Monday, October 27, 2014





La sociedad de la ignorancia
Una reflexión sobre la relación del individuo con el conocimiento en el mundo hiperconectado (Antoni Brey).

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. Jorge Luís Borges, La Biblioteca de Babel

I

Durante el primer cuatrimestre del curso 1998-99 tuve ocasión de asistir como oyente a la asignatura de Relatividad General, materia optativa de la licenciatura de ciencias físicas que cada año se imparte en la Universidad Autónoma de Barcelona. Se trata de una disciplina compleja que, para poder ser asimilada adecuadamente, requiere del alumno una considerable formación previa en matemáticas, y que además tiene una utilidad práctica muy limitada. Pero si Aristóteles estaba en lo cierto cuando afirmaba que «todos los hombres desean por naturaleza saber», entonces el esfuerzo está plenamente justificado: la Relatividad General de Einstein es una construcción racional de una belleza y elegancia casi insuperables, y constituye una de las teorías fundamentales para comprender, hasta donde el entendimiento humano ha sido capaz de llegar, el funcionamiento del universo en que vivimos.

Las facultades de física de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Universidad de Barcelona deben atender las ansias intelectuales sobre dicha materia de una población de más de siete millones de personas. Pues bien, durante los cuatro meses que duraron las clases nunca hubo más de cinco personas en el aula, incluyendo al docente. En algún momento llegaron a ser un dúo. Debo aclarar aquí que los profesores, Antoni Grífols y Eduard Massó, asistieron siempre a clase y expusieron la materia de forma magistral, aparentemente insensibles al desánimo que, desde mi punto de vista, debe de provocar la visión de un auditorio tan reducido. En los años posteriores el panorama no ha variado sustancialmente. El número de jóvenes que experimentan el deseo de estudiar y entender la teoría de la Relatividad General se puede contar con los dedos de una mano.

Malos tiempos para la física teórica, sin duda, pero ¿por qué debería preocuparnos?, ¿por qué tendría que interesar a alguien estudiar física teórica? La situación puede ser interpretada como normal, razonable y comprensible, y muy en la línea de lo que hoy frecuentemente se exige al sistema educativo, es decir, que produzca lo que demandan las empresas y el tejido productivo de un país a fin de contribuir al progreso colectivo. Es natural que nadie aspire a estudiar física teórica si no le ha de servir para ganarse la vida adecuadamente, y es innegable que el esfuerzo del estudiante difícilmente se verá recompensado con un puesto de trabajo bien remunerado en su especialidad.

En realidad, la elección de los jóvenes no es más que el reflejo de las prioridades de la sociedad. Se trata de un buen indicador porque nos muestra tendencias generales que, en algunos casos, aún no han sido expuestas en forma de discursos más explícitos. Así pues, la falta de interés por estudiar física teórica, u otras materias abstractas, complejas y con escaso recorrido en el mundo laboral, vendría a poner de manifiesto una inclinación colectiva creciente hacia lo pragmático y un desinterés por el conocimiento como fin en sí mismo. Y también podríamos pensar, en este caso, que no hay nada de preocupante en todo ello si no fuera porque implica cierta contradicción entre la realidad del mundo en que vivimos y uno de los pocos discursos centrales en estos días donde no abundan los discursos centrales: el de que nos encaminamos hacia una nueva utopía denominada Sociedad del Conocimiento ¿O no existe tal contradicción?

II

Naturalmente, la respuesta a la pregunta anterior dependerá de qué entendamos por una Sociedad del Conocimiento. Empecemos, pues, por el principio. El término fue acuñado en 1969 por Peter Drucker para designar una idea concreta y perfectamente delimitada. Drucker, experto en management empresarial, dedicó un capítulo de su libro La Era de la Discontinuidad a «La Sociedad del Conocimiento», en el cual desarrollaba, a su vez, una idea anterior, apuntada en 1962 por Fritz Machlup4, la de «Sociedad de la Información». Drucker invirtió la máxima de que «las cosas más útiles, como el conocimiento, no tienen valor de cambio» y estableció la relevancia del saber como factor económico de primer orden, es decir, introdujo el conocimiento en la ecuación económica y lo mercantilizó. Dejó claro, además, que lo relevante desde el punto de vista económico no era su cantidad o calidad sino su capacidad para generar riqueza, su productividad. Se trataba, sin duda, de un uso restringido de la palabra conocimiento, aunque completamente adecuado al contexto especializado de la teoría económica donde surgen tanto el concepto de Sociedad del Conocimiento como el de Sociedad de la Información.

