Monday, October 27, 2014



 


La Sociedad de la Ignorancia

 
 
Antoni Brey (Sabadell, 1967) es ingeniero de telecomunicación. Ha sido miembro del Grupo de Información Cuántica del Instituto de Física de Altas Energías y autor de los ensayos La Generación Fría y El fenómeno WiFi, miembro fundador del Fiasco Awards Team y director del documental "Un Tiempo Singular".

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) es profesor titular de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son Ética de la hospitalidad, La transformación de la política (III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo), El nuevo espacio público y El futuro y sus enemigos. Es colaborador habitual de opinión en los diarios El País y El Correo - Diario Vasco, así como de la revista Claves de razón práctica.

Gonçal Mayos (Vilanova de la Barca, 1957) es profesor titular de filosofía en la Universidad de Barcelona, coordinador del programa de doctorado "Historia de la subjetividad" y presidente de la Asociación filosófica Liceu Maragall. Ha publicado sobre pensamiento moderno y contemporáneo, investigando los procesos de larga duración e interdisciplinarios que se originan en la sociedad actual.
La Sociedad de la Ignorancia forma parte del proyecto "La Segunda Edad Contemporánea" www.thesecondmoderntimes.com contact@thesecondmoderntimes.com


Índice
Prólogo 7

Introducción 11

La Sociedad de la Ignorancia 17 Antoni Brey
  


Próxima publicación
La Sociedad del Desconocimiento 43 Daniel Innerarity

La Sociedad de la Incultura 51 Gonçal Mayos
Prólogo 
 Los ensayos de Antoni Brey, Daniel Innerarity y Gonçal Mayos recogidos en el presente volumen constituyen una síntesis lúcida de nuestro comportamiento social como especie. La evolución exponencial de nuestros procesos de regulación energética, la aplicación técnica de los mismos, así como el crecimiento demográfico están produciendo una situación de incertidumbre sobre nuestro futuro en el planeta.

La hiperconexión que se produce como consecuencia de la socialización de la revolución científico-técnica nos hace incrementar la complejidad en los procesos de relación social de especie, como nunca antes se había producido.

La complejidad que ha emergido es un producto evolutivo y no se puede gestionar, en contra de lo que algunos especímenes humanos piensan; lo único que podemos hacer como Homo sapiens, para enfrentarnos al futuro, es trabajar para poder manejar la incertidumbre planteando escenarios hipotéticos y aplicando modelos que, en cualquier caso, deberán contrastarse empíricamente.

La tecnología y su socialización generan tensiones y divisiones en nuestras estructuras etológicas y culturales. No se ha producido, pues, una socialización efectiva del conocimiento y ello impide que caminemos hacia la sociedad del pensamiento, tal como deberíamos hacer.

Por lo tanto, las dicotomías históricas continúan en pleno progreso y ni los expertos ni los eruditos ni tampoco los sabios tienen bastante capacidad para integrar la información de que disponemos. El individualismo debe dejar paso a la individualidad, es decir, las personas hemos de actuar no como especímenes, si no como constructores sociales, aportando de forma crítica nuestros conocimientos a la organización de la especie. Esto, por ahora, no es así, a pesar de la socialización de la cultura y de la educación. Actualmente, como dice Antoni Brey en su opúsculo, nos invade la sociedad de la ignorancia. A pesar de ello, soy optimista y mantengo la esperanza de que todo sea consecuencia del momento de transición en que nos hallamos inmersos, como un capítulo pasajero de nuestra travesía hacia una mejora ecológica y cultural de nuestra especie.

Ahora bien, para que realmente lleguemos a este punto, debemos trabajar en la perspectiva de generar una nueva conciencia crítica de especie. So- lamente con una evolución responsable, construida a través del progreso consciente, podremos convertir conocimiento en pensamiento, alejándonos de este modo de la sociedad de la ignorancia.

Eudald Carbonell Roura


Introducción 
Sobre la singularidad de nuestro tiempo, que corresponde al inicio de la Segunda Edad Contemporánea. Antoni Brey


Peter Watson, autor de varios libros sobre el historia del pensamiento, ha manifestado en numerosas ocasiones sus reservas acerca de la relevancia que tendemos a otorgar al momento actual en el contexto de una perspectiva histórica amplia:

«El año 2005 no puede competir con 1905 en términos de innovaciones importantes. El anuncio de la semana pasada de que científicos británicos y coreanos habían clonado con éxito embriones humanos no hace sino reforzar este punto [...]. Nos congratulamos por vivir en una época interesante, pero ¿no es éste un ejemplo más de la ceguera particular que nuestra era solipsista tiene sobre sí misma, una forma más grave de la enfermedad por la cual la princesa Diana puede ser cualificada como la británica más importante (¿o era la segunda más importante?) de todos los tiempos?»

Cuando tuve ocasión de conocerla, la argumentación de Watson me produjo una sana inquietud porque constituía un torpedo a la línea de flotación de una certeza que para muchos resulta hoy evidente, la que surge cuando alzamos la vista, miramos a nuestro alrededor y constatamos la existencia de una, en apariencia, profunda transformación: asistimos a un proceso de cambio en el cual se mezclan, de forma indisoluble, infinidad de interacciones y relaciones causales, que está afectando de forma drástica desde las convicciones de los individuos a la esencia de los sistemas productivos o a la estructura política de los estados.

¿Cuál es, pues, la verdadera profundidad de la actual transformación? Posicionamientos como los de Watson nos obligan a admitir que, ante el riesgo de sobrevalorar su importancia, es pertinente intentar precisar si se trata únicamente de una nueva capa de barniz en el proceso de construcción de la Historia o, bien al contrario, si nos encontramos ante una situación singular que modifica dicho proceso de forma radical e irreversible.

Ciertamente, los individuos de cualquier época han mostrado siempre una tendencia a destacar la excepcionalidad de su tiempo y lo han hecho, sin duda, condicionados por el relieve que la proximidad proporciona de los sucesos vividos, por una actitud ineludible de admiración ante la experiencia sensible y por la percepción de la vivencia propia como un hecho remar- cable, una percepción que ignora el carácter esencialmente monótono y homogéneo de esa sucesión constante de existencias que denominamos la Humanidad.

Por lo tanto, para despejar la duda es necesario establecer un criterio claro que permita discernir qué tipo de acontecimiento constituye una singularidad en la evolución de nuestra especie y cual no. Para hacerlo es útil partir de una concepción materialista del ser humano: somos, en esencia, un primate con marcados instintos sociales dotado de un cerebro desarrollado y bien adaptado que nos proporciona una cierta ventaja competitiva ante otros animales, a través de una inteligencia que se manifiesta en dos facultades fundamentales: la habilidad para manipular nuestro entorno y la capacidad para comunicarnos de forma simbólica. Ni más, ni menos. Desde este punto de vista, el carácter de singularidad vendrá determinado por la existencia de alguna modificación sustancial en cualquiera de las dos facultades. Dicho de otra manera, los acontecimientos que en forma de batallas, revoluciones, cambios de régimen, auge y caída de imperios o hechos protagonizados por las personalidades más relevantes, que habitualmente interpretamos como hitos de la historia, no deberían ser considerados sino como las rugosidades inherentes del camino o, a lo sumo, como los ecos de transformaciones más profundas.

Por el contrario, los saltos cualitativos en las habilidades para manipular el entorno, es decir, en la capacidad humana para dominar la naturaleza, tales como el control del fuego, la invención de la agricultura, el descubrimiento de los metales, la revolución industrial o el surgimiento de las actuales tecnologías de la información, han cambiado de raíz nuestra organización social y nuestra forma de interpretar la realidad.

Los cambios en el otro factor, la capacidad de comunicarnos, aparecen incluso con menor frecuencia y son de una trascendencia aún mayor, pues la comunicación es la base de la cultura, entendida en el sentido más amplio y, por lo tanto, constituye el fundamento de todo lo específicamente huma- no que supera nuestra biología animal. Realizamos el aprendizaje cultural mayoritariamente por imitación o por enseñanza directa de un congénere. Sin la existencia de formas de comunicación sofisticadas, el mencionado proceso de transmisión de información resultaría extremadamente difícil. Cualquier innovación en la capacidad para comunicarnos debe tener, necesariamente, una incidencia profunda sobre la cultura y, por extensión, sobre la esencia diferenciadora de nuestra especie.

Pues bien, esa capacidad de comunicarnos se transforma en contadas ocasiones, y lo hace en forma de saltos gigantescos cuya influencia es tal que determinan los principales cambios de rumbo de nuestra historia. En efecto, buena parte del éxito del género humano, el triunfo que hizo posible su difusión sobre la faz de la Tierra, es el resultado del primero de dichos sal- tos: la aparición del lenguaje. La gran expansión humana del Paleolítico, un proceso que se inició hace un millar de siglos y que llevo a nuestra especie desde las sabanas africanas a poblar la superficie entera del planeta, tuvo mucho que ver con el surgimiento de lenguas habladas similares a las de nuestros días. Posteriormente, la aparición de la escritura, el siguiente gran salto en la comunicación humana, marcó por definición el inicio de la historia, y un nuevo paso, el desarrollo de la imprenta, supuso el comienzo de la edad moderna. Más recientemente, el creciente protagonismo de las masas experimentado desde la Revolución Francesa, rasgo distintivo que otorga personalidad propia a la edad contemporánea, ha evolucionado en paralelo con la existencia de los medios de comunicación que hoy conocemos.

