestas a lo que no sabemos pero deseamos conocer. Por eso la observación científica es repetitiva, porque así se confirma y enriquece, incorporando las modificaciones que los objetos puedan sufrir con el transcurso del tiempo; es exacta, lo más exacta posible, para permitir efectuar mediciones, para establecer comparaciones, para evaluar con la mayor certeza la información recibida. Cuando así se procede se logran casi siempre fructíferos resultados en la práctica científica de todas las disciplinas, pero también en el arte y en la vida cotidiana: se "descubren" cosas que de otro modo no podrían percibirse -aunque se hallen, materialmente a veces, ante nuestros ojos- se comienza a entenderlas, a comprender poco a poco su funcionamiento y sus relaciones mutuas.


Pero la observación, aunque presente en casi toda investigación científica, no puede considerarse como una panacea: como técnica de obtención de datos que es, no alcanza, por sí misma, a darnos la explicación de los fenómenos. Otros procesos mentales, bien diferentes, se necesitan para avanzar algo en este sentido.


Por otra parte, la observación sistemática no rinde los mismos resultados en todas las situaciones, ante todos los problemas de conocimiento. En el mismo caso de la astronomía, que acabamos de presentar al lector, se advertirá rápidamente que ninguna respuesta concreta pudo proporcionar a los interrogantes fundamentales que poníamos como ejemplo (v. supra, página 15). Ello porque el problema planteado imponía un esfuerzo de reflexión tan considerable que habrían de tardarse muchos siglos antes de constituir los modelos teóricos capaces de suministrar avances significativos. Mediante observaciones bien hechas podían conocerse muchas otras cosas, importantes sin duda, pero faltaba un trabajo teórico, esencial para que tales informaciones llegaran a esclarecer el núcleo de la cuestión.


Resultará quizás sorprendente que los antiguos alcanzaran tales logros científicos casi exclusivamente en la astronomía (y no en otras ramas del saber) precisamente en un campo donde la observación tropezaba con tantas dificultades y limitaciones, a diferencia de lo que ocurría en otros casos. La botánica, la zoología o la mineralogía parecen representar áreas más propicias para la observación, no sólo por lo accesible de sus objetos de estudio, sino porque además sus conocimientos se ligan -aparentemente- de un modo mucho más directo al bienestar de los seres humanos. Es cierto que en todos estos casos los antiguos alcanzaron valiosos e interesantes resultados, especialmente en lo que se refiere a las aplicaciones prácticas. La metalurgia, las técnicas agrícolas y de domesticación de animales, la arquitectura -con sus magníficos testimonios-, así como la navegación y otras artes, dan plena fe de ello en casi todas las civilizaciones conocidas. Pero ningún conocimiento de tipo general y abstracto ha trascendido, nada que tenga la solidez, rigurosidad y elegancia intelectual de la astronomía o de las matemáticas donde también, como es bien sabido, se llegó a éxitos destacables.


Esta desproporción en el avance de los distintos campos de conocimiento, una visible paradoja, obedece seguramente a muchas razones, tanto de índole cultural como de naturaleza social o filosófica. Pero responde también, a nuestro juicio, a motivos que se encuentran en las mismas particularidades que, en cada caso, plantea el trabajo científico de indagación. Porque, para que la observación sistemática nos proporcione un conocimiento generalizado y válido, es preciso responder con antelación a una pregunta elemental y básica: ¿qué conviene observar?, es decir, ¿donde deben concentrarse el esfuerzo para que éste nos lleven a conclusiones de provecho? 
1.3 La Necesidad de Abstraer

Ante la múltiple diversidad del mundo circundante los objetos celestes ofrecen un acusado contraste. En este caso el material para la observación lo constituyen, en rigor, objetos simples, no porque lo sean en sí mismos, sino porque ante los ojos humanos se presentan apenas como puntos de luz, sólo diferenciables por su intensidad, su color y la trayectoria que siguen. Al encarar la observación, en este caso, se produce un proceso espontáneo de simplificación. Para el observador antiguo, que no poseía otro instrumento que sus ojos, las características a tomar en cuenta eran pocas, por lo que podían registrarse, organizarse y compararse de una manera sistemática. No ocurría lo mismo, evidentemente, al abordar otro tipo de objetos, porque ya el sólo determinar las variables a observar se convertía en una decisión dificultosa. Frente a un vegetal, por ejemplo, podía considerarse su tamaño, que varía en amplias proporciones de un ejemplar a otro, su color, su ciclo de crecimiento, la forma de sus flores, frutos, ramas, semillas o raíces. Para observar con provecho toda esta innumerable variedad de elementos y llegar a algún tipo de conclusiones consistente, era preciso proceder a abstraer algunas características específicas entre la riquísima gama que se ofrecía a los sentidos. Lo que en la astronomía operaba por sí mismo en otros casos, como el del ejemplo, tenía que ser laboriosamente realizado por el hombre, mediante un proceso mental que eliminara la superabundancia de posibles datos.