Hoy, casi cuarenta años después, el término ha trascendido del círculo especializado de los expertos en economía y se ha convertido en un lugar común. Los políticos lo insertan en sus discursos para teñirlos de optimismo, los actores del mundo económico lo recitan como un mantra con el fin de exorcizar los espíritus malignos de la globalización y muchos ciudadanos de a pie lo interpretan como el futuro deseable al que nos deben conducir las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. La Sociedad del Conocimiento se ha convertido en una nueva utopía, en una esperanza para tiempos desesperados, casi en la única expectativa colectiva que nos permite mirar hacia el futuro con cierta ilusión.

Es evidente que el origen inmediato del potencial utópico de la idea de una Sociedad del Conocimiento reside en su capacidad para proporcionarnos respuestas creíbles a la principal incertidumbre que nos plantea la dinámica del mundo actual: los efectos sobre la economía o, dicho de otra manera, sobre nuestro bienestar material. Desde una posición acomodada como la nuestra no es fácil evitar sentir cierta inquietud ante la deslocalización de empresas, la invasión de productos provenientes de economías emergentes, la concentración de la actividad en manos de las grandes corporaciones, el poder asfixiante de los mercados financieros o la obsolescencia de muchas actividades que habían sido, durante largo tiempo, el motor para generar los recursos que garantizaban nuestra prosperidad. La combinación de unas explicaciones de tipo global con unos efectos tan locales que llegan a incidir en nuestra vida cotidiana, nos hace sentir arrastrados por una corriente incontrolable. Si bien los indicadores macroeconómicos muestran un crecimiento significativo a escala mundial, éste no consuela a nadie: la prosperidad derivada de los procesos liberalizadores es una realidad, pero lo es también el hecho de que no se ha distribuido uniformemente, sino al contrario, algunos han pagado un alto precio por dicha liberalización.

A fin de esquivar las sombras que planean sobre el futuro, nos hemos mostrado predispuestos a abrazar la idea de que la capacidad para generar, ad- ministrar, difundir y aplicar adecuadamente un factor tan intangible como el conocimiento puede convertirse en el eje fundamental de los procesos productivos y de toda una gama de nuevos servicios todavía por descubrir, con la suficiente eficacia para garantizarnos, sobre todo, crecimiento. La predicción del nuevo modelo es optimista y esperanzada, aun cuando debe hacer equilibrios para evitar desatar nuevos temores: el uso masivo de la tecnología y un incremento sustancial de la eficiencia productiva podrían dejar a mucha gente fuera de los circuitos generadores de riqueza.

Es un hecho innegable que buena parte de lo planteado por Druker es hoy una realidad. La tecnología ha propiciado el surgimiento de una Sociedad de la Información, organizada topológicamente como la Sociedad en Red descrita por Manuel Castells6, en la cual la acumulación de conocimiento se ha convertido en el elemento determinante para mantenerse a flote entre las turbulencias provocadas por una dinámica de cambio desbocada. Podríamos finalizar este breve análisis constatando que, tal y como hoy está planteada, la Sociedad del Conocimiento no es más que una nueva etapa de un sistema capitalista de libre mercado que aspira a poder seguir creciendo gracias a la incorporación de un cuarto factor de producción, el conocimiento, al clásico trío formado por la tierra, el trabajo y el capital. Desde la concepción democrático liberal en que nos encontramos inmersos, no alcanzamos a vislumbrar alternativas consistentes a la Sociedad del     Conocimiento.