Siguiendo esta línea de argumentación, debemos preguntarnos ahora si hoy nos encontramos ante una situación equiparable. Parece un hecho indiscutible que en unos pocos años los humanos nos hemos dotado de una nueva forma de comunicación. ¿Nueva? Es evidente que desde hace mucho tiempo disponemos de multitud de medios para intercambiar información más allá del simple lenguaje oral: la televisión, el teléfono y, naturalmente, el servicio postal de correos son algunos ejemplos de ello. Pero la perspectiva tecnológica no es, en realidad, la más adecuada para comprender las diferencias esenciales entre las diferentes formas de comunicación. Es preferible recurrir a un análisis de tipo topológico que nos permita clasificarlas en función de cómo fluye la información en las sociedades donde se dan.

Hasta fechas muy recientes dicha clasificación incluía únicamente dos categorías básicas. La primera, la de las comunicaciones uno a uno, correspondiente a una topología de formas lineales; en ella debemos incluir la comunicación oral, el teléfono, el telégrafo o el servicio postal. En una segunda categoría, formada por las comunicaciones uno a todos y representada por una topología en árbol en la que un único emisor hace llegar su mensaje a un número elevado de receptores, cabría inscribir la prensa escrita, los libros, la radio o la televisión.

La irrupción de una nueva gama de tecnologías destinadas a manipular y transmitir información ha creado un panorama completamente distinto. Por un lado, hoy existe a la mayoría de efectos una sola red formada por centenares de millones de conexiones permanentes de alta velocidad y por multitud de dispositivos aptos para proporcionar movilidad, lo cual representa un entramado dotado de unas potencialidades únicas y de una riqueza incomparablemente superior a todo lo que había existido hasta ahora. Por otro lado, se está produciendo un proceso de convergencia tecnológica que hace cada vez más invisible para los usuarios la complejidad subyacente, que tiende a integrar una amplia gama de servicios en todos los espacios de nuestra vida, desde el ámbito profesional y público hasta el más privado. Los individuos han dejado de ser simples receptores pasivos y se han convertido en elementos activos de una estructura dentro la cual se relacionan sin verse afectados por muchas de las restricciones que hasta hace muy poco imponía la existencia física del espacio y el tiempo. Las personas hemos incorporado las nuevas capacidades como una extensión de nuestra naturaleza, hasta el punto de convertirlas en imprescindibles para vivir en el mundo actual.

Ha aparecido una nueva categoría en la clasificación topológica de la comunicación humana, la de todos con todos, asociada a una compleja forma de red. Se trata de un hecho que constituye una verdadera revolución, comparable a la aparición del habla, la escritura o la imprenta, y realmente está transformando el mundo que nos rodea. Físicamente, la magnitud laberíntica y turbulenta de nuestro mundo cambiante se sustenta, en última instancia, sobre una nueva forma de gestionar la complejidad que sólo es posible gracias a la existencia de máquinas dotadas de la habilidad para procesar información y, sobre todo, de la capacidad para intercambiarla con los humanos y entre ellas de forma automática. Todo ello conforma el esqueleto funcional de la estructura financiera del mundo, de la logística que hace posible la globalización o de los nuevos procedimientos de difusión de las ideas y las relaciones entre las personas. La constatación de la existencia de este gran salto nos autoriza, pues, a contradecir a Watson y afirmar la rotunda singularidad de nuestro tiempo. Somos los protagonistas de un momento excepcional, un punto de inflexión en nuestra trayectoria como especie que nos lleva a plantear, a pesar de nuestra inevitable ausencia de perspectiva, la idea de que nos encontramos en el inicio de un nuevo período de la historia al que denominaremos, simplemente, la Segunda Edad Contemporánea. Intentar entrever algunos rasgos de su personalidad constituye la finalidad de los ensayos que se presentan a continuación.

 





La sociedad de la ignorancia
Una reflexión sobre la relación del individuo con el conocimiento en el mundo hiperconectado (Antoni Brey).

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. Jorge Luís Borges, La Biblioteca de Babel

I

Durante el primer cuatrimestre del curso 1998-99 tuve ocasión de asistir como oyente a la asignatura de Relatividad General, materia optativa de la licenciatura de ciencias físicas que cada año se imparte en la Universidad Autónoma de Barcelona. Se trata de una disciplina compleja que, para poder ser asimilada adecuadamente, requiere del alumno una considerable formación previa en matemáticas, y que además tiene una utilidad práctica muy limitada. Pero si Aristóteles estaba en lo cierto cuando afirmaba que «todos los hombres desean por naturaleza saber», entonces el esfuerzo está plenamente justificado: la Relatividad General de Einstein es una construcción racional de una belleza y elegancia casi insuperables, y constituye una de las teorías fundamentales para comprender, hasta donde el entendimiento humano ha sido capaz de llegar, el funcionamiento del universo en que vivimos.

Las facultades de física de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Universidad de Barcelona deben atender las ansias intelectuales sobre dicha materia de una población de más de siete millones de personas. Pues bien, durante los cuatro meses que duraron las clases nunca hubo más de cinco personas en el aula, incluyendo al docente. En algún momento llegaron a ser un dúo. Debo aclarar aquí que los profesores, Antoni Grífols y Eduard Massó, asistieron siempre a clase y expusieron la materia de forma magistral, aparentemente insensibles al desánimo que, desde mi punto de vista, debe de provocar la visión de un auditorio tan reducido. En los años posteriores el panorama no ha variado sustancialmente. El número de jóvenes que experimentan el deseo de estudiar y entender la teoría de la Relatividad General se puede contar con los dedos de una mano.

Malos tiempos para la física teórica, sin duda, pero ¿por qué debería preocuparnos?, ¿por qué tendría que interesar a alguien estudiar física teórica? La situación puede ser interpretada como normal, razonable y comprensible, y muy en la línea de lo que hoy frecuentemente se exige al sistema educativo, es decir, que produzca lo que demandan las empresas y el tejido productivo de un país a fin de contribuir al progreso colectivo. Es natural que nadie aspire a estudiar física teórica si no le ha de servir para ganarse la vida adecuadamente, y es innegable que el esfuerzo del estudiante difícilmente se verá recompensado con un puesto de trabajo bien remunerado en su especialidad.

En realidad, la elección de los jóvenes no es más que el reflejo de las prioridades de la sociedad. Se trata de un buen indicador porque nos muestra tendencias generales que, en algunos casos, aún no han sido expuestas en forma de discursos más explícitos. Así pues, la falta de interés por estudiar física teórica, u otras materias abstractas, complejas y con escaso recorrido en el mundo laboral, vendría a poner de manifiesto una inclinación colectiva creciente hacia lo pragmático y un desinterés por el conocimiento como fin en sí mismo. Y también podríamos pensar, en este caso, que no hay nada de preocupante en todo ello si no fuera porque implica cierta contradicción entre la realidad del mundo en que vivimos y uno de los pocos discursos centrales en estos días donde no abundan los discursos centrales: el de que nos encaminamos hacia una nueva utopía denominada Sociedad del Conocimiento ¿O no existe tal contradicción?

II

Naturalmente, la respuesta a la pregunta anterior dependerá de qué entendamos por una Sociedad del Conocimiento. Empecemos, pues, por el principio. El término fue acuñado en 1969 por Peter Drucker para designar una idea concreta y perfectamente delimitada. Drucker, experto en management empresarial, dedicó un capítulo de su libro La Era de la Discontinuidad a «La Sociedad del Conocimiento», en el cual desarrollaba, a su vez, una idea anterior, apuntada en 1962 por Fritz Machlup4, la de «Sociedad de la Información». Drucker invirtió la máxima de que «las cosas más útiles, como el conocimiento, no tienen valor de cambio» y estableció la relevancia del saber como factor económico de primer orden, es decir, introdujo el conocimiento en la ecuación económica y lo mercantilizó. Dejó claro, además, que lo relevante desde el punto de vista económico no era su cantidad o calidad sino su capacidad para generar riqueza, su productividad. Se trataba, sin duda, de un uso restringido de la palabra conocimiento, aunque completamente adecuado al contexto especializado de la teoría económica donde surgen tanto el concepto de Sociedad del Conocimiento como el de Sociedad de la Información.

Hoy, casi cuarenta años después, el término ha trascendido del círculo especializado de los expertos en economía y se ha convertido en un lugar común. Los políticos lo insertan en sus discursos para teñirlos de optimismo, los actores del mundo económico lo recitan como un mantra con el fin de exorcizar los espíritus malignos de la globalización y muchos ciudadanos de a pie lo interpretan como el futuro deseable al que nos deben conducir las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. La Sociedad del Conocimiento se ha convertido en una nueva utopía, en una esperanza para tiempos desesperados, casi en la única expectativa colectiva que nos permite mirar hacia el futuro con cierta ilusión.

