Friday, December 05, 2014


 
 
Un equilibro de vida y muerte celular es fundamental para la salud

Aunque en general no nos gusta admitirlo, la muerte es consustancial a la vida. No puede concebirse la una sin la otra. El juego de la vida y de la muerte, de hecho, sucede cada día, cada hora, cada minuto en nuestros cuerpos, y su correcto equilibrio es imprescindible para gozar de buena salud.

Hasta la fecha, se han descrito tres tipos de muerte celular que suceden por mecanismos moleculares diferentes. Estos son la autofagia, la apoptosis y la necrosis. La autofagia, como su nombre indica, es una forma de autodestrucción por auto-digestión. En ausencia de nutrientes adecuados, tal vez en un intento de sobrevivir, la célula destruye sus propios componentes, digiriéndolos en vesículas especiales llamadas lisosomas. Es el equivalente a que, inducidos por el hambre, nos comiéramos alguna parte de nuestros cuerpos, pero al final muriéramos de todas formas. Es horroroso, pero las células no tienen sentimientos.

La apoptosis es una muerte celular que se desencadena por ciertos estímulos, entre los que se puede citar, por ejemplo, el daño al ADN. Si la célula detecta que el daño no puede ser reparado, desencadena un proceso molecular de suicidio, que se puede producir igualmente por una variedad de factores externos. Entre estos factores se encuentra la infección por virus. Las células infectadas son inducidas a suicidarse por células inmunes, lo que impide la reproducción del virus en su interior y que este pueda continuar infectando a otras células sanas.

La necrosis es un tipo de muerte menos sofisticado que los anteriores, y se produce por la rotura irreparable de la membrana celular, lo que conduce a la pérdida de proteínas, iones, etc. desde el citoplasma al medio exterior y la consiguiente desorganización o detención de los procesos que mantienen la vida. Puede producirse necrosis, por ejemplo, si nos damos un golpe fuerte que dañe algunas de nuestras células.


 
FAGOPTOSIS

Recientemente, se ha descrito un nuevo proceso de muerte celular que, a diferencia de los anteriores, no depende de mecanismos de la propia célula. Este proceso conduce a la muerte por ingestión y digestión por “células comedoras”, llamadas fagocitos, por lo que se ha denominado fagoptosis.

El proceso de ingestión y digestión celular, llamado fagocitosis, es conocido desde finales del siglo XIX. La fagocitosis es fundamental en la lucha contra las infecciones por bacterias, ya que estas son principalmente eliminadas por su ingestión y digestión por las células fagocíticas del sistema inmune, principalmente los llamados macrófagos y neutrófilos.

Hasta hace poco se pensaba que la fagocitosis se limitaba a la lucha antibacteriana y que las células del cuerpo no podían ser fagocitadas en condiciones normales. Sin embargo, esta idea se ha revelado falsa. Hoy se sabe que todas las células corren el riesgo de ser comidas.

De hecho, que una célula sea fagocitada o no depende de señales moleculares que esta presenta en su superficie. En este sentido, existen dos tipos de señales: las señales “cómeme” y las señales “no me comas”. Las señales “cómeme” consisten en moléculas de la superficie de la célula que indican a los macrófagos, las principales células fagocíticas, que la célula no está sana. Estas señales aparecen cuando la célula no puede generar suficiente energía para mantener los procesos vitales.
 
 
NO ME COMAS

Además de las señales “cómeme” también tenemos las señales “no-me-comas”. Estas señales las constituyen moléculas, igualmente localizadas en la superficie celular, que indican a los macrófagos que la célula goza de buena salud. Una señal “no-me-comas” muy importante la genera una molécula localizada en la superficie de los glóbulos rojos de la sangre. Dos millones de glóbulos rojos son producidos cada segundo en nuestros cuerpos. Tras 120 días de vida, los glóbulos rojos viejos deben ser eliminados por fagocitosis a la misma velocidad de dos millones por segundo, lo que mantiene el necesario equilibrio. La fagocitosis es inducida por la pérdida de la molécula “no-me-comas” en los glóbulos rojos viejos, lo que permite que sean fagocitados y digeridos por los macrófagos.