III

Pero abandonemos ahora la visión del conjunto, el análisis macro, y centrémonos en el objeto principal del presente ensayo, las implicaciones del nuevo contexto sobre la unidad básica de la estructura social: el individuo. El discurso actual da por sentado que las nuevas herramientas para manipular y acceder a la información nos van a convertir en personas más informadas, con más opinión propia, más independientes y más capaces de entender el mundo que nos rodea, una suposición que pone de manifiesto las connotaciones utópicas del concepto Sociedad del Conocimiento, tras las cuales subyace un mensaje subliminal que vincula individuo y conocimiento, una vinculación imprecisa pero extremadamente sugerente por el mero hecho de involucrar la palabra, casi fetiche, conocimiento. En efecto, el término conocimiento posee una carga simbólica enorme que debemos analizar con detalle antes de proseguir nuestra discusión, para lo cual es necesario, en primer lugar, aclarar el siguiente interrogante: ¿qué entendemos exactamente por conocimiento?

A pesar de que la pregunta anterior constituye una de las cuestiones centrales de la filosofía, para la discusión que aquí nos ocupa nos basta con la siguiente afirmación: conocer significa, para un sujeto, obtener una representación de un objeto. El conocimiento es el resultado de dicho proceso, la representación mental, y abarca desde la aprehensión de una entidad simple o de un proceso práctico sencillo hasta una comprensión de los mecanismos más profundos de funcionamiento de la realidad.

El conocimiento, pues, puede ser inmediato, trivial y derivado de una simple observación, o puede requerir un esfuerzo considerable si el objeto a aprehender no es evidente a primera vista. En cualquier caso, el conocimiento es un producto, es el resultado de procesar internamente la información que obtenemos de los sentidos, mezclarla con conocimientos previos, y elaborar estructuras que nos permiten entender, interpretar y, en último término, ser conscientes de todo lo que nos rodea y de nosotros mismos. Es decir, el conocimiento reside en nuestro cerebro y es el fruto de los procesos mentales humanos. Lo que proviene del exterior es, simplemente, información.

Más preguntas: ¿existe el conocimiento como algo independiente o bien sólo mentes donde dicho conocimiento reside? O de otra manera, una biblioteca repleta de libros ¿contiene conocimiento?, ¿o es necesario que existan lectores y estudiosos para que lo que hay en los libros se convierta en conocimiento? Es evidente que la información a partir de la cual el sujeto puede construir el conocimiento se presenta en multitud de texturas. Naturalmente, no contiene el mismo tipo de información un listín de teléfonos que, pongamos por caso, un ejemplar de El Origen de las Especies. El libro de Darwin es el resultado de plasmar el fruto de sus experiencias y sus reflexiones, su conocimiento, mientras que el primero encierra una información mucho menos procesada por una mente humana (omito en este caso todo el esfuerzo invertido en crear un sistema complejo como el telefónico). Ambos, el listín y la obra de Darwin, contienen información, pero a la del segundo tipo, cuando tras ella hay un trabajo de elaboración por parte de la mente pensante y se trata, por tanto, de la plasmación de un conocimiento humano, la denominaremos saber. Así pues, podemos responder que la biblioteca recoge el saber, la trascripción del conocimiento de determinados individuos, que se torna nuevamente conocimiento cuando es estudiado y entendido.

IV

Sin duda, la Biblia, por ejemplo, contiene mucho saber. Algunos afirman que a partir de él podemos obtener todo el conocimiento que necesitamos para comprender e interpretar el mundo que nos rodea. Otros defienden que la tradición, un conjunto más o menos extenso de mitos o ciertas verdades proporcionadas por instituciones ancestrales pueden cumplir la misma función.

Pero también es posible afirmar que a partir de cierta dosis de experiencia sensible, variable en función de la proporción entre empirismo y racionalismo que escojamos, podemos acceder al conocimiento mediante una facultad mental humana innata, la razón. Este es el planteamiento que la mentalidad occidental sostiene, y de hecho, la correspondencia biunívoca entre conocimiento y racionalidad constituye uno de sus rasgos más definitorios: únicamente a través de la razón podemos acceder al conocimiento, y el conocimiento de toda la realidad sólo es alcanzable a través de la razón. Dicho postulado lo comparten la filosofía y la ciencia, dos ramas del mismo árbol que se diferencian únicamente en una cuestión de método, y de él deriva una actitud singular que, si bien en muchos momentos ha sido casi imperceptible, nos inclina a pensar que cualquier idea debería poder ser cuestionada desde un punto de vista racional.