Es evidente que el origen inmediato del potencial utópico de la idea de una Sociedad del Conocimiento reside en su capacidad para proporcionarnos respuestas creíbles a la principal incertidumbre que nos plantea la dinámica del mundo actual: los efectos sobre la economía o, dicho de otra manera, sobre nuestro bienestar material. Desde una posición acomodada como la nuestra no es fácil evitar sentir cierta inquietud ante la deslocalización de empresas, la invasión de productos provenientes de economías emergentes, la concentración de la actividad en manos de las grandes corporaciones, el poder asfixiante de los mercados financieros o la obsolescencia de muchas actividades que habían sido, durante largo tiempo, el motor para generar los recursos que garantizaban nuestra prosperidad. La combinación de unas explicaciones de tipo global con unos efectos tan locales que llegan a incidir en nuestra vida cotidiana, nos hace sentir arrastrados por una corriente incontrolable. Si bien los indicadores macroeconómicos muestran un crecimiento significativo a escala mundial, éste no consuela a nadie: la prosperidad derivada de los procesos liberalizadores es una realidad, pero lo es también el hecho de que no se ha distribuido uniformemente, sino al contrario, algunos han pagado un alto precio por dicha liberalización.

A fin de esquivar las sombras que planean sobre el futuro, nos hemos mostrado predispuestos a abrazar la idea de que la capacidad para generar, ad- ministrar, difundir y aplicar adecuadamente un factor tan intangible como el conocimiento puede convertirse en el eje fundamental de los procesos productivos y de toda una gama de nuevos servicios todavía por descubrir, con la suficiente eficacia para garantizarnos, sobre todo, crecimiento. La predicción del nuevo modelo es optimista y esperanzada, aun cuando debe hacer equilibrios para evitar desatar nuevos temores: el uso masivo de la tecnología y un incremento sustancial de la eficiencia productiva podrían dejar a mucha gente fuera de los circuitos generadores de riqueza.

Es un hecho innegable que buena parte de lo planteado por Druker es hoy una realidad. La tecnología ha propiciado el surgimiento de una Sociedad de la Información, organizada topológicamente como la Sociedad en Red descrita por Manuel Castells6, en la cual la acumulación de conocimiento se ha convertido en el elemento determinante para mantenerse a flote entre las turbulencias provocadas por una dinámica de cambio desbocada. Podríamos finalizar este breve análisis constatando que, tal y como hoy está planteada, la Sociedad del Conocimiento no es más que una nueva etapa de un sistema capitalista de libre mercado que aspira a poder seguir creciendo gracias a la incorporación de un cuarto factor de producción, el conocimiento, al clásico trío formado por la tierra, el trabajo y el capital. Desde la concepción democrático liberal en que nos encontramos inmersos, no alcanzamos a vislumbrar alternativas consistentes a la Sociedad del     Conocimiento.

III

Pero abandonemos ahora la visión del conjunto, el análisis macro, y centrémonos en el objeto principal del presente ensayo, las implicaciones del nuevo contexto sobre la unidad básica de la estructura social: el individuo. El discurso actual da por sentado que las nuevas herramientas para manipular y acceder a la información nos van a convertir en personas más informadas, con más opinión propia, más independientes y más capaces de entender el mundo que nos rodea, una suposición que pone de manifiesto las connotaciones utópicas del concepto Sociedad del Conocimiento, tras las cuales subyace un mensaje subliminal que vincula individuo y conocimiento, una vinculación imprecisa pero extremadamente sugerente por el mero hecho de involucrar la palabra, casi fetiche, conocimiento. En efecto, el término conocimiento posee una carga simbólica enorme que debemos analizar con detalle antes de proseguir nuestra discusión, para lo cual es necesario, en primer lugar, aclarar el siguiente interrogante: ¿qué entendemos exactamente por conocimiento?

A pesar de que la pregunta anterior constituye una de las cuestiones centrales de la filosofía, para la discusión que aquí nos ocupa nos basta con la siguiente afirmación: conocer significa, para un sujeto, obtener una representación de un objeto. El conocimiento es el resultado de dicho proceso, la representación mental, y abarca desde la aprehensión de una entidad simple o de un proceso práctico sencillo hasta una comprensión de los mecanismos más profundos de funcionamiento de la realidad.

El conocimiento, pues, puede ser inmediato, trivial y derivado de una simple observación, o puede requerir un esfuerzo considerable si el objeto a aprehender no es evidente a primera vista. En cualquier caso, el conocimiento es un producto, es el resultado de procesar internamente la información que obtenemos de los sentidos, mezclarla con conocimientos previos, y elaborar estructuras que nos permiten entender, interpretar y, en último término, ser conscientes de todo lo que nos rodea y de nosotros mismos. Es decir, el conocimiento reside en nuestro cerebro y es el fruto de los procesos mentales humanos. Lo que proviene del exterior es, simplemente, información.

Más preguntas: ¿existe el conocimiento como algo independiente o bien sólo mentes donde dicho conocimiento reside? O de otra manera, una biblioteca repleta de libros ¿contiene conocimiento?, ¿o es necesario que existan lectores y estudiosos para que lo que hay en los libros se convierta en conocimiento? Es evidente que la información a partir de la cual el sujeto puede construir el conocimiento se presenta en multitud de texturas. Naturalmente, no contiene el mismo tipo de información un listín de teléfonos que, pongamos por caso, un ejemplar de El Origen de las Especies. El libro de Darwin es el resultado de plasmar el fruto de sus experiencias y sus reflexiones, su conocimiento, mientras que el primero encierra una información mucho menos procesada por una mente humana (omito en este caso todo el esfuerzo invertido en crear un sistema complejo como el telefónico). Ambos, el listín y la obra de Darwin, contienen información, pero a la del segundo tipo, cuando tras ella hay un trabajo de elaboración por parte de la mente pensante y se trata, por tanto, de la plasmación de un conocimiento humano, la denominaremos saber. Así pues, podemos responder que la biblioteca recoge el saber, la trascripción del conocimiento de determinados individuos, que se torna nuevamente conocimiento cuando es estudiado y entendido.

IV

Sin duda, la Biblia, por ejemplo, contiene mucho saber. Algunos afirman que a partir de él podemos obtener todo el conocimiento que necesitamos para comprender e interpretar el mundo que nos rodea. Otros defienden que la tradición, un conjunto más o menos extenso de mitos o ciertas verdades proporcionadas por instituciones ancestrales pueden cumplir la misma función.

Pero también es posible afirmar que a partir de cierta dosis de experiencia sensible, variable en función de la proporción entre empirismo y racionalismo que escojamos, podemos acceder al conocimiento mediante una facultad mental humana innata, la razón. Este es el planteamiento que la mentalidad occidental sostiene, y de hecho, la correspondencia biunívoca entre conocimiento y racionalidad constituye uno de sus rasgos más definitorios: únicamente a través de la razón podemos acceder al conocimiento, y el conocimiento de toda la realidad sólo es alcanzable a través de la razón. Dicho postulado lo comparten la filosofía y la ciencia, dos ramas del mismo árbol que se diferencian únicamente en una cuestión de método, y de él deriva una actitud singular que, si bien en muchos momentos ha sido casi imperceptible, nos inclina a pensar que cualquier idea debería poder ser cuestionada desde un punto de vista racional.

A lo largo de la historia esa actitud ha convivido en el alma occidental, de forma compleja e incluso contradictoria, con otras muchas doctrinas y credos. El cristianismo, por ejemplo, una creencia de raíces orientales, entró en conflicto con ella al sostener que a determinados conocimientos funda- mentales e incuestionables debía llegarse a través de la revelación o de un acto de fe. A tratar de resolver dicho conflicto dedicaron buena parte de su obra los grandes pensadores medievales, desde San Agustín a Santo Tomás de Aquino, los cuales intentaron demostrar que las verdades de la fe y las de la razón son, en realidad, las mismas, y la escolástica pretendió incluso haber encontrado, gracias a San Anselmo, pruebas de la existencia de Dios sostenidas por la razón.

Finalmente, con la llegada del Renacimiento y la irrupción del pensamiento científico, la identidad entre conocimiento y racionalidad se consolidó de forma definitiva, quedando la fe relegada a una esfera diferente. Pero parece que la apelación constante a la razón acaba produciendo siempre fatiga, y desde entonces ha generado periódicamente episodios de reacción que van desde la racionalidad revisada del romanticismo y todo tipo de tradicionalismos antiracionalistas hasta las explosiones de desrazón camuflada de racionalidad que subyacen tras los totalitarismos del siglo XX.

En cuanto al presente, es indudable que vivimos en una época dominada por la racionalidad, aunque se trate de una racionalidad matizada por una concepción menos idealizada de la naturaleza humana. Aceptamos que potentes fuerzas irracionales modelan nuestra conducta individual y la evolución del conjunto de la sociedad, pero al mismo tiempo admitimos sin reservas que al conocimiento se llega a través de la razón, por lo menos a aquel que en la era tecno científica nos proporciona tanto nuestro bienestar material como explicaciones profundas y fascinantes sobre la estructura de la realidad. Veinticinco siglos después de que Platón planteara el mito de la caverna, seguimos interpretando la inclinación a adquirir conocimiento como una actitud deseable. La lectura es un hábito que se intenta fomentar entre niños y adultos, y aunque no sabríamos decir muy bien porqué, consideramos positivo mirar documentales o asistir al teatro, entendidas como actividades que nos obligan a reflexionar, a utilizar la razón.

