Monday, October 27, 2014




IX

La combinación de los dos factores descritos anteriormente, la acumula- ción exponencial de información y las propiedades específicas de las nue- vas formas de comunicación como vía de acceso al conocimiento, determi- nan nuestra relación actual con el saber existente y, al fin y al cabo, nuestra capacidad individual para superar la condición de ignorantes.

Concretamente, el primero de ellos nos obliga a aceptar, de entrada, la im- posibilidad de que existan, si es que alguna vez han existido, sabios, perso- nas con un conocimiento extenso y profundo de la realidad que les permite entenderla e interpretarla como un sistema integrado y completo. Sin duda, en la actualidad una persona culta goza de una mirada mucho más extensa que la de cualquier sabio de la antigüedad, especialmente desde el punto de vista científico, pero también son igualmente extensas las zonas que que- dan fuera de su alcance. Incluso aquellos que más tiempo y esfuerzo han dedicado a intentar adquirir perspectiva deben admitir grandes lagunas en su conocimiento que les limitan el alcance y la visión de conjunto. La no aceptación de las limitaciones de su nueva condición ha llevado a algunos a fiascos y saltos en el vacío como los relatados por Alan Sokal y Jean Bric- mont13 en Imposturas Intelectuales.

Una materialización de este hecho es la ausencia actual de filósofos que pretendan acometer la tarea de proponer sistemas completos de interpreta- ción de la realidad. Después de Kant, Hegel o incluso Marx, y coincidiendo con la entrada en el siglo XX, el pensamiento de tipo filosófico abandonó tal pretensión, consolidó un largo proceso de introspección y subjetivación y se retiró definitivamente de las regiones invadidas por las ciencias na- turales hasta quedar recluido en algunos campos especializados, como la filosofía de la ciencia, y en la interpretación de los autores históricos.

Pero si bien no existen sabios, ni pueden existir, naturalmente sí existen ex- pertos. Sigue estando a nuestro alcance adquirir conocimientos profundos en algún campo específico e incluso acceder temporalmente a la frontera que el saber humano establece. La suma del conocimiento de los expertos forma el extenso saber de nuestro tiempo, unos expertos, eso sí, cada vez más especializados. Hiperespecializados.

Ciertamente, vivimos en una sociedad de expertos. Todos lo somos en algún aspecto o, como mínimo, lo deberíamos ser. La labor de los expertos cons- tituye la pieza central del motor que sustenta el crecimiento económico de nuestra sociedad, una dinámica de progreso que hoy pasa inevitablemente por investigar, desarrollar y trasladar la novedad, lo antes posible, al terreno productivo. I+D+i. Innovar es la piedra filosofal de nuestro tiempo ex- ponencial, un imperativo tras el cual subyace cierta angustia ante el temor a quedar definitivamente rezagados.

El experto constituye, pues, la materialización de la sociedad del conoci- miento enunciada por Drucker y en su forma actual es el fruto de un lar- go proceso, descrito por Russell Jacoby en su libro The Last Intellectuals14, que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo anterior. Los productores de saber fueron progresivamente incorporados y puestos en nómina de las universidades y las estructuras de investigación, públicas o privadas, para conformar la maquinaria del conocimiento productivo que hoy conocemos. La generación del saber ha dejado de ser una tarea individual para conver- tirse en una empresa colectiva, en un sistema plenamente organizado que posee su propia burocracia, sus reglas, sus objetivos, sus estructuras, sus constricciones y sus mecanismos de recompensa y castigo. Existen grandes infraestructuras, presupuestos abultados y unas carreras profesionales bien definidas que estipulan competir con otros especialistas, publicar artículos o registrar patentes, y en las cuales se penaliza con el desprestigio a aquel que se atreve a invadir campos que otros expertos consideran como propios.

