Friday, December 05, 2014




 Por paradójico que pueda parecer, la ciencia ha descubierto que el cerebro humano no está hecho para la ciencia. El objetivo último de nuestro cerebro es la supervivencia de nuestra especie y, por esa razón, está construido para sobrevivir; no para pensar o analizar la realidad de manera objetiva. Esta capacidad, la de análisis racional y lógico, ha surgido, en efecto, porque ha proporcionado una mejor capacidad de supervivencia a la especie humana pero, antes que ella, otras capacidades, sobre todo la capacidad de sentir emociones y reaccionar frente a ellas, son las que han hecho posible que ahora estemos aquí.

A pesar de esto, la ciencia se ha abierto camino y ha condicionado de manera radical el mundo en el que vivimos hoy. Problemas fundamentales para nuestro futuro, como el cambio climático, el aumento de la longevidad humana, la batalla contra el cáncer o las enfermedades infecciosas, las nuevas tecnologías de la comunicación, etc., solo podrán resolverse con un adecuado conocimiento científico y con una adecuada percepción social de la ciencia y de la tecnología, de sus riesgos y de sus beneficios.

 DUDAS SOBRE LA CIENCIA

La percepción social de la ciencia es un problema particularmente vigente hoy, sobre todo en países que, también paradójicamente, han dedicado un gran esfuerzo al desarrollo científico y tecnológico, como los Estados Unidos y numerosos países europeos. A pesar de las aplastantes evidencias a favor, casi la mitad de los estadounidenses sigue teniendo dudas acerca de la veracidad de la evolución de las especies y un elevado porcentaje cree que el cambio climático es solo una invención de ciertos grupos de presión interesados en acabar con el negocio de las compañías petroleras. Igualmente, la percepción sobre los alimentos transgénicos de numerosas personas en Europa es muy negativa, a pesar de que ya se han consumido por miles de millones de individuos en todo el mundo sin que nadie haya caído por ello enfermo, que se sepa.

Si esta apreciación negativa de una buena parte de la población más culta del planeta se produce frente a temas científicos o tecnológicos para los que existe una amplia evidencia a favor, la percepción sobre temas menos conocidos puede ser aún más negativa. Además, hoy existen nuevas herramientas de comunicación social que, aunque han sido hechas posibles por la ciencia y la tecnología, pueden ejercer un enorme efecto en la percepción social de estas.

Como es natural, para estudiar este y todos los problemas, la ciencia utiliza un abordaje científico. Es lo que han hecho un grupo de científicos de la comunicación social con objeto de averiguar el efecto de los diversos comentarios que se vierten en las redes sociales sobre los riesgos de la nanotecnología, la cual está presente, generalmente sin que lo sepamos, en más de 1.300 productos ya disponibles en el mercado.

El experimento consistió en hacer leer a 2.338 voluntarios un texto sobre nanotecnología publicado en un blog de Internet. El texto era en sí bastante neutro en sus opiniones sobre los beneficios y perjuicios de esta tecnología. No así los comentarios que lo acompañaban, comentarios que suelen acompañar también de manera muy abundante a muchos textos publicados en Internet sobre cualquier tema. La mitad de los participantes fueron expuestos a comentarios duros, irrespetuosos con la ciencia y los científicos, cargados de palabras agresivas y descalificativas. La otra mitad fue expuesta a comentarios equilibrados y respetuosos, más prudentes y de acuerdo con las normas de la etiqueta social. Ambos tipos de comentarios, no obstante, intentaban proporcionar la misma información o abordar las mismas ideas. Lo que difería entre ellos era el tono y el vocabulario empleados.

 ¿MANIPULACIÓN EMOCIONAL?