En definitiva, pues, podemos afirmar que la estrecha relación entre cono- cimiento y razón forma parte de nuestro más profundo acervo cultural. A ella atribuimos gran parte del éxito civilizatorio de un occidente que ha sido capaz de proporcionar los más grandes pensadores, científicos y artistas, y que ha conseguido dominar plenamente las fuerzas de la naturaleza. Ese orgullo, teñido en ocasiones de arrogancia, constituye el ingrediente esencial que, en último término, conforma la carga simbólica de la palabra conocimiento.

V

Una vez que hemos conseguido determinar qué entendemos por conocimiento y que hemos destacado la relevancia del concepto en el conjunto de postulados que conforman nuestra tradición cultural, podemos retomar de nuevo la reflexión central de este ensayo. Queda ahora claro que el nombre que mejor describiría nuestra realidad actual sería el de una Sociedad de los Saberes Productivos. La distribución y el grado en que sus integrantes hayan asimilado dichos saberes determinarán hasta que punto se trata también de una Sociedad del Conocimiento.

Sin duda, cierto tipo de conocimiento de bajo contenido reflexivo se incrementa constantemente en todos nosotros cuando dedicamos un buen número de horas a inundar nuestro cerebro con información proveniente del televisor o de Internet. Y también se incrementa, en algunas personas, el conocimiento altamente especializado o aquel necesario para desarrollar actividades tecnológicamente complejas. Pero el tipo de conocimiento que subyace de forma subliminal tras la utopía de una Sociedad del Conocimiento, el conocimiento a través de la razón que debería proporcionarnos una mejor y más completa comprensión de la realidad, disminuye. Vivimos, gracias a la tecnología, en una Sociedad de la Información, que ha resultado ser también una Sociedad del Saber, pero no nos encaminamos hacia una Sociedad del Conocimiento sino todo lo contrario. Las mismas tecnologías que hoy articulan nuestro mundo y permiten acumular saber, nos están convirtiendo en individuos cada vez más ignorantes. Tarde o temprano se desvanecerá el espejismo actual y descubriremos que, en realidad, nos encaminamos hacia una Sociedad de la Ignorancia.

VI

Soy consciente de que la palabra "ignorancia", justamente por oposición a "conocimiento", está cargada de connotaciones negativas, y que la mera sugerencia de que va a formar parte del título de nuestro futuro inmediato choca frontalmente con nuestra fe en el progreso, postulado fundamental de la modernidad que la controversia posmoderna no consiguió derribar. Si la Sociedad del Conocimiento merece ser calificada de utopía, una Sociedad de la Ignorancia suena, de entrada, a discurso distópico.

Tal vez sí, pero en realidad ese tipo de juicios son innecesarios. No cabe el reproche, la amonestación o el sermón cuando la situación no es el resultado de una elección consciente fruto del ejercicio del libre albedrío. La Sociedad de la Ignorancia es el corolario inevitable del mundo que hemos construido, o más bien, que se ha ido formando a nuestro alrededor, porque aunque es obra de nuestras acciones no lo es de nuestras voluntades. Emerge como una consecuencia lógica de nuestra evolución y no es más que otra de las múltiples caras de la realidad en que vivimos inmersos, ya que en un mundo hiperconectado gracias a las nuevas herramientas tecno- lógicas nuestra capacidad para acceder al conocimiento se ve inexorablemente condicionada por los dos factores que analizamos a continuación: la acumulación exponencial de información y las propiedades del medio como herramienta de acceso al conocimiento.

VII

Sin duda, uno de los aspectos más característicos y representativos de nuestro tiempo es la velocidad. Nos hemos adentrado en una nueva época de dinámicas desbocadas, de crecimientos acelerados, de obsolescencia inmediata de cualquier novedad, de desmesura en las proporciones y los formatos, que Gilles Lipovetsky denomina "Tiempos Hipermodernos": hipercapitalismo, hiperclase, hiperpotencia, hiperterrorismo, hiperindividualismo, hipermercado, hipertexto. No es únicamente una cuestión de etiquetas o prefijos. Tal y como se encargan de recordarnos periódicamente los autores del estudio Límits to Growth, la evolución de múltiples magnitudes de nuestro mundo, desde las toneladas de soja producidas anualmente a la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera o la población de las zonas menos desarrolladas que vive en áreas urbanas, se ajusta perfectamente a una curva de crecimiento cada vez más rápido que aparece     frecuentemente en la naturaleza: la función exponencial. Todo aquello cuyo ritmo de variación depende de su valor instantáneo se ajusta a ella. Cuanto mayor es la magnitud, más rápido crece, como una bola de nieve imparable. Así es nuestro mundo hoy, por lo menos hasta que alcancemos los límites que la física del planeta impone. Los tiempos hipermodernos también podrían denominarse tiempos exponenciales.

Y donde dicho comportamiento es más acusado es, sin duda, en el volumen de datos que producimos, procesamos, transmitimos y almacenamos. La información sobre cualquier asunto se acumula a nuestro alrededor a un ritmo exponencial gracias a la contribución de millones de individuos que infatigablemente aportan desde simples fotografías digitales a profundas reflexiones en cualquier campo del saber. Un universo de pantallas electrónicas nos permite acceder de forma instantánea a todo ello de tal manera que, como individuos, asistimos a un crecimiento constante de la parcela de realidad que cada uno de nosotros puede abarcar. Estamos rodeados, inundados de información de todo tipo: podemos saber si está lloviendo en el lugar más remoto del planeta, encontrar en segundos la letra de la canción que más nos gusta o las especificaciones técnicas de cualquier dispositivo. Cuando conocemos a alguien buscamos referencias sobre su persona en        Internet. Podemos echar un vistazo al estado del hielo en la Antártida, hojear todos los libros de la antigüedad, escuchar las opiniones más reputadas o escarbar en las propuestas más alternativas y contraculturales. Todo está ahí, al alcance del teclado y el ratón.

Pero esta situación, paradójicamente, en lugar de permitirnos componer una visión cada vez más completa y exacta del mundo en qué vivimos, a menudo nos lo muestra más caótico y desconcertante que nunca. A un paso de la agorafobia, el ensanchamiento del horizonte de nuestra mirada nos ha revelado una realidad compleja y cambiante que no alcanzamos a abarcar. En la práctica la información disponible y el saber acumulado se han vuelto completamente inaprensibles para una mente humana que, al fin y al cabo, sigue constreñida por sus limitaciones biológicas originales.

La inaprensibilidad del saber disponible no constituye, evidentemente, ninguna novedad en sí misma. El ideal renacentista del homo universalis fue desbordado nada más nacer pues desde la invención de la imprenta cualquier biblioteca contuvo muchos más libros, más saber, de los que una persona puede aspirar a leer en toda una vida. Pero, como mínimo, la estructura de la biblioteca mantenía cierta estabilidad. Los procesos asociados a la actual dinámica de acumulación exponencial son diferentes. Nos encontramos hoy en una nueva biblioteca donde constantemente se construyen nuevas salas, dedicadas a nuevas disciplinas, que rápida- mente se llenan de volúmenes, y que apenas alcanzamos a visitar. ¿Es importante lo que en ellas se recoge? ¿Cómo se relaciona con todo lo que hay en las demás?

Hasta cierto punto la situación resulta paradójica, precisamente cuando las nuevas herramientas de comunicación habían conseguido hacernos creer por un instante que nos permitirían superar algunas de nuestras limitaciones endémicas. Todo parecía indicar que iban a desaparecer las barreras de espacio y tiempo que anteriormente provocaban la desconexión, la inaccesibilidad a determinadas zonas del saber humano que había ocasionado la pérdida irreversible de un buen número de obras clásicas, multitud de ineficientes esfuerzos paralelos o el entierro en el olvido, durante años, de descubrimientos relevantes como los de Mendel.

En la actualidad la desconexión nos sigue afectando pero su naturaleza ha cambiado. Estamos desconectados de determinadas áreas del saber, de tal manera que cuando nos alcance la noticia de su existencia, ya habrán evolucionado. Desconocemos si el hecho crucial está sucediendo ya, y se nos hace cada vez más difícil identificar el main stream entre el ruido ensordecedor. Todo ello viene reforzado por lo que algunos autores han denominado una infoxicación9, una intoxicación por exceso de información, que se traduce en una dificultad creciente para discriminar lo importante de lo superfluo y para seleccionar fuentes fiables de información.

Así pues, ante la acumulación exponencial de información nos inunda progresivamente la certeza de que cada vez es más difícil disponer de una visión equilibrada del conjunto, ni que sea de baja resolución. Como reacción está surgiendo una actitud de renuncia al conocimiento por des- motivación, por rendición, y una tendencia a aceptar de forma tácita la comodidad que nos proporcionan las visiones tópicas prefabricadas. Un falta de capacidad crítica, al fin y al cabo, que no es más que otra cara de nuestra creciente ignorancia.

VIII

El segundo factor del mundo hiperconectado que nos empuja hacia la Sociedad de la Ignorancia radica, en contra de lo que nuestra primera intuición nos hizo creer, en las propias características de las nuevas formas de comunicación en red. Tal y como se encargaron de demostrar teóricos como Marshal McLuhan o Neil Postman, cada medio de comunicación posee unas propiedades específicas en cuanto a herramienta de acceso al conocimiento. Ambos autores se centraron, concretamente, en analizar los atributos de los medios audiovisuales, especialmente la televisión, y en poner de relieve sus diferencias respecto a los formatos impresos que habían sustentado la difusión del saber desde el siglo XV. Básicamente, constataron la idoneidad de los primeros para proporcionar entretenimiento, en el sentido más amplio del término, pero señalaron sus dificultades, respecto a los segundos, para soportar argumentos racionales y reflexiones intelectuales de cierta profundidad. Dicho en otras palabras, la mayoría de la gente puede pasarse un par de horas frente al televisor si emiten una buena película, pero difícilmente aguantarán una conferencia de cuarenta minutos.