La condición de experto lleva indisolublemente asociada la profesionaliza- ción, una situación que en nuestros días está teñida, en muchos casos, de proletarización. La masa ingente de técnicos, especialistas, profesores o in- vestigadores públicos y privados no se dedican a satisfacer inquietudes inte- lectuales, sino a aquello para lo cual se les paga, a adquirir un conocimiento especializado y, a poder ser, productivo. Cabe la posibilidad de que alguien pretenda ir por libre, pero siempre podrá ser puesto en duda su derecho a hacer lo que le venga en gana cuando su nómina es pagada por una empresa que le exige resultados o por una sociedad que, en el fondo, también espera alguna cosa de él a cambio de un sueldo. A fin de cuentas son trabajadores, mano de obra cualificada, y cualquier actitud excesivamente crítica desde el interior del sistema está condenada a provocar dudas sobre su honestidad.

Consecuencia directa de la mercantilización del conocimiento y de la profe- sionalización del experto es la disgregación del saber en áreas cada vez más desconectadas las unas de las otras y, especialmente, del resto de la sociedad. La producción de saber es un trabajo, una ocupación laboral que no pretende movilizar o transformar la sociedad. Su finalidad es completamente diferen- te. Debe desarrollarse en el ámbito cerrado de los que comparten lenguaje, jerga, y una manera concreta de enfocar determinados problemas. La so- ciedad hiperconectada favorece y potencia dicho comportamiento, creando una nueva fuerza disgregadora que podríamos denominar comunitarismo autista. Hoy es más fácil que nunca mantenerse en contacto permanente por vía telemática con personas con las que se comparten intereses u ocupación e instalarse en mundos particulares independientes del resto de la sociedad, comunidades cerradas donde es posible reforzar una identidad diferenciada y encontrar el marco de referencia estable que todos necesitamos.

Los expertos son terreno propicio para que se dé un elevado grado de co- munitarismo autista pues la mayoría de sus fuentes de reconocimiento o de castigo provienen de la misma comunidad. La publicación de trabajos, por ejemplo, medida clave del éxito académico, depende exclusivamente del veredicto de unos "referees" que son también miembros del mismo co- lectivo. No hay, en fin, ninguna necesidad real de comunicarse con el resto de la sociedad y de hecho podría ser, incluso, contraproducente. Todas las fuerzas que actúan son, pues, claramente centrípetas.

Nos encontramos ante la actualización de la vieja idea de la torre de marfil. Hoy, en lugar de una única torre existen multitud de pequeñas torres donde refugiarse, y cada experto se encuentra encerrado en alguna de ellas, ya sea por el imperativo productivo que recae sobre el ingeniero o el tecnólogo, por la convicción apasionadamente hiperespecializada del científico o, al fin y al cabo, por la imposibilidad de liberarse de la dinámica endogámica de las estructuras generadoras de saber. Talvez cabría esperar que en una Sociedad del Conocimiento el saber de los expertos, más allá de sus resul- tados productivos y comerciales, fluyera hacia el resto de la sociedad, pero actualmente ni sucede así ni nadie lo pretende.

En definitiva, pues, el experto, gran especialista en una franja cada vez más estrecha del saber es, lógicamente, cada vez más ignorante en el saber de otros campos. Además, sus conocimientos únicamente tienen sentido en el entramado económico que los ha motivado. Son productivos y funcionales, saberes instrumentales que tanto en su forma como en su fondo encajan mejor en la techné griega, el saber de los esclavos productivos, que en el logos que nos muestra el ser de las cosas. En la naturaleza del experto no existe necesariamente una tendencia a convertirse en sabio y, de hecho, todos los mecanismos que hoy operan a su alrededor le empujan en la di- rección contraria. Cuando el experto cierra la puerta de su despacho y se va a casa se convierte en uno más. Fuera de su especialidad, pasa a formar parte de la siguiente categoría: la masa.

X

Es necesario aclarar aquí que tanto el sabio como el experto y la masa son arquetipos ideales que no se dan de forma pura en el mundo real, donde lo que encontramos son individuos que combinan aspectos de los tres. Todos somos una mezcla dinámica y cambiante de sabio, experto y masa. Quizá en algún momento hemos aspirado a convertirnos en sabios, probablemen- te somos expertos en algo y durante una parte de nuestro tiempo actuamos como tales, pero cuando abandonamos nuestra especialización pasamos a ser, necesariamente, masa. Y, nos guste o no, esa es la parte más grande del pastel.

