Monday, October 27, 2014



 


La Sociedad de la Ignorancia

 
 
Antoni Brey (Sabadell, 1967) es ingeniero de telecomunicación. Ha sido miembro del Grupo de Información Cuántica del Instituto de Física de Altas Energías y autor de los ensayos La Generación Fría y El fenómeno WiFi, miembro fundador del Fiasco Awards Team y director del documental "Un Tiempo Singular".

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) es profesor titular de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son Ética de la hospitalidad, La transformación de la política (III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo), El nuevo espacio público y El futuro y sus enemigos. Es colaborador habitual de opinión en los diarios El País y El Correo - Diario Vasco, así como de la revista Claves de razón práctica.

Gonçal Mayos (Vilanova de la Barca, 1957) es profesor titular de filosofía en la Universidad de Barcelona, coordinador del programa de doctorado "Historia de la subjetividad" y presidente de la Asociación filosófica Liceu Maragall. Ha publicado sobre pensamiento moderno y contemporáneo, investigando los procesos de larga duración e interdisciplinarios que se originan en la sociedad actual.
La Sociedad de la Ignorancia forma parte del proyecto "La Segunda Edad Contemporánea" www.thesecondmoderntimes.com contact@thesecondmoderntimes.com


Índice
Prólogo 7

Introducción 11

La Sociedad de la Ignorancia 17 Antoni Brey
  


Próxima publicación
La Sociedad del Desconocimiento 43 Daniel Innerarity

La Sociedad de la Incultura 51 Gonçal Mayos
Prólogo 
 Los ensayos de Antoni Brey, Daniel Innerarity y Gonçal Mayos recogidos en el presente volumen constituyen una síntesis lúcida de nuestro comportamiento social como especie. La evolución exponencial de nuestros procesos de regulación energética, la aplicación técnica de los mismos, así como el crecimiento demográfico están produciendo una situación de incertidumbre sobre nuestro futuro en el planeta.

La hiperconexión que se produce como consecuencia de la socialización de la revolución científico-técnica nos hace incrementar la complejidad en los procesos de relación social de especie, como nunca antes se había producido.

La complejidad que ha emergido es un producto evolutivo y no se puede gestionar, en contra de lo que algunos especímenes humanos piensan; lo único que podemos hacer como Homo sapiens, para enfrentarnos al futuro, es trabajar para poder manejar la incertidumbre planteando escenarios hipotéticos y aplicando modelos que, en cualquier caso, deberán contrastarse empíricamente.

La tecnología y su socialización generan tensiones y divisiones en nuestras estructuras etológicas y culturales. No se ha producido, pues, una socialización efectiva del conocimiento y ello impide que caminemos hacia la sociedad del pensamiento, tal como deberíamos hacer.

Por lo tanto, las dicotomías históricas continúan en pleno progreso y ni los expertos ni los eruditos ni tampoco los sabios tienen bastante capacidad para integrar la información de que disponemos. El individualismo debe dejar paso a la individualidad, es decir, las personas hemos de actuar no como especímenes, si no como constructores sociales, aportando de forma crítica nuestros conocimientos a la organización de la especie. Esto, por ahora, no es así, a pesar de la socialización de la cultura y de la educación. Actualmente, como dice Antoni Brey en su opúsculo, nos invade la sociedad de la ignorancia. A pesar de ello, soy optimista y mantengo la esperanza de que todo sea consecuencia del momento de transición en que nos hallamos inmersos, como un capítulo pasajero de nuestra travesía hacia una mejora ecológica y cultural de nuestra especie.

Ahora bien, para que realmente lleguemos a este punto, debemos trabajar en la perspectiva de generar una nueva conciencia crítica de especie. So- lamente con una evolución responsable, construida a través del progreso consciente, podremos convertir conocimiento en pensamiento, alejándonos de este modo de la sociedad de la ignorancia.

Eudald Carbonell Roura


Introducción 
Sobre la singularidad de nuestro tiempo, que corresponde al inicio de la Segunda Edad Contemporánea. Antoni Brey


Peter Watson, autor de varios libros sobre el historia del pensamiento, ha manifestado en numerosas ocasiones sus reservas acerca de la relevancia que tendemos a otorgar al momento actual en el contexto de una perspectiva histórica amplia:

«El año 2005 no puede competir con 1905 en términos de innovaciones importantes. El anuncio de la semana pasada de que científicos británicos y coreanos habían clonado con éxito embriones humanos no hace sino reforzar este punto [...]. Nos congratulamos por vivir en una época interesante, pero ¿no es éste un ejemplo más de la ceguera particular que nuestra era solipsista tiene sobre sí misma, una forma más grave de la enfermedad por la cual la princesa Diana puede ser cualificada como la británica más importante (¿o era la segunda más importante?) de todos los tiempos?»