Hoy podríamos corroborar sobradamente sus conclusiones. A pesar de las profecías de algunos visionarios bienintencionados sobre las potencialidades de la televisión como herramienta de educación o de difusión de la cultura, todos sabemos que se ha convertido principalmente en una máquina de evasión y entretenimiento pasivo. La visión sobre la sociedad televisiva que Postman reflejó en Amusing Ourselves to Death10 mantiene actualmente una vigencia plena, si cabe, aumentada.

Ahora bien, en pleno siglo XXI la era de la televisión ha quedado atrás. Si bien el promedio de horas ante la pantalla no ha variado de forma significativa en los últimos años, sí que ha disminuido claramente entre la franja más joven de población. Las nuevas generaciones dedican cada vez más tiempo a utilizar unas nuevas formas de comunicación en red que les permiten dejar de ser espectadores pasivos para convertirse en nodos activos, en emisores y receptores simultáneamente, en consumidores pero también en productores de todo tipo de contenidos. Se trata, sin duda, de un mundo de posibilidades inagotables, pero para la discusión que aquí nos ocupa debemos preguntarnos si dicho medio es adecuado para fomentar, en último término, la elaboración de conocimiento en la mente de las personas.

Según el discurso de lo que entendemos como versión extendida de la Sociedad de Conocimiento, eso es así. Tal vez la respuesta esté influida por el hecho de que nuestro juicio se encuentra condicionado todavía por la fascinación que sentimos ante nuestros propios logros tecnológicos. Es evidente que la tecnología sobre la cual se sustenta la especificidad del mundo en que vivimos, profundamente diferente del de hace algunas décadas, es de una complejidad y de un nivel de abstracción muy superior a la que sustentó la era industrial. También lo son sus frutos: el dominio de la fuerza, del movimiento y de la energía representaron la superación de las limitaciones que nos impone la parte de nuestra naturaleza que compartimos con los otros animales. En cambio, la extensión de nuestras facultades cognitivas y comunicativas, adquirida gracias al nuevo universo de microprocesadores, memorias de silicio y conexiones en red que nos rodea, incumbe directa- mente a nuestra singularidad humana.

Muestra de que nos encontramos en un estado de falta de capacidad crítica es la facilidad con la que proliferan, y la complacencia con la que acogemos, conceptos como el de generación Einstein11, aquella formada por unos niños plenamente familiarizados con el uso de las herramientas tecnológicas, o las teorías sobre las virtudes empresariales de los Gamers12, jóvenes acostumbrados a competir, colaborar y adaptarse a un entorno cambiante gracias al hecho de haber jugado intensivamente con videoconsolas.

Pero si aceptamos mirar el reverso de la moneda posiblemente descubramos que además de niños prodigio o eficientes ejecutivos también están proliferando a nuestro alrededor individuos incapaces de concentrarse en un texto de más de cuatro páginas, personas que sólo pueden asimilar conceptos predigeridos en formatos multimedia, estudiantes que confunden aprender con recopilar, cortar y pegar fragmentos de información hallados en Internet, o un número creciente de analfabetos funcionales. Si bien es cierto que el nuevo medio pone a nuestro alcance todo el saber disponible, eso no implica necesariamente que seamos capaces de sacar provecho de él.

Es evidente que, a nivel profesional, el uso cotidiano como herramienta de trabajo de potentes ordenadores personales conectados permanentemente a una red global está modificando el ritmo y la secuencia de nuestros procesos mentales. Hoy es habitual manipular varios documentos a la vez mientras se recaba información en Internet, se atiende el correo electrónico o se mantienen conversaciones simultáneas a través de los servicios de mensajería instantánea. Ciertamente, desde un punto de vista productivo somos más eficientes, pero también se ha incrementado sensiblemente la complejidad de la mayoría de procesos, y el inmenso caudal de información que recibimos y que debemos gestionar amenaza con provocar nuevas formas de ansiedad. Es difícil focalizar y centrarse, y esa necesidad de cambiar constantemente el foco de nuestra atención acaba por modelar nuestra forma de razonar hasta ubicarnos en un estado de dispersión que, conceptualmente, es incompatible con la concentración que requiere cualquier reflexión de cierta consistencia. Es el mismo tipo de dispersión que también afecta, según comenta con frecuencia el profesorado, la capacidad de concentración de la población en edad escolar.

Pero las implicaciones van más allá del ámbito profesional. Así como la televisión resultó ser un medio especialmente apto para proporcionar entretenimiento pasivo, la comunicación permanente en red, además de reforzar la comentada tendencia a la dispersión, está demostrando ser un excelente potenciador de todo tipo de actividades relacionales. Nuestra inclinación innata a mantener vínculos sociales con otros individuos de nuestra especie se desarrolla ahora en un entorno artificial que la descontextualiza y que distorsiona los mecanismos naturales de inhibición, hasta el punto de generar adicciones y prácticas compulsivas. El hecho de poder estar en contacto permanente con otras personas vía correo electrónico, mensajería instantánea o telefonía móvil, nos está privando de la serenidad que nos aportan los reductos de soledad y nos convierte en seres puramente relacionales que cada vez pasan más tiempo ubicados en universos paralelos desconectados de la realidad.

Porque el nuevo medio, en lugar de abrirnos a un conocimiento más amplio del mundo, resulta que nos impulsa a residir en otros creados a la medida de nuestras necesidades y temores. El espacio digital formado por los ordenadores y las redes de telecomunicación se presenta ante nosotros como una atractiva experiencia sensible en la cual residimos cada vez más tiempo. Su combinación con los nuevos tipos de relaciones personales por medios telemáticos está configurando un ambiente capaz de seducir a muchas personas, especialmente a las más jóvenes, que ante el desmantelamiento de los mecanismos y los protocolos de relación tradicionales optan por instalarse en este nuevo mundo donde es posible encontrar las emociones que la realidad, mucho más mediocre, no les proporciona. Una parte cada vez más importante de nuestra identidad reside en el mundo virtual: creamos perfiles específicos en los lugares que visitamos con regularidad, construimos espacios donde depositamos y com- partimos nuestras fotografías o explicamos hechos de nuestra vivencia individual y, en definitiva, vamos tejiendo una trama en la que también se van incorporando sentimientos y vínculos afectivos, tan reales como los que experimentamos en la realidad "normal".

El proceso apenas acaba de empezar. En poco tiempo dispondremos de máquinas que superarán los umbrales de discriminación de nuestros sentidos hasta convertir en indistinguibles ambos mundos. Ante la virtualidad, máxima expresión de esa artificiosidad, inmediatamente se plantea la cuestión de si el mundo virtual será nocivo o beneficioso, una pregunta que derivará en un debate que será similar al que tuvo lugar acerca de las novelas durante el siglo XIX o sobre el rock and roll en el siglo XX. Pero se trata de un debate estéril pues en ningún caso conseguirá modificar la evolución de los acontecimientos y sólo provocará en algunas personas una tecnofobia frustrante. Lo que sí es indudable es que la virtualidad tendrá una influencia decisiva sobre las personas, del mismo modo que la tuvieron otras incorporaciones culturales. El cine, las novelas o la música no han sido sólo un entretenimiento: también pueden educar o perturbar las mentes, pero, en cualquier caso se han incorporado a nuestro imaginario, forman parte de nuestros referentes y han modelado nuestra interpretación de la realidad. En la medida en que abandonemos el tradicional televisor y cada vez pasemos más horas ante el ordenador y el videojuego, relacionándonos con otras personas y viviendo experiencias inmersivas de una intensidad creciente, la huella deberá ser necesariamente más profunda. No se puede descartar que emerja una confusión para distinguir entre realidad y virtualidad, ni que cada vez más personas se refugien definitivamente en este mundo artificial interconectado y decidan finalmente ignorar todo lo que quede fuera de él.





IX

La combinación de los dos factores descritos anteriormente, la acumula- ción exponencial de información y las propiedades específicas de las nue- vas formas de comunicación como vía de acceso al conocimiento, determi- nan nuestra relación actual con el saber existente y, al fin y al cabo, nuestra capacidad individual para superar la condición de ignorantes.

Concretamente, el primero de ellos nos obliga a aceptar, de entrada, la im- posibilidad de que existan, si es que alguna vez han existido, sabios, perso- nas con un conocimiento extenso y profundo de la realidad que les permite entenderla e interpretarla como un sistema integrado y completo. Sin duda, en la actualidad una persona culta goza de una mirada mucho más extensa que la de cualquier sabio de la antigüedad, especialmente desde el punto de vista científico, pero también son igualmente extensas las zonas que que- dan fuera de su alcance. Incluso aquellos que más tiempo y esfuerzo han dedicado a intentar adquirir perspectiva deben admitir grandes lagunas en su conocimiento que les limitan el alcance y la visión de conjunto. La no aceptación de las limitaciones de su nueva condición ha llevado a algunos a fiascos y saltos en el vacío como los relatados por Alan Sokal y Jean Bric- mont13 en Imposturas Intelectuales.