Los investigadores estudiaron si el cariz de los comentarios al texto modificaban la percepción sobre la nanotecnología que los voluntarios ya tenían antes de leerlos, la cual habían determinado previamente en un cuestionario. Sorprendentemente, lo que encontraron fue que el tono de los comentarios no alteraba las ideas de quienes los leían, pero sí ejercía un importante efecto sobre la vehemencia con la que esas ideas se defendían. Quienes eran contrarios a la nanotecnología eran mucho más contrarios a ella si leían comentarios agresivos, pero quienes eran previamente favorables eran también mucho más favorables a ella tras leer los mismos comentarios. Las opiniones de unos y otros se habían radicalizado. Sin embargo, esta polarización no sucedió en los participantes que leyeron los comentarios más respetuosos. La conclusión más importante a la que llegan los investigadores es que la radicalización no proviene del análisis argumental y lógico de las ideas a favor o en contra, sino de las emociones suscitadas por el tono y las palabras empleadas en dichos comentarios.

Estos resultados, publicados en la revista Journal of Computer-Mediated Communication, suscitan cierta intranquilidad acerca de los efectos de las redes sociales sobre la radicalización de las posturas ideológicas de nuestra sociedad, y no ya sobre asuntos científicos, sino sobre cualquier otro. Este estudio sugiere que es conveniente estar atentos ante la posibilidad de perder la objetividad y la sensatez tras la manipulación consciente o inconsciente que sobre nuestras ideas ejercen las emociones suscitadas por palabras agresivas, insultantes, o faltas del debido respeto. Es también conveniente estar atentos ante los usos deliberados de estas técnicas, tan propios de los llamados “troles” que pueblan las redes sociales y, por desgracia, también propios de determinado tipo de prensa, para neutralizarlas en lo posible.



Las bacterias infectadas se suicidan, pero los virus se lo impiden

Cuando alguien comienza a conocer los mecanismos de defensa del organismo frente a las infecciones, es muy posible que se sorprenda al averiguar que estos no se limitan a eliminar a los microorganismos que nos infectan, sino que eliminan también a las células infectadas por ellos, mediante el procedimiento de una “invitación al suicidio”.

Por ejemplo, una célula infectada por un virus supone una bomba de relojería contra las demás, ya que se ha convertido en una fábrica de partículas víricas que, cuando sean liberadas, infectarán a cientos de células vecinas, aumentando el riesgo de infección generalizada del organismo. Es necesario detener la producción de virus en la célula infectada, lo que solo puede conseguirse matándola. Para lograrlo, la propia célula infectada, en un acto de supremo altruismo, despliega en su superficie señales moleculares que indican la infección. Estas señales atraen a células del sistema inmune especializadas en el “asesinato celular” que, de hecho, inducen el suicidio en las células infectadas, lo que detiene la producción de virus.

Una segunda sorpresa al conocer lo anterior es averiguar también que todas nuestras células poseen los mecanismos necesarios para suicidarse. Afortunadamente, estos mecanismos se encuentran en reposo, inactivos, a menos que las células reciban ciertas señales externas, algunas de las cuales, en efecto, son enviadas por las células “asesinas” del sistema inmune al detectar que una célula está infectada.

Igualmente sorprendente es averiguar que todos estos mecanismos moleculares de suicidio celular, que han permitido la supervivencia de las especies a pesar de los continuos ataques de numerosos microorganismos a lo largo de los eones, son producto de la evolución. ¿Cómo surgieron y cuándo?

 Esquema de un bacteriófago infectando una
 bacteria a la que introduce su ADN

 

SISTEMAS SUICIDIARIOS
 
Recientemente se ha comprobado que sistemas de suicidio similares se encuentran ya operativos en las bacterias. Al parecer, el suicidio celular es indispensable para la supervivencia de las especies y tal vez por esa razón surgió muy pronto en la evolución. Pero las bacterias son células independientes, que no forman parte de un organismo complejo ¿por qué se suicidan y cómo?

Al igual que las células de nuestro organismo, las bacterias de ciertas especies se suicidan cuando son infectadas por un virus, en este caso, por un virus bacteriófago, o “comedor de bacterias” (llamados fagos, para ser breves). En efecto, la infección de una bacteria por un fago pone al servicio de este toda la maquinaria bacteriana de producción de proteínas, lo que convierte a la bacteria en una “factoría de fagos”. Si estos son liberados, infectarán a su vez a cientos de bacterias, que producirán más fagos. De no detener esta exponencial producción de fagos, todas las bacterias de una colonia bacteriana podrían morir.

