Friday, December 05, 2014


 


Uno de los temas de investigación más controvertidos y candentes, que confieso me fascina, es el de la naturaleza humana. Además de los nuevos descubrimientos que tanto prometen para curar enfermedades y dolencias de los que suelo hablar, creo que conocer mejor nuestra naturaleza es también fundamental para acercarnos a la felicidad que todos perseguimos, y en la que, en mayor o menor medida, creemos.

Hasta no hace mucho, éramos educados en la idea de que cada cual debía forjar su carácter, el cual dependía, sobre todo, de la fuerza de voluntad para doblegar el lado oscuro de nuestra naturaleza. Nosotros éramos los únicos responsables de qué y de quién éramos, y también de cómo éramos. Supongo que para la gran mayoría esto sigue siendo aún así hoy.

Sin embargo, los últimos descubrimientos sobre la biología molecular de los genes han venido a dar explicación a la mayoría de los rasgos de nuestra personalidad, a nuestro carácter, o a capacidades y habilidades humanas que antes parecían no poder residir en la materia y los procesos biológicos de nuestros cuerpos y cerebros. Este concepto material del ser humano, ya no totalmente responsable de sí mismo, puede repeler a muchos. Sin embargo, es la idea clave que tal vez nos permita un día conducir a la humanidad a la tierra prometida de la felicidad.

MIRAR Y VER

La influencia de los genes sobre nuestra personalidad y carácter es hoy innegable a la luz de los últimos y numerosos estudios científicos realizados. Algunos estudios han demostrado que poseer ciertas variantes génicas incrementa nuestra vulnerabilidad a enfermedades mentales o, simplemente, a poseer personalidades conflictivas o antisociales. No obstante, la manera en que los genes afectan al funcionamiento cerebral y modifican reacciones y sentimientos en respuesta a nuestras vivencias es todavía controvertida.

Por ejemplo, en un estudio realizado en el año 2002 se comprobó que niños con una variante génica que producía menos cantidad de un enzima, implicado en el metabolismo de los neurotransmisores serotonina y dopamina, eran más susceptibles de convertirse en adultos violentos, sobre todo si habían sido maltratados en su infancia. Sin embargo, los niños que poseían una variante génica productora de mayor cantidad de este enzima no eran tan susceptibles de convertirse en personas violentas.

Estudios como este y otros realizados indicaron que si los genes ejercen influencia sobre nuestra personalidad, también el entorno en el que nos educamos y vivimos puede ejercer una poderosa influencia sobre nosotros, influencia que, bien es cierto, depende en gran medida de los genes que hayamos heredado. En todo caso, las ideas prevalentes desgajadas de esos estudios eran que ciertas variantes génicas ejercen una influencia negativa que explicaban, sobre todo, el lado oscuro de nuestro carácter.

Pero, como sucede tanto en ciencia como en la vida real, uno suele ver lo que desea mirar. El estudio de los genes que pueden convertir a una persona en agresiva o antisocial interesaba en esos momentos, y por esa razón era lo que se buscaba. Muy pocos estudiaban qué genes podrían influir en el efecto contrario, es decir, en convertirnos en personas socialmente integradas y preocupadas por los demás.

Los estudios sobre los genes “del lado oscuro” continuaron, pero, paradójicamente, y por suerte, esos estudios han acabado por revelar también cuáles son los genes “del lado luminoso” de la naturaleza humana. La sorpresa mayúscula ha sido comprobar que, en muchas ocasiones, ambos genes son ¡los mismos!


Dr. JEKYLL Y Mr. HYDE

Para entender esta paradoja es necesario explorar algunos estudios recientes. En uno de ellos, por ejemplo, se estudió la capacidad que poseían niños de muy corta edad para compartir golosinas en condiciones desfavorables o injustas para otros niños. Algunos niños se clasificaron claramente en uno de dos grupos: quienes no eran capaces de compartirlas de ninguna manera y quienes sí tenían la grandeza de corazón de hacerlo. Cuando se estudiaron las variantes de ciertos genes implicados en las habilidades sociales, ya conocidos, se comprobó que los niños menos proclives a compartir poseían las mismas variantes génicas que quienes eran más proclives. La diferencia en su comportamiento se explicaba, por tanto, no por los genes, sino por el entorno familiar en el que los niños vivían. Se comprobó que aquellos con una familia más estructurada, más estimulante y más cariñosa mostraban mayor generosidad. Sin embargo, aquellos con las mismas variantes génicas pero de familias desestructuradas, o con padres poco cariñosos, eran más egoístas de lo normal.

Estos estudios indican que muchos genes no nos convierten en buenas o malas personas, sino que hacen que seamos más sensibles a cómo el entorno en el que vivimos modula nuestra personalidad. Si dicho entorno es positivo, el ser humano que los posee puede florecer y convertirse en una gran persona. Si, por el contrario, el entorno es negativo, el mismo ser humano puede convertirse en alguien antisocial, en alguien que, en muchas ocasiones, será el primero en sufrir las consecuencias de su indeseable carácter.

Considero que estas investigaciones nos obligan moralmente, y de forma avalada por la ciencia, a dedicar los recursos necesarios para crear un entorno educativo y familiar que, cualesquiera los genes, facilite la felicidad y la integración social del ser humano. Sí, el ser humano, ese gran olvidado del euro, del dólar, de la banca, de la austeridad… pero foco principal de la medicina y las ciencias afines; foco principal de educadores y de todos quienes persiguen un mundo mejor.