Por definición, uno de los rasgos esenciales de la masa es la ignorancia, pues masa es lo que resulta de extraer el componente de sabio y el de experto. Indiscutiblemente, dicha ignorancia consustancial no es hoy tan absoluta como lo era en el pasado. Se ha incrementado el nivel cultural de la pobla- ción gracias al enorme esfuerzo que ha supuesto la educación generalizada; el analfabetismo es residual y la inmensa mayoría de la gente dispone de las habilidades básicas e imprescindibles para desenvolverse en nuestras sociedades alfabetizadas. Ahora bien, una vez alcanzado cierto nivel de funcionalidad, todo indica que en los últimos años no se han producido grandes cambios en el nivel cultural de la masa a pesar de la acumulación exponencial de información y de las potencialidades de las nuevas herra- mientas tecnológicas que nos tenían que situar en la nueva Sociedad del Conocimiento. La duración media de la etapa educativa se ha estabilizado alrededor de los diecisiete años en los países más avanzados, y una tónica similar han seguido, en el mejor de los casos, otros indicadores tales como los niveles de superación de enseñanza secundaria o los índices de fracaso escolar. Mientras tanto, la esperanza de vida sigue creciendo y, por lo tanto, disminuye el peso relativo de la etapa de formación inicial.

Un aspecto polémico que no recogen los indicadores estadísticos es el de la exigencia de los temarios o la dificultad de los estudios. Se trata de un de- bate permanentemente abierto (recordemos, por ejemplo, el controvertido libro de Allan Bloom15, The Closing of the American Mind) sobre el que no pretendo incidir aquí. La discusión sobre si los alumnos deberían leer los clásicos griegos queda fuera de lugar cuando la mayoría da por sentado que la actividad educativa forma parte de la maquinaria del saber productivo comentada anteriormente y que, por lo tanto, debe encaminarse necesaria- mente a la obtención de los imprescindibles expertos capaces de impulsar el progreso económico. Muchas de las tensiones que rodean la educación son expresiones de las contradicciones en los valores y las prioridades de la sociedad, y forman parte del precio que hemos de pagar por vivir en un entorno opulento al cual, de hecho, no estamos dispuestos a renunciar. No es posible pedir una cultura del esfuerzo a los estudiantes si en la realidad en que viven inmersos prima el valor del ocio y la diversión, actividades de las que, a su vez, no podemos prescindir porqué son parte indisociable de nuestro bienestar. No podemos reclamar más autoridad en el mundo edu- cativo cuando en otros ámbitos cualquier atisbo de autoridad se interpre- ta como autoritarismo. Todo está entrelazado, y romper las ligaduras sólo sería posible con una enmienda a la totalidad, una revolución. Pretender eliminar la ignorancia a través del sistema educativo propio de la Sociedad de la Ignorancia es una paradoja irresoluble.

En el mejor de los casos, suponiendo que los contenidos y el nivel edu- cativo se hayan mantenido estables, y que los índices de fracaso actual sean aproximadamente los mismos que eran quince o veinte años atrás, podríamos afirmar que, en valor absoluto, desde el punto de vista educa- tivo estamos aproximadamente en el mismo estadio que una década atrás. Así pues, como consecuencia directa del primer factor generador de la Sociedad de la Ignorancia, el incremento exponencial de complejidad del mundo en que vivimos, dicha cantidad se convierte en un valor relativo muy inferior. La masa es más ignorante, al menos cuando concluye su etapa formativa inicial.

Desde luego, no todo acaba cuando finaliza la época del instituto o la uni- versidad. Durante el resto de una vida que cada vez es más larga se pueden seguir acumulando conocimientos, y todos sabemos como: leyendo, asis- tiendo a cursos, auto formándose, observando, reflexionando y aprendien- do de la experiencia diaria. En esencia, lo mismo de siempre. Por el mo- mento no disponemos de implantes cerebrales capaces de ampliar nuestro conocimiento, según la propuesta de The Matrix16, y por lo tanto el proceso mental sigue siendo el mismo, no debemos olvidarlo. Eso sí, disponemos de las mejores herramientas para hacerlo.