El mecanismo que las bacterias han puesto en marcha para intentar evitarlo es un primitivo mecanismo de suicidio. Las bacterias producen en su interior una toxina que podría matarlas; afortunadamente, también producen el antídoto para dicha toxina. Cuando la bacteria goza de buena salud, se produce suficiente antídoto para evitar la acción de la toxina y la bacteria vive con normalidad. Sin embargo, cuando la bacteria es infectada por un fago, las exigentes demandas de este para producir sus propias proteínas afectan negativamente a la producción del antídoto. Cuando este ha disminuido lo suficiente, la toxina mata a la bacteria, deteniendo la producción de fagos. El suicidio altruista evita el que en esta época podríamos llamar “fin del mundo bacteriano”.


 SISTEMAS ANTI SUICIDIO

La evolución de las bacterias, por tanto, parece haber desarrollado un mecanismo favorable para ellas. Pero resulta que los fagos no son tontos y también evolucionan. Un grupo de investigadores, que publican sus descubrimientos en la revista PLOS genetics, ha descubierto que algunos bacteriófagos, en su constante guerra evolutiva contra las bacterias, han desarrollado genes que producen imitaciones eficaces del antídoto bacteriano. Cuando el virus infecta a la bacteria, estos genes se ponen en marcha y producen un antídoto de origen vírico, pero que permite evitar el suicidio de la bacteria y conseguir que esta produzca nuevas partículas de virus.

No contentos con esto (siempre molecularmente hablando, por supuesto), los bacteriófagos han sido capaces de capturar los genes de toxinas y antídotos bacterianos y transferirlos a otras especies de bacterias que carecían de este sistema de defensa anti-fago. Esto parece contraproducente para el fago, ya que proporciona a la bacteria un mecanismo de lucha contra ellos. Pero, un momento, pensemos más despacio. Al transferir un sistema de defensa a las bacterias para el que ellos poseen una contra defensa eficaz, los bacteriófagos se aseguran así de que esas bacterias solo podrán ser infectadas por ellos, y no por otras especies de fagos competidores a los que las bacterias se habrán hecho resistentes, gracias a su ayuda.

Esta historia de fagos y bacterias, de suicidios y salvamentos, me recuerda la moraleja de algunas historias literarias. No siempre el que se suicida lo hace para escapar a la vida, sino para preservarla; y no siempre el que te salva lo hace por altruismo desinteresado, sino para aprovecharse de ti. ¿No es fascinante que estas conclusiones puedan ya extraerse de la dinámica molecular de vida y muerte de los seres vivos más simples del planeta?


 
La cooperación es una fuerza intrínseca al origen de la vida

Durante muchos años, he tenido la oportunidad de ir conociendo las características moleculares de la vida y de profundizar en ellas hasta el punto de que, vencidos ya ciertos miedos, me atreví hace ya un tiempo a elaborar una definición para la misma, algo que, según creo, pocos han tenido la insensatez de intentar. La vida, dice dicha definición, es una simbiosis molecular que genera sistemas complejos estables, capaces de adaptarse al entorno para mantener su estabilidad y de extraer materia y energía del mismo para reproducirse.

La idea fundamental de dicha definición es la de simbiosis molecular. Como sabemos, la simbiosis es una relación duradera entre dos especies diferentes, de la cual ambas extraen beneficios que favorecen su supervivencia. Un ejemplo típico de organismos simbióticos es el liquen, generado por la cooperación entre un alga y un hongo. El hongo proporciona protección y humedad al alga, la cual gracias a su capacidad de fotosíntesis, proporciona a su vez alimento al hongo.