A lo largo de la historia esa actitud ha convivido en el alma occidental, de forma compleja e incluso contradictoria, con otras muchas doctrinas y credos. El cristianismo, por ejemplo, una creencia de raíces orientales, entró en conflicto con ella al sostener que a determinados conocimientos funda- mentales e incuestionables debía llegarse a través de la revelación o de un acto de fe. A tratar de resolver dicho conflicto dedicaron buena parte de su obra los grandes pensadores medievales, desde San Agustín a Santo Tomás de Aquino, los cuales intentaron demostrar que las verdades de la fe y las de la razón son, en realidad, las mismas, y la escolástica pretendió incluso haber encontrado, gracias a San Anselmo, pruebas de la existencia de Dios sostenidas por la razón.

Finalmente, con la llegada del Renacimiento y la irrupción del pensamiento científico, la identidad entre conocimiento y racionalidad se consolidó de forma definitiva, quedando la fe relegada a una esfera diferente. Pero parece que la apelación constante a la razón acaba produciendo siempre fatiga, y desde entonces ha generado periódicamente episodios de reacción que van desde la racionalidad revisada del romanticismo y todo tipo de tradicionalismos antiracionalistas hasta las explosiones de desrazón camuflada de racionalidad que subyacen tras los totalitarismos del siglo XX.

En cuanto al presente, es indudable que vivimos en una época dominada por la racionalidad, aunque se trate de una racionalidad matizada por una concepción menos idealizada de la naturaleza humana. Aceptamos que potentes fuerzas irracionales modelan nuestra conducta individual y la evolución del conjunto de la sociedad, pero al mismo tiempo admitimos sin reservas que al conocimiento se llega a través de la razón, por lo menos a aquel que en la era tecno científica nos proporciona tanto nuestro bienestar material como explicaciones profundas y fascinantes sobre la estructura de la realidad. Veinticinco siglos después de que Platón planteara el mito de la caverna, seguimos interpretando la inclinación a adquirir conocimiento como una actitud deseable. La lectura es un hábito que se intenta fomentar entre niños y adultos, y aunque no sabríamos decir muy bien porqué, consideramos positivo mirar documentales o asistir al teatro, entendidas como actividades que nos obligan a reflexionar, a utilizar la razón.

En definitiva, pues, podemos afirmar que la estrecha relación entre cono- cimiento y razón forma parte de nuestro más profundo acervo cultural. A ella atribuimos gran parte del éxito civilizatorio de un occidente que ha sido capaz de proporcionar los más grandes pensadores, científicos y artistas, y que ha conseguido dominar plenamente las fuerzas de la naturaleza. Ese orgullo, teñido en ocasiones de arrogancia, constituye el ingrediente esencial que, en último término, conforma la carga simbólica de la palabra conocimiento.

V

Una vez que hemos conseguido determinar qué entendemos por conocimiento y que hemos destacado la relevancia del concepto en el conjunto de postulados que conforman nuestra tradición cultural, podemos retomar de nuevo la reflexión central de este ensayo. Queda ahora claro que el nombre que mejor describiría nuestra realidad actual sería el de una Sociedad de los Saberes Productivos. La distribución y el grado en que sus integrantes hayan asimilado dichos saberes determinarán hasta que punto se trata también de una Sociedad del Conocimiento.

Sin duda, cierto tipo de conocimiento de bajo contenido reflexivo se incrementa constantemente en todos nosotros cuando dedicamos un buen número de horas a inundar nuestro cerebro con información proveniente del televisor o de Internet. Y también se incrementa, en algunas personas, el conocimiento altamente especializado o aquel necesario para desarrollar actividades tecnológicamente complejas. Pero el tipo de conocimiento que subyace de forma subliminal tras la utopía de una Sociedad del Conocimiento, el conocimiento a través de la razón que debería proporcionarnos una mejor y más completa comprensión de la realidad, disminuye. Vivimos, gracias a la tecnología, en una Sociedad de la Información, que ha resultado ser también una Sociedad del Saber, pero no nos encaminamos hacia una Sociedad del Conocimiento sino todo lo contrario. Las mismas tecnologías que hoy articulan nuestro mundo y permiten acumular saber, nos están convirtiendo en individuos cada vez más ignorantes. Tarde o temprano se desvanecerá el espejismo actual y descubriremos que, en realidad, nos encaminamos hacia una Sociedad de la Ignorancia.