Por consiguiente, que una célula sea fagocitada o no depende del correcto equilibrio de fuerzas entre las señales “cómeme” y las señales “no me comas”. Si este equilibrio se rompe, puede causarnos severas enfermedades. Por ejemplo, la fagocitosis inadecuada de células sanas de la sangre genera una enfermedad llamada Hemofagocitosis.

Sorprendentemente, se ha comprobado también que es posible la fagocitosis inadecuada de neuronas. Estás células, de las que siempre tenemos menos de las que nos gustaría, pueden en ocasiones ser fagocitadas por las llamadas células gliales del cerebro. La incorrecta fagocitosis neuronal se ha comprobado implicada en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer o el Párkinson.

Otra enfermedad en la que una incorrecta fagocitosis puede ejercer un papel importante es el cáncer, en este caso no por un incremento en la misma, sino por su inhibición. Se ha comprobado que la mayoría de las células tumorales muestran en su superficie altas concentraciones de las moléculas “no-me comas” de los glóbulos rojos, lo que inhibe su fagocitosis. En animales de laboratorio se ha podido estimular la fagocitosis de células tumorales mediante el bloqueo de dicha molécula “no-me-comas”, lo que ha resultado en un menor crecimiento tumoral.

Cada día, la ciencia continúa produciendo nuevo conocimiento, muchas veces sorprendente e insospechado, que permite siempre imaginar su utilización para mejorar la vida y la salud de todos.

 


El castigo no es solo propio de nuestra especie

Crimen y castigo son dos constantes de la naturaleza social del ser humano que deben ser explicadas desde el punto de vista de la biología y la evolución de nuestra especie. Sin la amenaza de castigo, probablemente los crímenes y abusos serían mucho más frecuentes de lo que son. El temido castigo, penal o social, puede ayudar a mantener un ambiente de cooperación, dificultando que individuos egoístas se aprovechen de los demás, puesto que engañar o defraudar, sin mencionar crímenes más graves, normalmente conlleva un elevado coste.

El castigo no es solo propio de nuestra especie. Otros animales sociales castigan a sus semejantes cuando estos infringen sus normas sociales o no respetan las escalas de poder establecidas. Sin embargo, en general, estos castigos son infligidos por los propios individuos afectados por la conducta impropia de otros. No así en nuestra especie. En el caso humano, el castigo es infligido por terceras partes, por personas, como policías, fiscales y jueces, que no han sido afectadas personalmente por la violación de las leyes o normas que se haya producido. Este tipo de castigo, denominado “castigo a terceros”, es el que hace posible que la justicia se eleve por encima de la siempre salvaje venganza.

Muchas personas, en muchas culturas diferentes, se implican en castigar socialmente a terceros frente a violaciones de normas de conducta que no son penadas necesariamente por la ley, y esto a pesar de que ese comportamiento no les reporte beneficios directos, o incluso pueda acarrearles un coste personal, es decir, parece que la capacidad de juzgar y castigar a los demás, incluso cuando no somos directamente afectados por su mala conducta, es una propiedad humana independiente de la cultura. Podemos entonces preguntarnos: ¿Cuándo aparece esta propiedad durante nuestra evolución?

Para investigar la evolución de las características que nos hacen humanos, la ciencia suele volcarse en el estudio de las especies más cercanas a la nuestra e intentar averiguar si la propiedad humana objeto de estudio es compartida o no por ellas. Como sabemos, el chimpancé es la especie más próxima al ser humano, con la que poseemos un ancestro común. ¿Son capaces los chimpancés de castigar a los violadores de sus normas sociales aunque no sean personalmente afectados por dicha violación?