Cuando tuve ocasión de conocerla, la argumentación de Watson me produjo una sana inquietud porque constituía un torpedo a la línea de flotación de una certeza que para muchos resulta hoy evidente, la que surge cuando alzamos la vista, miramos a nuestro alrededor y constatamos la existencia de una, en apariencia, profunda transformación: asistimos a un proceso de cambio en el cual se mezclan, de forma indisoluble, infinidad de interacciones y relaciones causales, que está afectando de forma drástica desde las convicciones de los individuos a la esencia de los sistemas productivos o a la estructura política de los estados.

¿Cuál es, pues, la verdadera profundidad de la actual transformación? Posicionamientos como los de Watson nos obligan a admitir que, ante el riesgo de sobrevalorar su importancia, es pertinente intentar precisar si se trata únicamente de una nueva capa de barniz en el proceso de construcción de la Historia o, bien al contrario, si nos encontramos ante una situación singular que modifica dicho proceso de forma radical e irreversible.

Ciertamente, los individuos de cualquier época han mostrado siempre una tendencia a destacar la excepcionalidad de su tiempo y lo han hecho, sin duda, condicionados por el relieve que la proximidad proporciona de los sucesos vividos, por una actitud ineludible de admiración ante la experiencia sensible y por la percepción de la vivencia propia como un hecho remar- cable, una percepción que ignora el carácter esencialmente monótono y homogéneo de esa sucesión constante de existencias que denominamos la Humanidad.

Por lo tanto, para despejar la duda es necesario establecer un criterio claro que permita discernir qué tipo de acontecimiento constituye una singularidad en la evolución de nuestra especie y cual no. Para hacerlo es útil partir de una concepción materialista del ser humano: somos, en esencia, un primate con marcados instintos sociales dotado de un cerebro desarrollado y bien adaptado que nos proporciona una cierta ventaja competitiva ante otros animales, a través de una inteligencia que se manifiesta en dos facultades fundamentales: la habilidad para manipular nuestro entorno y la capacidad para comunicarnos de forma simbólica. Ni más, ni menos. Desde este punto de vista, el carácter de singularidad vendrá determinado por la existencia de alguna modificación sustancial en cualquiera de las dos facultades. Dicho de otra manera, los acontecimientos que en forma de batallas, revoluciones, cambios de régimen, auge y caída de imperios o hechos protagonizados por las personalidades más relevantes, que habitualmente interpretamos como hitos de la historia, no deberían ser considerados sino como las rugosidades inherentes del camino o, a lo sumo, como los ecos de transformaciones más profundas.

Por el contrario, los saltos cualitativos en las habilidades para manipular el entorno, es decir, en la capacidad humana para dominar la naturaleza, tales como el control del fuego, la invención de la agricultura, el descubrimiento de los metales, la revolución industrial o el surgimiento de las actuales tecnologías de la información, han cambiado de raíz nuestra organización social y nuestra forma de interpretar la realidad.

Los cambios en el otro factor, la capacidad de comunicarnos, aparecen incluso con menor frecuencia y son de una trascendencia aún mayor, pues la comunicación es la base de la cultura, entendida en el sentido más amplio y, por lo tanto, constituye el fundamento de todo lo específicamente huma- no que supera nuestra biología animal. Realizamos el aprendizaje cultural mayoritariamente por imitación o por enseñanza directa de un congénere. Sin la existencia de formas de comunicación sofisticadas, el mencionado proceso de transmisión de información resultaría extremadamente difícil. Cualquier innovación en la capacidad para comunicarnos debe tener, necesariamente, una incidencia profunda sobre la cultura y, por extensión, sobre la esencia diferenciadora de nuestra especie.