VI

Soy consciente de que la palabra "ignorancia", justamente por oposición a "conocimiento", está cargada de connotaciones negativas, y que la mera sugerencia de que va a formar parte del título de nuestro futuro inmediato choca frontalmente con nuestra fe en el progreso, postulado fundamental de la modernidad que la controversia posmoderna no consiguió derribar. Si la Sociedad del Conocimiento merece ser calificada de utopía, una Sociedad de la Ignorancia suena, de entrada, a discurso distópico.

Tal vez sí, pero en realidad ese tipo de juicios son innecesarios. No cabe el reproche, la amonestación o el sermón cuando la situación no es el resultado de una elección consciente fruto del ejercicio del libre albedrío. La Sociedad de la Ignorancia es el corolario inevitable del mundo que hemos construido, o más bien, que se ha ido formando a nuestro alrededor, porque aunque es obra de nuestras acciones no lo es de nuestras voluntades. Emerge como una consecuencia lógica de nuestra evolución y no es más que otra de las múltiples caras de la realidad en que vivimos inmersos, ya que en un mundo hiperconectado gracias a las nuevas herramientas tecno- lógicas nuestra capacidad para acceder al conocimiento se ve inexorablemente condicionada por los dos factores que analizamos a continuación: la acumulación exponencial de información y las propiedades del medio como herramienta de acceso al conocimiento.

VII

Sin duda, uno de los aspectos más característicos y representativos de nuestro tiempo es la velocidad. Nos hemos adentrado en una nueva época de dinámicas desbocadas, de crecimientos acelerados, de obsolescencia inmediata de cualquier novedad, de desmesura en las proporciones y los formatos, que Gilles Lipovetsky denomina "Tiempos Hipermodernos": hipercapitalismo, hiperclase, hiperpotencia, hiperterrorismo, hiperindividualismo, hipermercado, hipertexto. No es únicamente una cuestión de etiquetas o prefijos. Tal y como se encargan de recordarnos periódicamente los autores del estudio Límits to Growth, la evolución de múltiples magnitudes de nuestro mundo, desde las toneladas de soja producidas anualmente a la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera o la población de las zonas menos desarrolladas que vive en áreas urbanas, se ajusta perfectamente a una curva de crecimiento cada vez más rápido que aparece     frecuentemente en la naturaleza: la función exponencial. Todo aquello cuyo ritmo de variación depende de su valor instantáneo se ajusta a ella. Cuanto mayor es la magnitud, más rápido crece, como una bola de nieve imparable. Así es nuestro mundo hoy, por lo menos hasta que alcancemos los límites que la física del planeta impone. Los tiempos hipermodernos también podrían denominarse tiempos exponenciales.

Y donde dicho comportamiento es más acusado es, sin duda, en el volumen de datos que producimos, procesamos, transmitimos y almacenamos. La información sobre cualquier asunto se acumula a nuestro alrededor a un ritmo exponencial gracias a la contribución de millones de individuos que infatigablemente aportan desde simples fotografías digitales a profundas reflexiones en cualquier campo del saber. Un universo de pantallas electrónicas nos permite acceder de forma instantánea a todo ello de tal manera que, como individuos, asistimos a un crecimiento constante de la parcela de realidad que cada uno de nosotros puede abarcar. Estamos rodeados, inundados de información de todo tipo: podemos saber si está lloviendo en el lugar más remoto del planeta, encontrar en segundos la letra de la canción que más nos gusta o las especificaciones técnicas de cualquier dispositivo. Cuando conocemos a alguien buscamos referencias sobre su persona en        Internet. Podemos echar un vistazo al estado del hielo en la Antártida, hojear todos los libros de la antigüedad, escuchar las opiniones más reputadas o escarbar en las propuestas más alternativas y contraculturales. Todo está ahí, al alcance del teclado y el ratón.