Ciertamente, la formación permanente es hoy una realidad, pero se encuen- tra inseparablemente ligada a la mercantilización del conocimiento, y en la inmensa mayoría de casos se da en el contexto laboral. Si el entorno econó- mico y productivo evoluciona, dicha actividad se convierte en imprescindi- ble. Aprender a ser más productivos es hoy una parte más de nuestro tra- bajo, y la única alternativa es una rápida obsolescencia. De hecho, a causa de la necesidad de adaptación al cambio permanente, nos vemos obligados a dedicar cualquier esfuerzo intelectual a intentar no quedar rezagados: aprender inglés o informática se ha convertido para muchas personas en objetivos casi inalcanzables que no dejan tiempo para nada más. Como reza el dicho popular, lo urgente no nos permite hacer lo importante.

Más allá de las necesidades formativas que impone un entorno en cons- tante transformación, difícilmente podríamos llegar a la conclusión de que avanzamos hacia una Sociedad del Conocimiento a partir de la observación cotidiana de las costumbres, intereses y formas de vida que surgen a nues- tro alrededor como consecuencia de la disponibilidad de acceso masivo a una amplia gama de canales de comunicación. Cualquiera podría confeccio- nar una extensa lista de nuevos hábitos, desde prestar una atención desme- surada a todo tipo de eventos deportivos hasta buscar pareja por Internet, que sin duda mostraría un peso abrumador de las actividades de ocio y de tipo relacional, así como un interés creciente por unos contenidos com- pletamente primarios. Los reality shows, el deporte espectáculo, la por- nografía sentimental, el entretenimiento banal o la exaltación de la fama por la fama conforman el grueso de la parrilla televisiva actual, sin que la aparición de mecanismos de interacción por parte de los espectadores haya modificado dicha tendencia. En cualquier caso, si bien es cierto que la campana de distribución de las alternativas disponibles se ha ensanchado enormemente, la media resultante cada vez se aleja más de la que cabría esperar en una Sociedad del Conocimiento.

XI

Pero el gran cambio que consolida definitivamente la Sociedad de la Igno- rancia no es que ésta se vea favorecida por las nuevas formas de comunica- ción y en la práctica campe a sus anchas, sino que ha sido aceptada, asumi- da y, finalmente aupada a la categoría de normalidad. De forma progresiva la ignorancia ha ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta el punto de llegar a prestigiarse. Se ha disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un consumismo desenfrenado. Ser igno- rante no es incompatible, ni mucho menos, con tener dinero o glamour. Más bien al contrario, nos puede proporcionar una pátina de simpatía altamente empática a ojos de los demás.

La situación actual corresponde a la fase más avanzada de un proceso im- parable, constatado por numerosos autores, que ha acompañado al pro- tagonismo creciente de las masas. Resaltaba Ortega y Gasset en La rebe- lión de las masas, a finales de los años veinte, que «lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera»17. La conso- lidación definitiva de la cultura de masas después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente desde la aparición del televisor, indujo a Giovanni Sartori a escribir que «un mundo concentrado sólo en el hecho de ver es un mundo estúpido. El homo sapiens, un ser caracterizado por la reflexión, por su capacidad para generar abstracciones, se está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero que no piensa, que ve pero que no entiende»18.

Hoy asistimos, en efecto, a la culminación del proceso. La ignorancia está plenamente normalizada y es admitida sin ningún reparo en los modelos de éxito social, e incluso el acceso a las máximas responsabilidades públicas por parte de personas de ignorancia evidente se considera una muestra po- sitiva de las virtudes del sistema democrático. Cualquiera, con independen- cia de su formación y aun dando muestras evidentes de su falta de cultura y de ánimo de enmienda, puede acceder a lo más alto de la estructura social. Cualquier observación al respecto emitida en público sería considerada hoy políticamente incorrecta. La ignorancia es atrevida, desacomplejada y, como todos en esta sociedad que constantemente reclama, exige también que se respeten sus derechos. El proceso se realimenta a través del papel cada vez más central que en nuestra sociedad juegan los medios de comuni- cación, referentes del éxito social y escaparate del imaginario colectivo del cual son también, en buena parte, creadores. "Si no sales por televisión, no eres nadie" o, más recientemente "si no apareces en Internet, no existes". Los ingredientes para acceder a dicha visibilidad encajan perfectamente en la estructura de la Sociedad de la Ignorancia.