Es difícil visualizar la simbiosis sucediendo también en moléculas. Sin embargo, la cooperación se encuentra en todas las escalas de la vida. Sucede en las sociedades de insectos, las manadas de lobos o de leones. Sucede, igualmente, entre las células, que cooperan para formar los diferentes organismos. Finalmente, sí, también sucede entre las moléculas, por ejemplo entre el ADN y las proteínas, que cooperan para formar una célula capaz de reproducirse.

 
¿COMPETICIÓN O COLABORACIÓN?

El origen de la vida sigue siendo uno de los misterios más importantes de la ciencia. La idea predominante hasta ahora para explicarlo es la de la aparición de moléculas capaces de replicarse, es decir, de reproducirse por sí mismas. Esta capacidad de reproducción en la sopa primordial dio origen a una competición entre dichas moléculas. Aquellas capaces de reproducirse más rápido, y también de reproducirse cometiendo menos errores de copia, predominaron sobre las demás. Esta hipótesis mantiene que el egoísmo competitivo se encuentra, por tanto, en el origen mismo de la vida: el primer gen fue egoísta, y su egoísmo nos ha perseguido hasta hoy. Esta idea ha calado poco a poco hasta afectar a la idea misma de funcionamiento social y ha servido para justificar, en cierto grado, el egoísmo humano.

Se cree que las primeras moléculas capaces de reproducirse pudieron ser fragmentos de ácido ribonucleico, presente hoy en orgánulos celulares tan importantes como los ribosomas, donde se lleva a cabo la síntesis de proteínas, y que también ejerce un papel fundamental en la regulación del funcionamiento de los genes. Los ácidos ribonucleicos poseen, en efecto, una estructura molecular capaz de permitir su reproducción, y muchos de ellos poseen, además, propiedades catalíticas que podrían acelerar enormemente las reacciones químicas, una característica igualmente propia de los organismos vivos.

A pesar de que la idea anterior parece razonable y, por tanto, creíble, nuevos estudios lanzan serias dudas sobre este supuesto inicio egoísta y competitivo de la vida. En el número del 1 de noviembre de la revista Nature, un equipo de investigadores estadounidenses describe la generación de una red cooperativa de ácidos ribonucleicos que se reparan muy eficazmente ayudándose unos a otros, lo que sugiere que, tal vez, la cooperación y no el egoísmo, pudo ser la fuerza inicial de la vida.

 COLABORACIÓN VITAL

Evidentemente, si esto es cierto, es necesario que ácidos ribonucleicos primitivos surgieran de los procesos químicos que tuvieron lugar en la sopa primordial de la Tierra primitiva. Los estudios realizados hasta la fecha, si bien no lo han demostrado, indican que esto es posible. También se ha demostrado que ácidos ribonucleicos de corta longitud son ya capaces de acelerar reacciones químicas. Sin embargo, los estudios realizados también indican que para conseguir una reproducción molecular rápida y fiable es probablemente necesario el ensamblaje espontáneo de complejos moleculares.

Para intentar probarlo, los investigadores utilizan un ácido ribonucleico con propiedades catalíticas extraído de una primitiva bacteria. Esta molécula posee la propiedad de volverse a ensamblar por sí misma si es fragmentada. Y bien, los investigadores comprueban en su laboratorio que variantes de este ácido nucleico pueden ayudarse unas a otras a ensamblarse en un ciclo molecular en el que la molécula A ayuda a ensamblar a la B, esta ayuda a la C y, por último la C ayuda a ensamblar a la A.

El hallazgo más importante, no obstante, es que la generación de este ciclo cooperativo permite competir mejor a estas moléculas cooperadoras frente a moléculas que se ensamblan solas sin cooperar con otras. Además, la cooperación permite el ensamblaje de fragmentos mayores, lo que ayuda a la generación de moléculas más complejas, propias de la vida tal y como la conocemos.