Una materialización de este hecho es la ausencia actual de filósofos que pretendan acometer la tarea de proponer sistemas completos de interpreta- ción de la realidad. Después de Kant, Hegel o incluso Marx, y coincidiendo con la entrada en el siglo XX, el pensamiento de tipo filosófico abandonó tal pretensión, consolidó un largo proceso de introspección y subjetivación y se retiró definitivamente de las regiones invadidas por las ciencias na- turales hasta quedar recluido en algunos campos especializados, como la filosofía de la ciencia, y en la interpretación de los autores históricos.

Pero si bien no existen sabios, ni pueden existir, naturalmente sí existen ex- pertos. Sigue estando a nuestro alcance adquirir conocimientos profundos en algún campo específico e incluso acceder temporalmente a la frontera que el saber humano establece. La suma del conocimiento de los expertos forma el extenso saber de nuestro tiempo, unos expertos, eso sí, cada vez más especializados. Hiperespecializados.

Ciertamente, vivimos en una sociedad de expertos. Todos lo somos en algún aspecto o, como mínimo, lo deberíamos ser. La labor de los expertos cons- tituye la pieza central del motor que sustenta el crecimiento económico de nuestra sociedad, una dinámica de progreso que hoy pasa inevitablemente por investigar, desarrollar y trasladar la novedad, lo antes posible, al terreno productivo. I+D+i. Innovar es la piedra filosofal de nuestro tiempo ex- ponencial, un imperativo tras el cual subyace cierta angustia ante el temor a quedar definitivamente rezagados.

El experto constituye, pues, la materialización de la sociedad del conoci- miento enunciada por Drucker y en su forma actual es el fruto de un lar- go proceso, descrito por Russell Jacoby en su libro The Last Intellectuals14, que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo anterior. Los productores de saber fueron progresivamente incorporados y puestos en nómina de las universidades y las estructuras de investigación, públicas o privadas, para conformar la maquinaria del conocimiento productivo que hoy conocemos. La generación del saber ha dejado de ser una tarea individual para conver- tirse en una empresa colectiva, en un sistema plenamente organizado que posee su propia burocracia, sus reglas, sus objetivos, sus estructuras, sus constricciones y sus mecanismos de recompensa y castigo. Existen grandes infraestructuras, presupuestos abultados y unas carreras profesionales bien definidas que estipulan competir con otros especialistas, publicar artículos o registrar patentes, y en las cuales se penaliza con el desprestigio a aquel que se atreve a invadir campos que otros expertos consideran como propios.

La condición de experto lleva indisolublemente asociada la profesionaliza- ción, una situación que en nuestros días está teñida, en muchos casos, de proletarización. La masa ingente de técnicos, especialistas, profesores o in- vestigadores públicos y privados no se dedican a satisfacer inquietudes inte- lectuales, sino a aquello para lo cual se les paga, a adquirir un conocimiento especializado y, a poder ser, productivo. Cabe la posibilidad de que alguien pretenda ir por libre, pero siempre podrá ser puesto en duda su derecho a hacer lo que le venga en gana cuando su nómina es pagada por una empresa que le exige resultados o por una sociedad que, en el fondo, también espera alguna cosa de él a cambio de un sueldo. A fin de cuentas son trabajadores, mano de obra cualificada, y cualquier actitud excesivamente crítica desde el interior del sistema está condenada a provocar dudas sobre su honestidad.

Consecuencia directa de la mercantilización del conocimiento y de la profe- sionalización del experto es la disgregación del saber en áreas cada vez más desconectadas las unas de las otras y, especialmente, del resto de la sociedad. La producción de saber es un trabajo, una ocupación laboral que no pretende movilizar o transformar la sociedad. Su finalidad es completamente diferen- te. Debe desarrollarse en el ámbito cerrado de los que comparten lenguaje, jerga, y una manera concreta de enfocar determinados problemas. La so- ciedad hiperconectada favorece y potencia dicho comportamiento, creando una nueva fuerza disgregadora que podríamos denominar comunitarismo autista. Hoy es más fácil que nunca mantenerse en contacto permanente por vía telemática con personas con las que se comparten intereses u ocupación e instalarse en mundos particulares independientes del resto de la sociedad, comunidades cerradas donde es posible reforzar una identidad diferenciada y encontrar el marco de referencia estable que todos necesitamos.

Los expertos son terreno propicio para que se dé un elevado grado de co- munitarismo autista pues la mayoría de sus fuentes de reconocimiento o de castigo provienen de la misma comunidad. La publicación de trabajos, por ejemplo, medida clave del éxito académico, depende exclusivamente del veredicto de unos "referees" que son también miembros del mismo co- lectivo. No hay, en fin, ninguna necesidad real de comunicarse con el resto de la sociedad y de hecho podría ser, incluso, contraproducente. Todas las fuerzas que actúan son, pues, claramente centrípetas.

Nos encontramos ante la actualización de la vieja idea de la torre de marfil. Hoy, en lugar de una única torre existen multitud de pequeñas torres donde refugiarse, y cada experto se encuentra encerrado en alguna de ellas, ya sea por el imperativo productivo que recae sobre el ingeniero o el tecnólogo, por la convicción apasionadamente hiperespecializada del científico o, al fin y al cabo, por la imposibilidad de liberarse de la dinámica endogámica de las estructuras generadoras de saber. Talvez cabría esperar que en una Sociedad del Conocimiento el saber de los expertos, más allá de sus resul- tados productivos y comerciales, fluyera hacia el resto de la sociedad, pero actualmente ni sucede así ni nadie lo pretende.

En definitiva, pues, el experto, gran especialista en una franja cada vez más estrecha del saber es, lógicamente, cada vez más ignorante en el saber de otros campos. Además, sus conocimientos únicamente tienen sentido en el entramado económico que los ha motivado. Son productivos y funcionales, saberes instrumentales que tanto en su forma como en su fondo encajan mejor en la techné griega, el saber de los esclavos productivos, que en el logos que nos muestra el ser de las cosas. En la naturaleza del experto no existe necesariamente una tendencia a convertirse en sabio y, de hecho, todos los mecanismos que hoy operan a su alrededor le empujan en la di- rección contraria. Cuando el experto cierra la puerta de su despacho y se va a casa se convierte en uno más. Fuera de su especialidad, pasa a formar parte de la siguiente categoría: la masa.

X

Es necesario aclarar aquí que tanto el sabio como el experto y la masa son arquetipos ideales que no se dan de forma pura en el mundo real, donde lo que encontramos son individuos que combinan aspectos de los tres. Todos somos una mezcla dinámica y cambiante de sabio, experto y masa. Quizá en algún momento hemos aspirado a convertirnos en sabios, probablemen- te somos expertos en algo y durante una parte de nuestro tiempo actuamos como tales, pero cuando abandonamos nuestra especialización pasamos a ser, necesariamente, masa. Y, nos guste o no, esa es la parte más grande del pastel.

Por definición, uno de los rasgos esenciales de la masa es la ignorancia, pues masa es lo que resulta de extraer el componente de sabio y el de experto. Indiscutiblemente, dicha ignorancia consustancial no es hoy tan absoluta como lo era en el pasado. Se ha incrementado el nivel cultural de la pobla- ción gracias al enorme esfuerzo que ha supuesto la educación generalizada; el analfabetismo es residual y la inmensa mayoría de la gente dispone de las habilidades básicas e imprescindibles para desenvolverse en nuestras sociedades alfabetizadas. Ahora bien, una vez alcanzado cierto nivel de funcionalidad, todo indica que en los últimos años no se han producido grandes cambios en el nivel cultural de la masa a pesar de la acumulación exponencial de información y de las potencialidades de las nuevas herra- mientas tecnológicas que nos tenían que situar en la nueva Sociedad del Conocimiento. La duración media de la etapa educativa se ha estabilizado alrededor de los diecisiete años en los países más avanzados, y una tónica similar han seguido, en el mejor de los casos, otros indicadores tales como los niveles de superación de enseñanza secundaria o los índices de fracaso escolar. Mientras tanto, la esperanza de vida sigue creciendo y, por lo tanto, disminuye el peso relativo de la etapa de formación inicial.

Un aspecto polémico que no recogen los indicadores estadísticos es el de la exigencia de los temarios o la dificultad de los estudios. Se trata de un de- bate permanentemente abierto (recordemos, por ejemplo, el controvertido libro de Allan Bloom15, The Closing of the American Mind) sobre el que no pretendo incidir aquí. La discusión sobre si los alumnos deberían leer los clásicos griegos queda fuera de lugar cuando la mayoría da por sentado que la actividad educativa forma parte de la maquinaria del saber productivo comentada anteriormente y que, por lo tanto, debe encaminarse necesaria- mente a la obtención de los imprescindibles expertos capaces de impulsar el progreso económico. Muchas de las tensiones que rodean la educación son expresiones de las contradicciones en los valores y las prioridades de la sociedad, y forman parte del precio que hemos de pagar por vivir en un entorno opulento al cual, de hecho, no estamos dispuestos a renunciar. No es posible pedir una cultura del esfuerzo a los estudiantes si en la realidad en que viven inmersos prima el valor del ocio y la diversión, actividades de las que, a su vez, no podemos prescindir porqué son parte indisociable de nuestro bienestar. No podemos reclamar más autoridad en el mundo edu- cativo cuando en otros ámbitos cualquier atisbo de autoridad se interpre- ta como autoritarismo. Todo está entrelazado, y romper las ligaduras sólo sería posible con una enmienda a la totalidad, una revolución. Pretender eliminar la ignorancia a través del sistema educativo propio de la Sociedad de la Ignorancia es una paradoja irresoluble.