La operación de abstraer, en sí y en general, no presenta mayores dificultades. La misma es tan corriente que puede considerarse implícita en la existencia misma del lenguaje, ya que de otro modo no podría asimilarse un conjunto de elementos estables a un vocablo determinado. Abstraer significa literalmente


"sacar algo" separar algunas características comunes a una cantidad de objetos - físicos o mentales- poniéndolas aparte para igualarlos de ese modo conceptual-mente. Pero al hablar de algunos rasgos comunes estamos, por supuesto, dejando de lado una variedad amplísima de atributos que consideramos desdeñables en la formación del concepto. Ahora bien, el problema que se plantea inmediatamente para el observador consiste en determinar qué habrá de abstraer o, en otros términos, seleccionar qué variables y qué objetos han de reclamar su atención.


La realidad, en definitiva, no habla por sí sola. Necesita ser interrogada, organizada alrededor de los conceptos. Pero los conceptos están en nuestra mente, son elaborados o reelaborados por el sujeto a partir de su herencia cultural y de su experiencia. Por eso tienen naturalmente un cierto carácter subjetivo -o ínter subjetivo a lo sumo- porque implican inevitablemente un proceso de selección: nuestro entendimiento no se limita a registrar pasivamente los estímulos del mundo externo. Toda percepción es procesada por éste, separada en sus elementos componentes, organizada y compuesta luego.


Estas consideraciones podrían interpretarse como una defensa de las posiciones racionalistas que, en epistemología, reconocen antecedentes tan lejanos como el de Platón. Pero la corriente opuesta, el empirismo, también tiene sólidos fundamentos para sostener sus conclusiones. Porque si bien no cabe duda de que nuestra razón es el elemento indispensable para organizar las percepciones que provienen del entorno, también es cierto que la razón no procede de un modo arbitrario: organiza o elabora algo que le es dado, externamente, de manera que no puede actuar con entera libertad. Puede interpretar y organizar los datos de diferente modo, pero no puede sustituirlos, ya que la base -próxima o remota- de todo razonamiento, consiste en algún tipo de experiencias sobre la que se apoya todo el trabajo posterior de la razón.


El lector nos disculpará si, por el momento, abandonamos un tema que de todos modos no alcanzaríamos a agotar. El problema del origen del conocimiento resulta naturalmente muy complejo, habiendo merecido incontables y profundos esfuerzos que abarcan desde la filosofía clásica hasta las complejas discusiones de nuestros días. Hemos tenido que esbozarlo aquí, obligadamente, porque el análisis de la observación como técnica de recolección de datos así lo imponía. Retornaremos por lo tanto a la consideración de dicha técnica, aun cuando naturalmente habremos de volver sobre esta crucial problemática en páginas y capítulos posteriores.


Se comprenderá, luego de lo expuesto, que sin un adecuado nivel de abstracción, la observación de los fenómenos no puede resultar en verdad muy fructífera. De nada vale acumular datos y más datos sobre nuestro polifacético universo si no tenemos algún criterio general que nos permita organizarlos. Por eso el pensamiento antiguo tropezó con tantas dificultades para decir algo coherente y sistemático respecto a los objetos más inmediatos de la experiencia, porque se trataba de objetos complejos, donde el proceso de abstracción se extraviaba casi de inmediato. Por allí comenzaba el problema, por la elección de un criterio de abstracción para el que resultaba difícil encontrar una respuesta unívoca. El pensamiento antiguo se decidió en general por una solución que hoy nos parece la más complicada, la menos positiva para acceder a un fructífero trabajo científico: preocupado por obtener un provecho inmediato a sus investigaciones buscó, por ejemplo, los efectos que plantas y animales tenían sobre la salud humana, sus propiedades terapéuticas, sus aplicaciones productivas, sin comprender que un conocimiento tal correspondía más bien al remate de una ciencia biológica o de una medicina desarrolladas, y no a sus inicios. No se avanzó casi, pues, en este sentido.  
Por medio del ensayo y del error se obtuvieron en ocasiones interesantes conclusiones, pero siempre dispersas, de dudosa confiabilidad, incapaces de organizarse en un todo armonioso como el que iba diseñando la astronomía. Al dificultarse la abstracción, porque era difícil decidir apropiadamente qué abstraer, la observación se descontrolaba, perdía su rigor, incapaz de hallar esas regularidades, esos movimientos simples que tan importantes resultaban porque sobre ellos podía encontrarse, pacientemente, explicación a lo aparentemente inexplicable.

Lo que acabamos de referir no se planteó de este modo, diáfanamente, en la antigüedad: haberlo hecho hubiera sido acercarse lúcidamente al núcleo del problema, con lo que ya se hubiese encontrado la clave para lograr su solución. No hubo consciencia, en realidad, de esta disparidad entre la astronomía y el resto de las ciencias, entre otras razones porque se desdeñaba, en muchas civilizaciones, el trabajo práctico, la manipulación de los objetos físicos, todo lo que tuviera un referente tecnológico directo.
No insistiremos sobre esto con ejemplos o precisiones respecto a un proceso que discurrió hace tanto tiempo, y de modo diferente entre diversos pueblos, pues la falta de datos adecuados nos llevaría rápidamente al terreno de la conjetura.