En paralelo, y en la misma medida que la ignorancia se ha normalizado y se ha prestigiado, el conocimiento no productivo se ha desacreditado, ha perdido cualquier atisbo de ser referente social y se ha cargado de conno- taciones negativas. Como hemos señalado anteriormente, seguimos consi- derando el conocimiento como un bien en sí mismo cuando nos referimos a él de forma abstracta: en las encuestas todos contestamos que nos encanta leer, ir al teatro o ver documentales, pero en la práctica fuera del saber productivo generado por los expertos, cualquier esfuerzo intelectual resul- ta casi incompresible para una sociedad acomodada en la confortabilidad del entretenimiento predigerido y la espectacularidad vacua. Difícilmente alguien se atrevería hoy a autocalificarse como intelectual por el temor a quedar revestido de todas las connotaciones actuales del término: preten- cioso, improductivo, aburrido.

Lo más sorprendente de la situación es que parece que nos percatamos de la dualidad entre el discurso utópico y la realidad cotidiana. Persiste una lógica errónea que nos lleva a pensar que el uso de herramientas cada vez más sofisticadas implica necesariamente un mayor conocimiento, y con- fundimos la destreza para utilizar un complejo programa informático que nos permite escribir con el hecho de escribir algo interesante, o incluso con saber escribir. Nos hemos convencido de que disponer de una red que nos permite ver lo que emite la televisión en la otra punta del mundo es volvernos más sabios, cuando lo único que hacemos es pasar el rato o, en el mejor de los casos, adquirir conocimientos triviales. Y nos encanta oír "Sociedad del Conocimiento" cuando a nivel individual, en muchos casos, consiste simplemente en pasar un montón de horas chateando con los amigos o in- tentando ligar por Internet.

XII

Recapitulemos: la expectativa de una Sociedad del Conocimiento, surgida del desconcierto posmoderno gracias al poder de la tecnología, ha resultado ser en la práctica una Sociedad de la Ignorancia, compuesta por sabios im- potentes, expertos productivos encerrados en sus torres de marfil y masas fascinadas y sumidas en la inmediatez compulsiva de un consumismo alie- nante. Las nuevas formas de comunicación nos permiten ser más eficientes en el dominio de la naturaleza pero como individuos nos están convirtiendo en seres cada vez más ignorantes y más encerrados en las pequeñas esferas que surgen como resultado de las nuevas fuerzas disgregadoras que afec- tan a toda la sociedad. La Sociedad de la Ignorancia es, a fin de cuentas, el estado más avanzado de un sistema capitalista que basa la estabilidad de la sociedad en el progreso, entendido básicamente como crecimiento econó- mico19, pero que una vez satisfechas las necesidades básicas sólo es posible mantener gracias a la existencia de unas masas ahitas, fascinadas y esen- cialmente ignorantes.

Ciertamente, a muchos el panorama les puede parecer sombrío, pero an- tes de aventurar cualquier valoración debería tomarse en consideración un punto importante: la Sociedad de la Ignorancia adquiere todo su sentido en el contexto de las nuevas generaciones que la protagonizarán. Sólo la inter- pretaremos adecuadamente si la proyectamos sobre ellas. Buena parte de los habitantes del presente nos hemos conformado en el mundo precedente y, como ha sucedido siempre, a menudo juzgaremos la personalidad de un tiempo que ya no será nuestro desde el recelo o la incomprensión. La in- comodidad ante la perspectiva de abandonar la vieja idea ateniense de que el conocimiento es un bien en sí mismo podría no ser más que un prejuicio similar a la dificultad que experimentaron muchas personas en el pasado para aceptar la posibilidad de una experiencia vital plena en un marco des- provisto de religiosidad o de los esquemas heredados de la tradición. Los jóvenes pueden adoptar sin más las ideas nuevas si son consistentes en sí mismas porque para ellos todas son, en realidad, igualmente originales.

Ahora bien, aún aceptando la inutilidad de emitir valoraciones subjetivas, sí que es posible y conveniente analizar las consecuencias de la situación creada. Ello nos lleva a percatarnos inmediatamente de la existencia de varios riesgos potenciales.