Pero esta situación, paradójicamente, en lugar de permitirnos componer una visión cada vez más completa y exacta del mundo en qué vivimos, a menudo nos lo muestra más caótico y desconcertante que nunca. A un paso de la agorafobia, el ensanchamiento del horizonte de nuestra mirada nos ha revelado una realidad compleja y cambiante que no alcanzamos a abarcar. En la práctica la información disponible y el saber acumulado se han vuelto completamente inaprensibles para una mente humana que, al fin y al cabo, sigue constreñida por sus limitaciones biológicas originales.

La inaprensibilidad del saber disponible no constituye, evidentemente, ninguna novedad en sí misma. El ideal renacentista del homo universalis fue desbordado nada más nacer pues desde la invención de la imprenta cualquier biblioteca contuvo muchos más libros, más saber, de los que una persona puede aspirar a leer en toda una vida. Pero, como mínimo, la estructura de la biblioteca mantenía cierta estabilidad. Los procesos asociados a la actual dinámica de acumulación exponencial son diferentes. Nos encontramos hoy en una nueva biblioteca donde constantemente se construyen nuevas salas, dedicadas a nuevas disciplinas, que rápida- mente se llenan de volúmenes, y que apenas alcanzamos a visitar. ¿Es importante lo que en ellas se recoge? ¿Cómo se relaciona con todo lo que hay en las demás?

Hasta cierto punto la situación resulta paradójica, precisamente cuando las nuevas herramientas de comunicación habían conseguido hacernos creer por un instante que nos permitirían superar algunas de nuestras limitaciones endémicas. Todo parecía indicar que iban a desaparecer las barreras de espacio y tiempo que anteriormente provocaban la desconexión, la inaccesibilidad a determinadas zonas del saber humano que había ocasionado la pérdida irreversible de un buen número de obras clásicas, multitud de ineficientes esfuerzos paralelos o el entierro en el olvido, durante años, de descubrimientos relevantes como los de Mendel.

En la actualidad la desconexión nos sigue afectando pero su naturaleza ha cambiado. Estamos desconectados de determinadas áreas del saber, de tal manera que cuando nos alcance la noticia de su existencia, ya habrán evolucionado. Desconocemos si el hecho crucial está sucediendo ya, y se nos hace cada vez más difícil identificar el main stream entre el ruido ensordecedor. Todo ello viene reforzado por lo que algunos autores han denominado una infoxicación9, una intoxicación por exceso de información, que se traduce en una dificultad creciente para discriminar lo importante de lo superfluo y para seleccionar fuentes fiables de información.

Así pues, ante la acumulación exponencial de información nos inunda progresivamente la certeza de que cada vez es más difícil disponer de una visión equilibrada del conjunto, ni que sea de baja resolución. Como reacción está surgiendo una actitud de renuncia al conocimiento por des- motivación, por rendición, y una tendencia a aceptar de forma tácita la comodidad que nos proporcionan las visiones tópicas prefabricadas. Un falta de capacidad crítica, al fin y al cabo, que no es más que otra cara de nuestra creciente ignorancia.

VIII

El segundo factor del mundo hiperconectado que nos empuja hacia la Sociedad de la Ignorancia radica, en contra de lo que nuestra primera intuición nos hizo creer, en las propias características de las nuevas formas de comunicación en red. Tal y como se encargaron de demostrar teóricos como Marshal McLuhan o Neil Postman, cada medio de comunicación posee unas propiedades específicas en cuanto a herramienta de acceso al conocimiento. Ambos autores se centraron, concretamente, en analizar los atributos de los medios audiovisuales, especialmente la televisión, y en poner de relieve sus diferencias respecto a los formatos impresos que habían sustentado la difusión del saber desde el siglo XV. Básicamente, constataron la idoneidad de los primeros para proporcionar entretenimiento, en el sentido más amplio del término, pero señalaron sus dificultades, respecto a los segundos, para soportar argumentos racionales y reflexiones intelectuales de cierta profundidad. Dicho en otras palabras, la mayoría de la gente puede pasarse un par de horas frente al televisor si emiten una buena película, pero difícilmente aguantarán una conferencia de cuarenta minutos.