Estos experimentos suponen un paso más hacia la comprensión de los mecanismos moleculares que dieron origen a la vida. No obstante, numerosos misterios permanecen sin ser elucidados, como, por ejemplo, cómo se pudo pasar del mundo de las moléculas cooperadoras de ácidos ribonucleicos al mundo del ADN y de las proteínas que domina hoy la mecánica molecular de la vida. Sea como fuere, cada vez está más claro que la vida no es posible sin cooperación molecular, sin la simbiosis molecular de la que hablaba arriba. El egoísmo y la competición son parte de la vida, pero no es menos cierto que la colaboración forma también parte fundamental de la misma, y tal vez fuera la fuerza principal que permitió su origen y su evolución.


La duración de la gestación humana sigue siendo un misterio

Recuerdo que cuando, por fin, me enteré de que los niños no vienen de París, le pregunté a mi madre: ¿por qué los niños crecen nueve meses en la tripa y no solo dos como los perritos? La respuesta fue la ya conocida qué-cosas-pregunta este-niño y así-es-la-vida. Mi madre, como tantas otras, no tenía la menor idea.

Afortunadamente, la ciencia intenta encontrar explicaciones para los hechos de la vida basándose en evidencias y no en creencias o en una simple aceptación de las cosas porque sí. Por ello, las respuestas científicas no son siempre definitivas; son analizadas de nuevo si nueva evidencia desmiente o contradice la anterior.

¿Cómo explica la ciencia la duración de la gestación humana? Comparado con otras especies, el recién nacido humano es muy frágil e inmaduro y necesita de un cuidado materno más exigente y duradero que el que requieren otros primates evolutivamente próximos, como el chimpancé o el gorila. ¿Por qué nuestra gestación no es más larga?

Hasta el momento, la razón más aceptada es que si los bebés nacieran más desarrollados, su cabeza no cabría por el canal pélvico materno. Por otra parte, se cree que la pelvis no puede ser mayor de lo que es sin afectar a la locomoción bípeda de la madre. Esta hipótesis se ha denominado “el dilema obstétrico”.

 Cabeza y pelvis

En efecto, se trata de un dilema evolutivo. En su evolución, la especie humana ha desarrollado el bipedalismo, beneficioso para su supervivencia. Puesto que esto requiere de pelvis no muy grandes, durante la evolución se alcanzó un compromiso: la pelvis no disminuyó más de tamaño porque esto conllevaría el nacimiento de bebés con cabezas menores y aún más inmaduros, lo que comprometería sus probabilidades de supervivencia. El tamaño de la pelvis materna y de la cabeza de los recién nacidos ha alcanzado, por consiguiente, un equilibrio óptimo para nuestra supervivencia.

Hasta aquí la explicación parece muy razonable y basada en razones evolutivas de cierto peso. No obstante, la ciencia, además de explicar por qué, necesita explicar cómo suceden las cosas. Los procesos biológicos suceden siempre basados en mecanismos moleculares, y nadie sabe qué mecanismo molecular podría informar al cuerpo de la mujer embarazada que la cabeza del feto ha crecido hasta justo el tamaño máximo posible para permitirle atravesar su canal pélvico, por lo que es ya necesario desencadenar el complejo proceso del parto.

A este problema se unen otros. Un examen comparativo de los tiempos de gestación de las especies de simios superiores indica que nuestra gestación no es más corta de lo normal, lo que sería de esperar al nacer en un estado más inmaduro. Si tenemos en cuenta la talla corporal de cada especie y calculamos con ella un tiempo de gestación normalizado resulta que la gestación humana es la segunda de mayor duración tras la del orangután, y 37 días más larga que las gestaciones de chimpancés y gorilas.

Por otro lado, es cierto que el cerebro de un recién nacido humano supone solo el 30% del tamaño del cerebro adulto, mientras que el del chimpancé supone el 40%, pero la talla de un cerebro humano adulto es cerca de cuatro veces la talla del cerebro del chimpancé, por lo que, a pesar de su estado inmaduro, el tamaño del cerebro de un recién nacido humano es muy superior al del chimpancé recién nacido. Esto requiere un gran aporte de energía y nutrientes por parte de la madre durante la gestación.