En el mejor de los casos, suponiendo que los contenidos y el nivel edu- cativo se hayan mantenido estables, y que los índices de fracaso actual sean aproximadamente los mismos que eran quince o veinte años atrás, podríamos afirmar que, en valor absoluto, desde el punto de vista educa- tivo estamos aproximadamente en el mismo estadio que una década atrás. Así pues, como consecuencia directa del primer factor generador de la Sociedad de la Ignorancia, el incremento exponencial de complejidad del mundo en que vivimos, dicha cantidad se convierte en un valor relativo muy inferior. La masa es más ignorante, al menos cuando concluye su etapa formativa inicial.

Desde luego, no todo acaba cuando finaliza la época del instituto o la uni- versidad. Durante el resto de una vida que cada vez es más larga se pueden seguir acumulando conocimientos, y todos sabemos como: leyendo, asis- tiendo a cursos, auto formándose, observando, reflexionando y aprendien- do de la experiencia diaria. En esencia, lo mismo de siempre. Por el mo- mento no disponemos de implantes cerebrales capaces de ampliar nuestro conocimiento, según la propuesta de The Matrix16, y por lo tanto el proceso mental sigue siendo el mismo, no debemos olvidarlo. Eso sí, disponemos de las mejores herramientas para hacerlo.

Ciertamente, la formación permanente es hoy una realidad, pero se encuen- tra inseparablemente ligada a la mercantilización del conocimiento, y en la inmensa mayoría de casos se da en el contexto laboral. Si el entorno econó- mico y productivo evoluciona, dicha actividad se convierte en imprescindi- ble. Aprender a ser más productivos es hoy una parte más de nuestro tra- bajo, y la única alternativa es una rápida obsolescencia. De hecho, a causa de la necesidad de adaptación al cambio permanente, nos vemos obligados a dedicar cualquier esfuerzo intelectual a intentar no quedar rezagados: aprender inglés o informática se ha convertido para muchas personas en objetivos casi inalcanzables que no dejan tiempo para nada más. Como reza el dicho popular, lo urgente no nos permite hacer lo importante.

Más allá de las necesidades formativas que impone un entorno en cons- tante transformación, difícilmente podríamos llegar a la conclusión de que avanzamos hacia una Sociedad del Conocimiento a partir de la observación cotidiana de las costumbres, intereses y formas de vida que surgen a nues- tro alrededor como consecuencia de la disponibilidad de acceso masivo a una amplia gama de canales de comunicación. Cualquiera podría confeccio- nar una extensa lista de nuevos hábitos, desde prestar una atención desme- surada a todo tipo de eventos deportivos hasta buscar pareja por Internet, que sin duda mostraría un peso abrumador de las actividades de ocio y de tipo relacional, así como un interés creciente por unos contenidos com- pletamente primarios. Los reality shows, el deporte espectáculo, la por- nografía sentimental, el entretenimiento banal o la exaltación de la fama por la fama conforman el grueso de la parrilla televisiva actual, sin que la aparición de mecanismos de interacción por parte de los espectadores haya modificado dicha tendencia. En cualquier caso, si bien es cierto que la campana de distribución de las alternativas disponibles se ha ensanchado enormemente, la media resultante cada vez se aleja más de la que cabría esperar en una Sociedad del Conocimiento.

XI

Pero el gran cambio que consolida definitivamente la Sociedad de la Igno- rancia no es que ésta se vea favorecida por las nuevas formas de comunica- ción y en la práctica campe a sus anchas, sino que ha sido aceptada, asumi- da y, finalmente aupada a la categoría de normalidad. De forma progresiva la ignorancia ha ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta el punto de llegar a prestigiarse. Se ha disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un consumismo desenfrenado. Ser igno- rante no es incompatible, ni mucho menos, con tener dinero o glamour. Más bien al contrario, nos puede proporcionar una pátina de simpatía altamente empática a ojos de los demás.

La situación actual corresponde a la fase más avanzada de un proceso im- parable, constatado por numerosos autores, que ha acompañado al pro- tagonismo creciente de las masas. Resaltaba Ortega y Gasset en La rebe- lión de las masas, a finales de los años veinte, que «lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera»17. La conso- lidación definitiva de la cultura de masas después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente desde la aparición del televisor, indujo a Giovanni Sartori a escribir que «un mundo concentrado sólo en el hecho de ver es un mundo estúpido. El homo sapiens, un ser caracterizado por la reflexión, por su capacidad para generar abstracciones, se está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero que no piensa, que ve pero que no entiende»18.

Hoy asistimos, en efecto, a la culminación del proceso. La ignorancia está plenamente normalizada y es admitida sin ningún reparo en los modelos de éxito social, e incluso el acceso a las máximas responsabilidades públicas por parte de personas de ignorancia evidente se considera una muestra po- sitiva de las virtudes del sistema democrático. Cualquiera, con independen- cia de su formación y aun dando muestras evidentes de su falta de cultura y de ánimo de enmienda, puede acceder a lo más alto de la estructura social. Cualquier observación al respecto emitida en público sería considerada hoy políticamente incorrecta. La ignorancia es atrevida, desacomplejada y, como todos en esta sociedad que constantemente reclama, exige también que se respeten sus derechos. El proceso se realimenta a través del papel cada vez más central que en nuestra sociedad juegan los medios de comuni- cación, referentes del éxito social y escaparate del imaginario colectivo del cual son también, en buena parte, creadores. "Si no sales por televisión, no eres nadie" o, más recientemente "si no apareces en Internet, no existes". Los ingredientes para acceder a dicha visibilidad encajan perfectamente en la estructura de la Sociedad de la Ignorancia.

En paralelo, y en la misma medida que la ignorancia se ha normalizado y se ha prestigiado, el conocimiento no productivo se ha desacreditado, ha perdido cualquier atisbo de ser referente social y se ha cargado de conno- taciones negativas. Como hemos señalado anteriormente, seguimos consi- derando el conocimiento como un bien en sí mismo cuando nos referimos a él de forma abstracta: en las encuestas todos contestamos que nos encanta leer, ir al teatro o ver documentales, pero en la práctica fuera del saber productivo generado por los expertos, cualquier esfuerzo intelectual resul- ta casi incompresible para una sociedad acomodada en la confortabilidad del entretenimiento predigerido y la espectacularidad vacua. Difícilmente alguien se atrevería hoy a autocalificarse como intelectual por el temor a quedar revestido de todas las connotaciones actuales del término: preten- cioso, improductivo, aburrido.

Lo más sorprendente de la situación es que parece que nos percatamos de la dualidad entre el discurso utópico y la realidad cotidiana. Persiste una lógica errónea que nos lleva a pensar que el uso de herramientas cada vez más sofisticadas implica necesariamente un mayor conocimiento, y con- fundimos la destreza para utilizar un complejo programa informático que nos permite escribir con el hecho de escribir algo interesante, o incluso con saber escribir. Nos hemos convencido de que disponer de una red que nos permite ver lo que emite la televisión en la otra punta del mundo es volvernos más sabios, cuando lo único que hacemos es pasar el rato o, en el mejor de los casos, adquirir conocimientos triviales. Y nos encanta oír "Sociedad del Conocimiento" cuando a nivel individual, en muchos casos, consiste simplemente en pasar un montón de horas chateando con los amigos o in- tentando ligar por Internet.

XII

Recapitulemos: la expectativa de una Sociedad del Conocimiento, surgida del desconcierto posmoderno gracias al poder de la tecnología, ha resultado ser en la práctica una Sociedad de la Ignorancia, compuesta por sabios im- potentes, expertos productivos encerrados en sus torres de marfil y masas fascinadas y sumidas en la inmediatez compulsiva de un consumismo alie- nante. Las nuevas formas de comunicación nos permiten ser más eficientes en el dominio de la naturaleza pero como individuos nos están convirtiendo en seres cada vez más ignorantes y más encerrados en las pequeñas esferas que surgen como resultado de las nuevas fuerzas disgregadoras que afec- tan a toda la sociedad. La Sociedad de la Ignorancia es, a fin de cuentas, el estado más avanzado de un sistema capitalista que basa la estabilidad de la sociedad en el progreso, entendido básicamente como crecimiento econó- mico19, pero que una vez satisfechas las necesidades básicas sólo es posible mantener gracias a la existencia de unas masas ahitas, fascinadas y esen- cialmente ignorantes.