Esta tema ha sido abordado por investigadores del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva, localizado en Leipzig, Alemania. Los investigadores estudiaron el comportamiento de trece chimpancés, a los cuales hicieron tomar turnos como “jueces”, “ladrones” o “víctimas”. Los chimpancés fueron colocados, en tres jaulas que rodeaban un espacio central, de manera que podían verse pero no podían interaccionar directamente. En dicho espacio central se colocó un puzzle tridimensional de plexiglás transparente que debía ser manipulado de manera inteligente para extraer el recipiente con deliciosos alimentos que podía verse en su interior. La “víctima” era la única colocada a una distancia adecuada de dicho puzle como para que pudiera manipularlo, abrirlo, y alcanzar el recipiente con la comida.

ROBOS SIN JUSTICIA

Los investigadores habían proporcionado al “ladrón” una cuerda de la que si tiraba, podía arrebatar a la “víctima” la comida una vez está la había logrado extraer del recipiente con su esfuerzo e inteligencia. Igualmente, habían proporcionado al “juez” otra cuerda con la que podía impedir al “ladrón” alcanzar la comida robada (que desaparecería por un agujero del suelo), dejándolo con dos palmos de narices. De esta manera ninguno de los animales, tampoco el “juez”, podría disfrutar de la apetitosa comida.

En esta situación, el chimpancé “juez” no castigó al “ladrón”. Sin embargo, cuando el “juez” y la “víctima” eran el mismo chimpancé y este sufría el robo de la comida por parte de su compañero, entonces sí tiraba de la cuerda para hacer desaparecer la comida y castigar así al “ladrón”. En otras palabras, los chimpancés eran capaces de vengarse, pero no de impartir justicia. Estos estudios han sido publicados recientemente en la revista científica de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, PNAS.

La actitud de los chimpancés contrasta con lo que la mayoría de los humanos haríamos en una situación similar. Esta diferencia de comportamiento no es la única que existe entre chimpancés y humanos (menos mal). Otros estudios han comprobado que los niños son capaces de compartir alimentos mucho más fácilmente que lo hacen los chimpancés, los cuales también prefieren buscar alimento solos en lugar de en colaboración con otros. No obstante, los chimpancés sí son capaces de colaborar entre sí en determinadas circunstancias y parecen ser también capaces de inferir lo que el otro siente o desea, como lo hacemos nosotros.

De todos modos, estos estudios no demuestran fehacientemente que los chimpancés sean incapaces del sentimiento de justicia o de impartirla, ya que la ausencia de un comportamiento no permite concluir con la misma seguridad que lo hace su presencia. A fin de cuentas, muchos de nosotros tampoco castigamos siempre a quienes creemos que se lo merecen, sea por miedo, por pereza, por no complicarnos la vida, o por otros factores. Algo similar podría suceder con los chimpancés en la situación descrita arriba. Serán necesarios nuevos estudios para esclarecer si la justicia es un comportamiento puramente humano, aparecido en algún punto de nuestra evolución desde el ancestro común con el chimpancé o, por el contrario, la idea de justicia, como la capacidad de reconocer la música, es anterior a dicho momento de nuestra evolución.


Un tema importante, normalmente no abordado en medios de comunicación, es la relación entre ciencia y religión. Esta relación puede también ser analizada científicamente y, de hecho, está siendo objeto de un creciente interés por la ciencia.

La relación entre religión y ciencia puede abordarse desde, al menos, dos puntos de vista. El primero es el análisis de los conflictos entre algunas creencias religiosas y el conocimiento revelado por la ciencia. La corriente defensora del creacionismo o del diseño inteligente, en USA, que se opone al evolucionismo defendido por la ciencia, es un ejemplo. En este caso, el debate entre ciencia y religión se centra en la realidad del mundo exterior.

Un segundo punto de vista para abordar la relación entre ciencia y religión es el aspecto cognitivo individual, es decir, estudiar y explicar los factores que pueden influir en la religiosidad de cada uno. Desde el punto de vista de la religión con la que soy más familiar, este asunto se ha explicado de varias maneras, pero una es la suposición de que la fe es un don divino (soy cristiano por la gracia de Dios); y su ausencia, la caída en las tentaciones del mal. Sin embargo, desde el punto de vista de la ciencia, este tipo de explicación, que presupone la misma creencia en un ser sobrenatural que intenta defender, no es satisfactorio. La ciencia necesita estudios analíticos que corroboren o desmientan hipótesis razonables.