El primero de ellos es el riesgo social. Cuando apareció en el horizonte la posibilidad de materializar una verdadera Sociedad de la Información rá- pidamente se formuló la teoría de que dicho contexto representaría una gran oportunidad para superar algunas de las formas vigentes de desigual- dad social. El acceso masivo y fácil a todo tipo de información tendría que permitir a los más desfavorecidos limar algunas de las diferencias que les separaban del resto de la sociedad. Hoy podemos intuir ya que la previsión pecaba de un exceso de optimismo. En la Sociedad de la Ignorancia estamos asistiendo al nacimiento de nuevas fuentes de desigualdad y al levanta- miento de fronteras hasta ahora inexistentes que afectan a quienes bien por un bajo nivel formativo o bien por carencia de talento natural son in- capaces de subir al tren de la complejidad tecnológica y el dinamismo per- manente. Un mundo abierto será también un mundo de oportunidades, de buenas oportunidades, pero sólo para unos cuantos, los más bien situados o los que dispongan de la suficiente capacidad de maniobra. Para los demás se convertirá en un entorno cada vez más hostil. Una parte significativa de la población puede verse arrastrada a vivir enfangada en un pantano de expectativas vitales insatisfechas, simplemente porque serán prescindi- bles. Los favorecidos no necesitarán al resto para sostenerse: la tecnología, el conocimiento productivo y la posibilidad de ir a buscar al mejor precio todo aquello que necesiten en un mercado globalizado, serán suficientes. Sobre el conocimiento y el talento se sustentará una nueva diferencia social más insalvable que los antiguos contrastes de naturaleza económica, más esencial, más intrínseca a cada persona, la cual neutralizará cualquier po- sibilidad de discurso igualitario y fomentará el surgimiento de nuevos sen- timientos de injusticia social. Existe, pues, el riesgo de acabar irremedia- blemente divididos en dos castas, una masa acomodada en su ignorancia, fascinada por la tecnología y cada vez más alienada, y otra formada por los expertos en los saberes productivos y los resortes de un modelo económico insostenible.

El segundo riesgo deriva de la peligrosidad de ser ignorantes cuando deben afrontarse retos cruciales cuyo desenlace depende de nuestras acciones. Y esa es justamente la situación en la que nos encontramos. La Sociedad de la Ignorancia, como hemos comentado anteriormente, es una más de las múltiples caras de los tiempos exponenciales en los que nos ha tocado vivir y que también se caracterizan por la proliferación de riesgos cataclísmicos que únicamente podremos sortear a través de una actuación consciente- mente sensata. El inicio de la era atómica nos obligó a aceptar la necesidad de limitar nuestra capacidad de actuación, una capacidad que hoy se ha multiplicado en todas direcciones y que nos sitúa ante nuevas incógnitas, algunas de las cuales talvez incluso ignoramos. En biología nos movemos sobre la delgada línea que divide el uso del abuso. El riesgo de la energía nuclear, que no reside tanto en su infinito potencial destructivo como en su proliferación, se ha conjurado hasta hoy gracias a un tenso equilibrio que cada vez es más inestable. No alcanzamos a comprender bien el de- safío climático mientras seguimos asistiendo impasibles a la extinción en masa de la biodiversidad del planeta. Los expertos, encerrados en sus to- rres de marfil, apenas logran vislumbrar las consecuencias de sus acciones colectivas, y aún en el caso de que así fuese, no dispondrían de capacidad de incidencia sobre los responsables políticos, y mucho menos, sobre la masa. La ignorancia consustancial de los tiempos exponenciales nos aboca a una ceguera generalizada, de consecuencias imprevisibles, que nos impi- de identificar y asumir la porción de responsabilidad que recae sobre cada uno de nosotros.

Finalmente, el tercer riesgo implícito en la Sociedad de la Ignorancia surge de los interrogantes que plantea acerca del lugar que en ella va a ocupar el individuo e, incluso, acerca de la concepción misma de individuo. La afirmación de su autonomía y de su centralidad frente a lo colectivo es par- te indisociable de aquella carga simbólica que en nuestro bagaje cultural posee la palabra conocimiento. Desde que tras las primeras experiencias democráticas en la polis toda la racionalidad griega se replegara hacia el interior y fijara su atención en el individuo, occidente no ha abandonado la senda de la subjetivación, una trayectoria que se consolidó definitivamente con la introducción del sujeto pensante de Descartes y con la interpretación humanista del mundo.