No es ésta, como ya se ha dicho, una historia de la ciencia o de la filosofía.
Desde el punto de vista del método interesa simplemente puntualizar la imposibilidad de efectuar una observación fructífera si no se eligen convenientemente las características de aquello que queremos conocer, si no se formulan preguntas con sentido, si no se abstraen los elementos que nos habiliten para detectar regularidades empíricas y para proponer, en consecuencia, leyes que expresen el comportamiento de los objetos en estudio.
Lo anterior nos remite otra vez a las polémicas entre distintas posiciones filosóficas que ya señaláramos más arriba, colocándonos un poco en la situación de los pensadores antiguos: ¿cómo saber lo que es conveniente o apropiado cuando se realiza la abstracción? Porque, si no se define esto, la observación estará condenada a proceder erráticamente; pero, para saberlo, sería preciso ya conocer de antemano lo que resulta importante y lo que no es importante para la generalización. Se produce así una especie de razonamiento circular, según el cual parecería que cada conocimiento necesitase a su vez de otro conocimiento previo para poder establecerse. ¿De dónde emergería, entonces, el conocimiento inicial, imprescindible para elaborar a los siguientes? No podrá afirmarse que de la pura experiencia elemental porque ésta, sin la guía de la abstracción, no es capaz de dar más que un conjunto incoherente de datos; tampoco podrá sostenerse que de la sola razón porque, en tal caso, ¿cómo haría ésta para poder coincidir con la experiencia?
Ni el empirismo ni el racionalismo, en sus expresiones absolutas, metafísicas, están en condiciones de dar respuesta válidamente a este problema.
El hecho, sin embargo, es que el conocimiento existe, se desarrolla, va desplegándose en teorías que se ajustan cada vez con más rigor a los datos que se obtienen en la labor investigadora. Las posiciones extremas, en realidad, son importantes ante todo como puntos de referencia para el pensar epistemológico, no como soluciones a la discusión sobre el origen y la posibilidad del conocimiento. La epistemología ha ido elaborando proposiciones más sutiles y complejas, que se alejan de la disyuntiva elemental presentada. No cabe aquí hacer un recuento de tales tentativas -que ocuparía por sí solo un espacio considerable- aunque conviene, antes de pasar al capítulo siguiente, intentar una aproximación a la cuestión que venimos discutiendo.
Existe un delicado equilibrio, una complicada relación entre teoría y empiria que, a nuestro juicio, opera diferentemente según los casos; no hay pues un -camino real- frente al problema, un punto de equilibrio al que el científico pueda remitirse en todas las ocasiones. Los conceptos, generados históricamente, se van adecuando a los datos disponibles, construyéndose, revisándose y afinándose de acuerdo a ellos, pero actuando a la vez como criterio selectivo, como el requisito para la obtención de esos mismos datos.
La interrelación es continua y su fluidez, nos parece, una de las características fundamentales del pensar científico, que se precia de estar abierto a las rectificaciones en un reconocimiento explicito de su falibilidad. Es lógico que, de este modo, la conceptualización resulte en ocasiones imprecisa, o decididamente confusa, como cualquiera que conozca las ciencias sociales puede comprobar; o que los datos, en ausencia de referentes teóricos sólidos, no alcancen a proporcionar una iluminación adecuada de los problemas formulados en la investigación. Los caminos estériles, los períodos de estancamiento, son tan consustanciales a la historia de la ciencia como los más comentados hallazgos geniales y explicaciones brillantes. Ninguna garantía de seguridad absoluta tiene, por ello, el esfuerzo de investigación, que es en el fondo una aventura del pensamiento y no una limitada especulación escolástica.
Basten por ahora estas escuetas puntualizaciones sobre una temática que, lo sabemos, amerita una consideración más cuidadosa. La retomaremos más adelante, en la medida que la cohesión expositiva nos lo permita, aunque naturalmente sin pretender agotarla. Pasaremos entonces a considerar otros ejemplos paradigmáticos en el desarrollo de la ciencia para luego, en mejores condiciones, regresar a las preocupaciones epistemológicas que inevitablemente plantea el examen de la actividad científica.


Capítulos que serán publicados más adelante:


Parte II: LAS REVOLUCIONES CIENTIFICAS
Capítulo 6: El Mundo Físico
Capítulo 7: La Biología

Parte III: LAS CIENCIAS SOCIALES
Capítulo 8: Los Obstáculos Metodológicos
Capítulo 9: Las Contribuciones Revolucionarias: Economía y Orden Espontáneo
Capítulo 10: Las Contribuciones Revolucionarias: El Problema de la Conciencia
Capitulo 11: Conclusión: La Ciencia y sus Caminos
Apéndice 1: Nombres que Aparecen en el Texto
Apéndice 2: La Falacia de los Siete Paradigmas