El pensamiento analítico afecta a la religiosidad

 Dos maneras de pensar

De acuerdo a la teoría dual del proceso del pensamiento, existen dos maneras fundamentales de pensar, con las que seguramente estamos familiarizados. La primera se basa en un pensamiento intuitivo: no sabemos bien por qué, pero estamos convencidos de que determinadas cosas son así y no de otro modo. La segunda manera de pensar se basa en un proceso analítico: concluimos que las cosas son así tras un análisis lógico, detallado y pausado de los datos sobre la realidad de los que disponemos.

Estudios previos sobre la psicología de la fe han demostrado que un conjunto diverso de procesos cognitivos intuitivos forman la base de las creencias en seres sobrenaturales, en las diversas culturas y religiones del mundo. Estos procesos intuitivos están relacionados con la teología, con el dualismo mente-cuerpo, con la inmortalidad psicológica y con la percepción mental.

La experiencia personal, pero también la evidencia científica reciente, indican que cuando se aplica el procedimiento analítico, este normalmente domina sobre el intuitivo. En otras palabras, nuestras intuiciones son abandonadas después de un análisis crítico de las mismas; no al revés. Las intuiciones no suelen sustituir un análisis racional de las cosas. Con estas premisas, investigadores de la Universidad de British Columbia, en Canadá, abordan el estudio de si estimular el pensamiento analítico puede afectar negativamente a las creencias religiosas. Los estudios realizados, por su calidad científica y su diseño, han merecido su publicación en la prestigiosa revista Science, lo que es una garantía de su solidez. Veamos lo que han revelado.

 
Pensamiento analítico y fe

Para corroborar o refutar su hipótesis, los investigadores abordan varias estrategias diferentes con sujetos pertenecientes a diversas culturas y religiones del planeta. En primer lugar, estudian si diferencias en las tendencias individuales a pensar de forma analítica están relacionadas con las creencias religiosas. Para evaluar la tendencia al pensamiento analítico, los científicos sometieron a los voluntarios a tres problemas que invitaban a una solución intuitiva rápida y fácil, pero incorrecta. La solución correcta solo podía ser alcanzada mediante un procedimiento analítico, que debía superar la intuición inicial.

Tras completar estas tareas, la religiosidad de los sujetos fue evaluada de tres maneras diferentes, con pruebas psicológicas aceptadas y validadas para este fin por la comunidad científica. Los resultados de este estudio demostraron que a mayor tendencia a usar el pensamiento analítico, menor religiosidad mostraban los sujetos, independientemente de su origen cultural.

Una segunda estrategia usó manipulaciones psicológicas sutiles para espolear el pensamiento analítico. Una de estas manipulaciones consistió en mostrar fotografías de la estatua de El Pensador, de Rodin, o del Discobolus griego antes de resolver un problema. Era ya sabido por los investigadores que mostrar la fotografía de El Pensador, por increíble que pueda parecer, estimula la capacidad de resolver correctamente problemas lógicos, lo que mostrar el Discobolus no consigue. Y bien, este tipo de manipulaciones cognitivas inconscientes resultaron en una disminución de la religiosidad al realizar las pruebas que la medían.

Así pues, parece que la capacidad para el pensamiento analítico afecta negativamente a la religiosidad, incluso cuando este tipo de pensamiento es estimulado de manera inconsciente. No obstante, como en el caso de todos los buenos estudios científicos, los autores advierten de sus limitaciones y de que las conclusiones deben ser consideradas con prudencia. Entre otras cosas, los autores advierten de que el pensamiento analítico no es la única causa de una menor religiosidad, y de que otros factores psicológicos pueden también afectarla. Los autores comentan igualmente que sus estudios nada dicen sobre el posible efecto positivo, en algunos casos, del pensamiento analítico sobre la religiosidad.

En cualquier caso, y este es ya mi propio comentario, parece que la resolución de los conflictos entre ciencia y religión solo podrá conseguirse mediante la reconciliación de los pensamientos intuitivo y analítico, algo que considero difícil de alcanzar.


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