Hoy podríamos corroborar sobradamente sus conclusiones. A pesar de las profecías de algunos visionarios bienintencionados sobre las potencialidades de la televisión como herramienta de educación o de difusión de la cultura, todos sabemos que se ha convertido principalmente en una máquina de evasión y entretenimiento pasivo. La visión sobre la sociedad televisiva que Postman reflejó en Amusing Ourselves to Death10 mantiene actualmente una vigencia plena, si cabe, aumentada.

Ahora bien, en pleno siglo XXI la era de la televisión ha quedado atrás. Si bien el promedio de horas ante la pantalla no ha variado de forma significativa en los últimos años, sí que ha disminuido claramente entre la franja más joven de población. Las nuevas generaciones dedican cada vez más tiempo a utilizar unas nuevas formas de comunicación en red que les permiten dejar de ser espectadores pasivos para convertirse en nodos activos, en emisores y receptores simultáneamente, en consumidores pero también en productores de todo tipo de contenidos. Se trata, sin duda, de un mundo de posibilidades inagotables, pero para la discusión que aquí nos ocupa debemos preguntarnos si dicho medio es adecuado para fomentar, en último término, la elaboración de conocimiento en la mente de las personas.

Según el discurso de lo que entendemos como versión extendida de la Sociedad de Conocimiento, eso es así. Tal vez la respuesta esté influida por el hecho de que nuestro juicio se encuentra condicionado todavía por la fascinación que sentimos ante nuestros propios logros tecnológicos. Es evidente que la tecnología sobre la cual se sustenta la especificidad del mundo en que vivimos, profundamente diferente del de hace algunas décadas, es de una complejidad y de un nivel de abstracción muy superior a la que sustentó la era industrial. También lo son sus frutos: el dominio de la fuerza, del movimiento y de la energía representaron la superación de las limitaciones que nos impone la parte de nuestra naturaleza que compartimos con los otros animales. En cambio, la extensión de nuestras facultades cognitivas y comunicativas, adquirida gracias al nuevo universo de microprocesadores, memorias de silicio y conexiones en red que nos rodea, incumbe directa- mente a nuestra singularidad humana.

Muestra de que nos encontramos en un estado de falta de capacidad crítica es la facilidad con la que proliferan, y la complacencia con la que acogemos, conceptos como el de generación Einstein11, aquella formada por unos niños plenamente familiarizados con el uso de las herramientas tecnológicas, o las teorías sobre las virtudes empresariales de los Gamers12, jóvenes acostumbrados a competir, colaborar y adaptarse a un entorno cambiante gracias al hecho de haber jugado intensivamente con videoconsolas.

Pero si aceptamos mirar el reverso de la moneda posiblemente descubramos que además de niños prodigio o eficientes ejecutivos también están proliferando a nuestro alrededor individuos incapaces de concentrarse en un texto de más de cuatro páginas, personas que sólo pueden asimilar conceptos predigeridos en formatos multimedia, estudiantes que confunden aprender con recopilar, cortar y pegar fragmentos de información hallados en Internet, o un número creciente de analfabetos funcionales. Si bien es cierto que el nuevo medio pone a nuestro alcance todo el saber disponible, eso no implica necesariamente que seamos capaces de sacar provecho de él.

Es evidente que, a nivel profesional, el uso cotidiano como herramienta de trabajo de potentes ordenadores personales conectados permanentemente a una red global está modificando el ritmo y la secuencia de nuestros procesos mentales. Hoy es habitual manipular varios documentos a la vez mientras se recaba información en Internet, se atiende el correo electrónico o se mantienen conversaciones simultáneas a través de los servicios de mensajería instantánea. Ciertamente, desde un punto de vista productivo somos más eficientes, pero también se ha incrementado sensiblemente la complejidad de la mayoría de procesos, y el inmenso caudal de información que recibimos y que debemos gestionar amenaza con provocar nuevas formas de ansiedad. Es difícil focalizar y centrarse, y esa necesidad de cambiar constantemente el foco de nuestra atención acaba por modelar nuestra forma de razonar hasta ubicarnos en un estado de dispersión que, conceptualmente, es incompatible con la concentración que requiere cualquier reflexión de cierta consistencia. Es el mismo tipo de dispersión que también afecta, según comenta con frecuencia el profesorado, la capacidad de concentración de la población en edad escolar.