Esta concepción del individuo ha llevado a reflexionar de forma recurrente sobre su papel dentro de la estructura social. Durante siglos ha existido una tensión entre un individualismo liberal que entendía la sociedad como un conjunto de instituciones coartantes que limitan la naturaleza del indivi- duo y una concepción más restrictiva de la naturaleza del individuo, que justifica la existencia de estructuras colectivas superiores para potenciarlo e incluso salvarlo de sí mismo.

Pero este tipo de debates han quedado hoy muy mitigados. Tras la defunción del socialismo real, el individualismo liberal se ha consolidado como alter- nativa indiscutida en el mundo actual. Nuestra sociedad es el resultando de un largo proceso de individualización que ha desplazado gradualmente el ámbito de decisión sobre lo que es bueno o malo, adecuado o inoportu- no, deseable o despreciable, desde el grupo a la persona: muchos aspectos de nuestra vida han pasado de estar guiados por valores compartidos e incuestionables a convertirse en asuntos de cada conciencia individual, en un escenario desprovisto de apriorismos y cada vez más desvinculado de cualquier tradición. La autonomía personal y la disponibilidad de un espa- cio privado para desarrollar la propia personalidad se han convertido en un bien supremo y absoluto, en un derecho indiscutible e indiscutido que ha penetrado profundamente en la mentalidad de cada persona hasta formar la columna vertebral de su escala de valores. No podríamos concebir que en el futuro dejara de ser así y, de hecho, buena parte del atractivo de la utópica Sociedad del Conocimiento residía justamente en su capacidad para reforzar los planteamientos individualistas.

En efecto, el advenimiento de la transformación actual supone un salto cua- litativo en dicho proceso, al poner en manos de una sociedad profundamente individualizada un conjunto de nuevas y potentes herramientas que permi- ten extender hasta límites insospechados el deseo de individualidad. Hoy están al alcance de cualquier individuo el acceso masivo a la información, la comunicación permanente con otras personas e, incluso, la apertura de nuevos canales de expresión con la potencialidad teórica de amplificar cual- quier mensaje, por individual que sea, a un nivel planetario. Aparentemente el individualismo ha conseguido culminar su apoteosis del individuo.

Pero tales planteamientos, como se ha intentado demostrar a lo largo de este ensayo, chocan frontalmente con las nuevas e insalvables limitacio- nes que nos afectan en la Sociedad de la Ignorancia. Las potencialidades que nos ofrece la tecnología como herramienta para desarrollar la liber- tad individual van a quedar en la práctica reducidas por la ignorancia que nos acecha y que restringe la esfera de lo que realmente, como indivi- duos, podemos alcanzar ¿Es posible la libertad de pensamiento desde la ignorancia? ¿En que queda la libertad individual cuando no alcanzamos a entender la complejidad del mundo que nos rodea? ¿Debemos aceptar definitivamente la incapacidad de la razón individual para acceder al co- nocimiento y la conveniencia de acogernos a los discursos creados por instancias superiores?

Mientras el individuo se enfrenta a su pequeñez ante un mundo abierto y cada vez más complejo que no alcanza a comprender, la evolución de éste no se detiene. El centro de gravedad de la sociedad del conocimiento mercantilizado se desplaza gradualmente desde el individuo hacia las es- tructuras colectivas. El saber productivo ha dejado de pertenecer a la masa o al experto aislado y se encuentra distribuido en grandes sistemas en los cuales el individuo es sólo una pieza prescindible. Cada vez hay más sa- ber en las organizaciones pero menos conocimiento en los individuos, más información en las memorias de silicio y menos en los cerebros humanos.

El individuo se aleja progresivamente de su posición central, se diluye, y desde la periferia se muestra más débil y prescindible que nunca.

Talvez deberíamos detenernos a pensar si mientras seguimos creyendo que avanzamos por la senda del humanismo hacía una Sociedad del Conoci- miento no nos estamos encaminando, en realidad, hacia una Sociedad de la Ignorancia que plantea, en última instancia, una disolución del individuo y el fin de la parte más singular del sueño occidental.

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