Obesidad, diabetes y cáncer

El metabolismo de la glucosa en la diabetes favorece el crecimiento tumoral

Durante mis investigaciones sobre el cáncer, cuando me encontraba en los Estados Unidos, me sorprendió mucho aprender que algunas células tumorales solo podían crecer en el laboratorio si se añadía insulina a su medio nutritivo. En aquellos años de relativa ignorancia científica (la mía sigue siendo mucha) sobre lo que hacía crecer a las células tumorales ya se sabía que la insulina era necesaria para permitir el paso de la glucosa al interior de las células.

Parecía lógico pensar que, al igual que sucede con los pacientes diabéticos, en ausencia de insulina, la glucosa no puede penetrar la membrana externa de las células tumorales. Siendo la glucosa la principal fuente de energía, si la glucosa no penetra en las células, estas no pueden extraer energía y no crecen. Lo anterior sugería, ya en aquellos lejanos años 80, que las personas afectadas de diabetes de tipo II –enfermedad caracterizada por un mayor nivel de insulina en sangre– y también las personas obesas –muchas de las cuales desarrollan diabetes de tipo II–, tal vez podrían ver aumentada la incidencia de cáncer.

INSULINA Y CRECIMIENTO

Estudios realizados en los últimos años, algunos de los cuales se recogen en un artículo publicado en la revista Science este mismo mes, revelan interesantes conexiones entre la diabetes, la obesidad y el cáncer, y el efecto de otras moléculas muy similares a la insulina sobre el crecimiento tumoral, sobre todo la denominada factor de crecimiento insulínico 1, que todos los científicos conocen por sus siglas en inglés, IGF-1.

El IGF1 es un importante factor de crecimiento durante la infancia y la adolescencia, secretado por el hígado en respuesta a la hormona del crecimiento. Es, en realidad, la molécula que ejerce los efectos positivos sobre el crecimiento. Investigaciones recientes han demostrado que la talla de las diferentes razas de perro dependen en gran medida de la cantidad de IGF1 que cada una de ellas produce, debido a variaciones génicas que se han ido produciendo a lo largo de su selección artificial. Igualmente, el factor IGF1 se ha visto involucrado en el crecimiento de numerosos tipos de cáncer.

Los estudios de estos últimos años también han confirmado que la obesidad es responsable de hasta el 50% de varios tipos frecuentes de cáncer, que incluyen el de mama y el de colon. Parece hoy demostrado que las células cancerosas se encuentran cómodas en el entorno hormonal y metabólico de una persona obesa.

La razón por la cual la obesidad promueve el desarrollo del cáncer puede ser, como ya hemos apuntado, el mayor nivel de insulina que poseen las personas obesas. La cuestión sigue siendo qué hace la insulina y el IGF1, además de permitir el paso de la glucosa a las células, para promover el crecimiento de las células tumorales. Y es que si bien la glucosa es una fuente de energía necesaria, las células para dividirse, además de energía, necesitan materia, es decir, necesitan hacer acopio de materiales de construcción que permitan generar dos células completas a partir de una. Estos materiales son, sobre todo, los componentes del ADN, que la célula que se divide necesita duplicar, y grasas, para formar una nueva membrana nuclear y citoplasmática, que separa a la célula del mundo exterior. La glucosa sirve de fuente de energía, pero ¿qué es lo que sirve de material de construcción?

La respuesta a esta pregunta, sorprendentemente, parece ser la misma: la glucosa. Para entender cómo y por qué la glucosa es el principal material de crecimiento tumoral, es necesario saber que existen dos formas principales de obtener energía a partir de la glucosa. La primera es la oxidación aeróbica (en presencia de aire), que consume completamente la glucosa y genera dióxido de carbono y agua. Esta oxidación completa de la glucosa genera una gran cantidad de energía, pero no deja nada que pueda ser usado como material de construcción.


MATERIAL Y ENERGÍA

Sin embargo, existe una segunda manera de obtener energía de la glucosa, que, además, la acción de la insulina facilita. Se trata de la oxidación anaeróbica (sin aire), la misma que utilizan las levaduras para realizar la fermentación y generar vino, cerveza, o pan. Inducidas por cambios metabólicos posibilitados por la acción de la insulina y por la incorporación masiva de glucosa desde el exterior en presencia de esta hormona, las células cancerosas prefieren la oxidación anaeróbica para generar energía a partir de la glucosa. Este método genera menos energía por molécula de glucosa, pero tiene la ventaja de que produce moléculas más pequeñas, restos no oxidados de la glucosa, las cuales pueden utilizarse como material de construcción de grasas o de ADN.

Así pues, gracias a la acción de la insulina, y también del IGF-1, la célula cancerosa puede obtener las dos cosas, energía y materiales de construcción para su crecimiento. Este metabolismo particular de la glucosa en las células tumorales se ve favorecido por la presencia de altos niveles de insulina, típicos de la obesidad y de la diabetes de tipo II.
La comprensión de estos mecanismos puede ahora permitir manipularlos. Por ejemplo, un fármaco que impidiera la oxidación anaeróbica de la glucosa podría ser un fármaco antitumoral eficaz, aunque también causaría otros efectos sobre el metabolismo. En todo caso es, como siempre, el nuevo conocimiento generado lo que abre nuevas avenidas de esperanza para mejorar nuestra frágil condición humana.

 

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