Ciertamente, a muchos el panorama les puede parecer sombrío, pero an- tes de aventurar cualquier valoración debería tomarse en consideración un punto importante: la Sociedad de la Ignorancia adquiere todo su sentido en el contexto de las nuevas generaciones que la protagonizarán. Sólo la inter- pretaremos adecuadamente si la proyectamos sobre ellas. Buena parte de los habitantes del presente nos hemos conformado en el mundo precedente y, como ha sucedido siempre, a menudo juzgaremos la personalidad de un tiempo que ya no será nuestro desde el recelo o la incomprensión. La in- comodidad ante la perspectiva de abandonar la vieja idea ateniense de que el conocimiento es un bien en sí mismo podría no ser más que un prejuicio similar a la dificultad que experimentaron muchas personas en el pasado para aceptar la posibilidad de una experiencia vital plena en un marco des- provisto de religiosidad o de los esquemas heredados de la tradición. Los jóvenes pueden adoptar sin más las ideas nuevas si son consistentes en sí mismas porque para ellos todas son, en realidad, igualmente originales.

Ahora bien, aún aceptando la inutilidad de emitir valoraciones subjetivas, sí que es posible y conveniente analizar las consecuencias de la situación creada. Ello nos lleva a percatarnos inmediatamente de la existencia de varios riesgos potenciales.

El primero de ellos es el riesgo social. Cuando apareció en el horizonte la posibilidad de materializar una verdadera Sociedad de la Información rá- pidamente se formuló la teoría de que dicho contexto representaría una gran oportunidad para superar algunas de las formas vigentes de desigual- dad social. El acceso masivo y fácil a todo tipo de información tendría que permitir a los más desfavorecidos limar algunas de las diferencias que les separaban del resto de la sociedad. Hoy podemos intuir ya que la previsión pecaba de un exceso de optimismo. En la Sociedad de la Ignorancia estamos asistiendo al nacimiento de nuevas fuentes de desigualdad y al levanta- miento de fronteras hasta ahora inexistentes que afectan a quienes bien por un bajo nivel formativo o bien por carencia de talento natural son in- capaces de subir al tren de la complejidad tecnológica y el dinamismo per- manente. Un mundo abierto será también un mundo de oportunidades, de buenas oportunidades, pero sólo para unos cuantos, los más bien situados o los que dispongan de la suficiente capacidad de maniobra. Para los demás se convertirá en un entorno cada vez más hostil. Una parte significativa de la población puede verse arrastrada a vivir enfangada en un pantano de expectativas vitales insatisfechas, simplemente porque serán prescindi- bles. Los favorecidos no necesitarán al resto para sostenerse: la tecnología, el conocimiento productivo y la posibilidad de ir a buscar al mejor precio todo aquello que necesiten en un mercado globalizado, serán suficientes. Sobre el conocimiento y el talento se sustentará una nueva diferencia social más insalvable que los antiguos contrastes de naturaleza económica, más esencial, más intrínseca a cada persona, la cual neutralizará cualquier po- sibilidad de discurso igualitario y fomentará el surgimiento de nuevos sen- timientos de injusticia social. Existe, pues, el riesgo de acabar irremedia- blemente divididos en dos castas, una masa acomodada en su ignorancia, fascinada por la tecnología y cada vez más alienada, y otra formada por los expertos en los saberes productivos y los resortes de un modelo económico insostenible.

El segundo riesgo deriva de la peligrosidad de ser ignorantes cuando deben afrontarse retos cruciales cuyo desenlace depende de nuestras acciones. Y esa es justamente la situación en la que nos encontramos. La Sociedad de la Ignorancia, como hemos comentado anteriormente, es una más de las múltiples caras de los tiempos exponenciales en los que nos ha tocado vivir y que también se caracterizan por la proliferación de riesgos cataclísmicos que únicamente podremos sortear a través de una actuación consciente- mente sensata. El inicio de la era atómica nos obligó a aceptar la necesidad de limitar nuestra capacidad de actuación, una capacidad que hoy se ha multiplicado en todas direcciones y que nos sitúa ante nuevas incógnitas, algunas de las cuales talvez incluso ignoramos. En biología nos movemos sobre la delgada línea que divide el uso del abuso. El riesgo de la energía nuclear, que no reside tanto en su infinito potencial destructivo como en su proliferación, se ha conjurado hasta hoy gracias a un tenso equilibrio que cada vez es más inestable. No alcanzamos a comprender bien el de- safío climático mientras seguimos asistiendo impasibles a la extinción en masa de la biodiversidad del planeta. Los expertos, encerrados en sus to- rres de marfil, apenas logran vislumbrar las consecuencias de sus acciones colectivas, y aún en el caso de que así fuese, no dispondrían de capacidad de incidencia sobre los responsables políticos, y mucho menos, sobre la masa. La ignorancia consustancial de los tiempos exponenciales nos aboca a una ceguera generalizada, de consecuencias imprevisibles, que nos impi- de identificar y asumir la porción de responsabilidad que recae sobre cada uno de nosotros.

Finalmente, el tercer riesgo implícito en la Sociedad de la Ignorancia surge de los interrogantes que plantea acerca del lugar que en ella va a ocupar el individuo e, incluso, acerca de la concepción misma de individuo. La afirmación de su autonomía y de su centralidad frente a lo colectivo es par- te indisociable de aquella carga simbólica que en nuestro bagaje cultural posee la palabra conocimiento. Desde que tras las primeras experiencias democráticas en la polis toda la racionalidad griega se replegara hacia el interior y fijara su atención en el individuo, occidente no ha abandonado la senda de la subjetivación, una trayectoria que se consolidó definitivamente con la introducción del sujeto pensante de Descartes y con la interpretación humanista del mundo.

Esta concepción del individuo ha llevado a reflexionar de forma recurrente sobre su papel dentro de la estructura social. Durante siglos ha existido una tensión entre un individualismo liberal que entendía la sociedad como un conjunto de instituciones coartantes que limitan la naturaleza del indivi- duo y una concepción más restrictiva de la naturaleza del individuo, que justifica la existencia de estructuras colectivas superiores para potenciarlo e incluso salvarlo de sí mismo.

Pero este tipo de debates han quedado hoy muy mitigados. Tras la defunción del socialismo real, el individualismo liberal se ha consolidado como alter- nativa indiscutida en el mundo actual. Nuestra sociedad es el resultando de un largo proceso de individualización que ha desplazado gradualmente el ámbito de decisión sobre lo que es bueno o malo, adecuado o inoportu- no, deseable o despreciable, desde el grupo a la persona: muchos aspectos de nuestra vida han pasado de estar guiados por valores compartidos e incuestionables a convertirse en asuntos de cada conciencia individual, en un escenario desprovisto de apriorismos y cada vez más desvinculado de cualquier tradición. La autonomía personal y la disponibilidad de un espa- cio privado para desarrollar la propia personalidad se han convertido en un bien supremo y absoluto, en un derecho indiscutible e indiscutido que ha penetrado profundamente en la mentalidad de cada persona hasta formar la columna vertebral de su escala de valores. No podríamos concebir que en el futuro dejara de ser así y, de hecho, buena parte del atractivo de la utópica Sociedad del Conocimiento residía justamente en su capacidad para reforzar los planteamientos individualistas.

En efecto, el advenimiento de la transformación actual supone un salto cua- litativo en dicho proceso, al poner en manos de una sociedad profundamente individualizada un conjunto de nuevas y potentes herramientas que permi- ten extender hasta límites insospechados el deseo de individualidad. Hoy están al alcance de cualquier individuo el acceso masivo a la información, la comunicación permanente con otras personas e, incluso, la apertura de nuevos canales de expresión con la potencialidad teórica de amplificar cual- quier mensaje, por individual que sea, a un nivel planetario. Aparentemente el individualismo ha conseguido culminar su apoteosis del individuo.

Pero tales planteamientos, como se ha intentado demostrar a lo largo de este ensayo, chocan frontalmente con las nuevas e insalvables limitacio- nes que nos afectan en la Sociedad de la Ignorancia. Las potencialidades que nos ofrece la tecnología como herramienta para desarrollar la liber- tad individual van a quedar en la práctica reducidas por la ignorancia que nos acecha y que restringe la esfera de lo que realmente, como indivi- duos, podemos alcanzar ¿Es posible la libertad de pensamiento desde la ignorancia? ¿En que queda la libertad individual cuando no alcanzamos a entender la complejidad del mundo que nos rodea? ¿Debemos aceptar definitivamente la incapacidad de la razón individual para acceder al co- nocimiento y la conveniencia de acogernos a los discursos creados por instancias superiores?

Mientras el individuo se enfrenta a su pequeñez ante un mundo abierto y cada vez más complejo que no alcanza a comprender, la evolución de éste no se detiene. El centro de gravedad de la sociedad del conocimiento mercantilizado se desplaza gradualmente desde el individuo hacia las es- tructuras colectivas. El saber productivo ha dejado de pertenecer a la masa o al experto aislado y se encuentra distribuido en grandes sistemas en los cuales el individuo es sólo una pieza prescindible. Cada vez hay más sa- ber en las organizaciones pero menos conocimiento en los individuos, más información en las memorias de silicio y menos en los cerebros humanos.

El individuo se aleja progresivamente de su posición central, se diluye, y desde la periferia se muestra más débil y prescindible que nunca.

Talvez deberíamos detenernos a pensar si mientras seguimos creyendo que avanzamos por la senda del humanismo hacía una Sociedad del Conoci- miento no nos estamos encaminando, en realidad, hacia una Sociedad de la Ignorancia que plantea, en última instancia, una disolución del individuo y el fin de la parte más singular del sueño occidental.