Pero las implicaciones van más allá del ámbito profesional. Así como la televisión resultó ser un medio especialmente apto para proporcionar entretenimiento pasivo, la comunicación permanente en red, además de reforzar la comentada tendencia a la dispersión, está demostrando ser un excelente potenciador de todo tipo de actividades relacionales. Nuestra inclinación innata a mantener vínculos sociales con otros individuos de nuestra especie se desarrolla ahora en un entorno artificial que la descontextualiza y que distorsiona los mecanismos naturales de inhibición, hasta el punto de generar adicciones y prácticas compulsivas. El hecho de poder estar en contacto permanente con otras personas vía correo electrónico, mensajería instantánea o telefonía móvil, nos está privando de la serenidad que nos aportan los reductos de soledad y nos convierte en seres puramente relacionales que cada vez pasan más tiempo ubicados en universos paralelos desconectados de la realidad.

Porque el nuevo medio, en lugar de abrirnos a un conocimiento más amplio del mundo, resulta que nos impulsa a residir en otros creados a la medida de nuestras necesidades y temores. El espacio digital formado por los ordenadores y las redes de telecomunicación se presenta ante nosotros como una atractiva experiencia sensible en la cual residimos cada vez más tiempo. Su combinación con los nuevos tipos de relaciones personales por medios telemáticos está configurando un ambiente capaz de seducir a muchas personas, especialmente a las más jóvenes, que ante el desmantelamiento de los mecanismos y los protocolos de relación tradicionales optan por instalarse en este nuevo mundo donde es posible encontrar las emociones que la realidad, mucho más mediocre, no les proporciona. Una parte cada vez más importante de nuestra identidad reside en el mundo virtual: creamos perfiles específicos en los lugares que visitamos con regularidad, construimos espacios donde depositamos y com- partimos nuestras fotografías o explicamos hechos de nuestra vivencia individual y, en definitiva, vamos tejiendo una trama en la que también se van incorporando sentimientos y vínculos afectivos, tan reales como los que experimentamos en la realidad "normal".

El proceso apenas acaba de empezar. En poco tiempo dispondremos de máquinas que superarán los umbrales de discriminación de nuestros sentidos hasta convertir en indistinguibles ambos mundos. Ante la virtualidad, máxima expresión de esa artificiosidad, inmediatamente se plantea la cuestión de si el mundo virtual será nocivo o beneficioso, una pregunta que derivará en un debate que será similar al que tuvo lugar acerca de las novelas durante el siglo XIX o sobre el rock and roll en el siglo XX. Pero se trata de un debate estéril pues en ningún caso conseguirá modificar la evolución de los acontecimientos y sólo provocará en algunas personas una tecnofobia frustrante. Lo que sí es indudable es que la virtualidad tendrá una influencia decisiva sobre las personas, del mismo modo que la tuvieron otras incorporaciones culturales. El cine, las novelas o la música no han sido sólo un entretenimiento: también pueden educar o perturbar las mentes, pero, en cualquier caso se han incorporado a nuestro imaginario, forman parte de nuestros referentes y han modelado nuestra interpretación de la realidad. En la medida en que abandonemos el tradicional televisor y cada vez pasemos más horas ante el ordenador y el videojuego, relacionándonos con otras personas y viviendo experiencias inmersivas de una intensidad creciente, la huella deberá ser necesariamente más profunda. No se puede descartar que emerja una confusión para distinguir entre realidad y virtualidad, ni que cada vez más personas se refugien definitivamente en este mundo artificial interconectado y decidan finalmente ignorar todo lo que quede fuera de él.


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