Pues bien, esa capacidad de comunicarnos se transforma en contadas ocasiones, y lo hace en forma de saltos gigantescos cuya influencia es tal que determinan los principales cambios de rumbo de nuestra historia. En efecto, buena parte del éxito del género humano, el triunfo que hizo posible su difusión sobre la faz de la Tierra, es el resultado del primero de dichos sal- tos: la aparición del lenguaje. La gran expansión humana del Paleolítico, un proceso que se inició hace un millar de siglos y que llevo a nuestra especie desde las sabanas africanas a poblar la superficie entera del planeta, tuvo mucho que ver con el surgimiento de lenguas habladas similares a las de nuestros días. Posteriormente, la aparición de la escritura, el siguiente gran salto en la comunicación humana, marcó por definición el inicio de la historia, y un nuevo paso, el desarrollo de la imprenta, supuso el comienzo de la edad moderna. Más recientemente, el creciente protagonismo de las masas experimentado desde la Revolución Francesa, rasgo distintivo que otorga personalidad propia a la edad contemporánea, ha evolucionado en paralelo con la existencia de los medios de comunicación que hoy conocemos.

Siguiendo esta línea de argumentación, debemos preguntarnos ahora si hoy nos encontramos ante una situación equiparable. Parece un hecho indiscutible que en unos pocos años los humanos nos hemos dotado de una nueva forma de comunicación. ¿Nueva? Es evidente que desde hace mucho tiempo disponemos de multitud de medios para intercambiar información más allá del simple lenguaje oral: la televisión, el teléfono y, naturalmente, el servicio postal de correos son algunos ejemplos de ello. Pero la perspectiva tecnológica no es, en realidad, la más adecuada para comprender las diferencias esenciales entre las diferentes formas de comunicación. Es preferible recurrir a un análisis de tipo topológico que nos permita clasificarlas en función de cómo fluye la información en las sociedades donde se dan.

Hasta fechas muy recientes dicha clasificación incluía únicamente dos categorías básicas. La primera, la de las comunicaciones uno a uno, correspondiente a una topología de formas lineales; en ella debemos incluir la comunicación oral, el teléfono, el telégrafo o el servicio postal. En una segunda categoría, formada por las comunicaciones uno a todos y representada por una topología en árbol en la que un único emisor hace llegar su mensaje a un número elevado de receptores, cabría inscribir la prensa escrita, los libros, la radio o la televisión.

La irrupción de una nueva gama de tecnologías destinadas a manipular y transmitir información ha creado un panorama completamente distinto. Por un lado, hoy existe a la mayoría de efectos una sola red formada por centenares de millones de conexiones permanentes de alta velocidad y por multitud de dispositivos aptos para proporcionar movilidad, lo cual representa un entramado dotado de unas potencialidades únicas y de una riqueza incomparablemente superior a todo lo que había existido hasta ahora. Por otro lado, se está produciendo un proceso de convergencia tecnológica que hace cada vez más invisible para los usuarios la complejidad subyacente, que tiende a integrar una amplia gama de servicios en todos los espacios de nuestra vida, desde el ámbito profesional y público hasta el más privado. Los individuos han dejado de ser simples receptores pasivos y se han convertido en elementos activos de una estructura dentro la cual se relacionan sin verse afectados por muchas de las restricciones que hasta hace muy poco imponía la existencia física del espacio y el tiempo. Las personas hemos incorporado las nuevas capacidades como una extensión de nuestra naturaleza, hasta el punto de convertirlas en imprescindibles para vivir en el mundo actual.

Ha aparecido una nueva categoría en la clasificación topológica de la comunicación humana, la de todos con todos, asociada a una compleja forma de red. Se trata de un hecho que constituye una verdadera revolución, comparable a la aparición del habla, la escritura o la imprenta, y realmente está transformando el mundo que nos rodea. Físicamente, la magnitud laberíntica y turbulenta de nuestro mundo cambiante se sustenta, en última instancia, sobre una nueva forma de gestionar la complejidad que sólo es posible gracias a la existencia de máquinas dotadas de la habilidad para procesar información y, sobre todo, de la capacidad para intercambiarla con los humanos y entre ellas de forma automática. Todo ello conforma el esqueleto funcional de la estructura financiera del mundo, de la logística que hace posible la globalización o de los nuevos procedimientos de difusión de las ideas y las relaciones entre las personas. La constatación de la existencia de este gran salto nos autoriza, pues, a contradecir a Watson y afirmar la rotunda singularidad de nuestro tiempo. Somos los protagonistas de un momento excepcional, un punto de inflexión en nuestra trayectoria como especie que nos lleva a plantear, a pesar de nuestra inevitable ausencia de perspectiva, la idea de que nos encontramos en el inicio de un nuevo período de la historia al que denominaremos, simplemente, la Segunda Edad Contemporánea. Intentar entrever algunos rasgos de su personalidad constituye la finalidad de los ensayos que se presentan a continuación.

 


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