 Metabolismo y embarazo

Con estos problemas en mente, investigadores del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Rhode Island, USA, analizaron si razones diferentes de las anatómicas podrían explicar mejor la duración de nuestra gestación. Los resultados de sus estudios han sido publicados en la revista de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, PNAS.

Sus estudios indican que para nacer con un cerebro un 40% de la talla del adulto (aunque esto alargara la gestación hasta los 20 meses) la pelvis tendría que ensancharse solo unos 3 cm, longitud en el rango de variación normal del tamaño de la pelvis femenina. No parece que esto sea un obstáculo insuperable.

Es pues necesaria otra explicación que el mero tamaño del canal pélvico para explicar la duración de la gestación humana. Los investigadores sugieren que la explicación reside en las necesidades metabólicas durante el embarazo. Es conocido que, como máximo, el cuerpo humano solo puede gastar energía a una velocidad 2,5 veces superior a la velocidad en reposo. Lo mismo sucede con el cuerpo de una mujer gestante. El crecimiento fetal aumenta la velocidad de gasto metabólico, pero esta no puede aumentar indefinidamente. Cuando el feto es tan grande que el metabolismo de la madre no puede sustentarlo, es hora de que salga al exterior, o morirá de hambre.

Aunque esta hipótesis no invalida la anterior, presenta varias ventajas. La primera es que es fácil imaginar mecanismos moleculares por los que, de acuerdo a las necesidades energéticas, el cuerpo de la madre sabría cuándo el feto ha alcanzado el tamaño adecuado para iniciar el parto. Además, añade un importante factor: su valor predictivo, muy importante en ciencia. De ser cierta, esta hipótesis permitiría predecir la duración de la gestación de una especie dada simplemente conociendo su tasa metabólica. Si las predicciones se revelaran ciertas, la hipótesis saldría muy reforzada.

Como es costumbre, habrá que esperar a nuevas investigaciones, pero no cabe duda de que, tarde o temprano, elucidaremos el que continúa siendo un misterio de nuestra biología.


 
La reducción de la mortalidad proviene de mejoras en los estándares de vida

 Muchos estudios han demostrado la extraordinaria capacidad de los humanos para extender su propia longevidad. De hecho, se ha estimado que desde 1840 la esperanza de vida en los países desarrollados ha crecido a una tasa de tres meses por año, es decir, cada año transcurrido uno puede esperar vivir tres meses más que el anterior. Inaudito.

Las implicaciones sociales del incremento de la longevidad han sido bien estudiadas porque, confesémoslo, se trata de dinero. El problema económico que plantean las pensiones, la sanidad, etc., está íntimamente relacionado con la mayor esperanza de vida.

Sin embargo, este fenómeno tiene también ramificaciones puramente científicas que merecen ser estudiadas. Afecta, por ejemplo, a las teorías evolutivas de la longevidad. Este asunto ha sido abordado por investigadores de varios países, quienes publican sus resultados en la revista científica Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de los EE.UU PNAS.

Los investigadores realizan interesantes comparaciones entre los perfiles de mortalidad en diferentes etapas evolutivas de nuestra especie, y también entre dichos perfiles y los perfiles de mortalidad de animales de laboratorio manipulados de diversas formas para alargarles la vida. Estas comparaciones revelan hechos sorprendentes.

 
LONGEVIDAD PLÁSTICA

Por ejemplo, al comparar los datos de mortalidad de algunos países desarrollados y los de tribus actuales de cazadores-recolectores, los investigadores revelan que un cazador-recolector de 65 años tiene una probabilidad de morir en el año del 5,3% (53 de cada mil morirán en un año). Sin embargo, solo 8 de cada mil japoneses mayores de 65 años morirán en un año.

Los investigadores revelan también que los perfiles de mortalidad de Japón y Suecia entre 1800 y 1900 son similares a los perfiles de mortalidad de los cazadores-recolectores occidentalizados, los cuales disfrutan de un acceso modesto a medicamentos y a subsidios alimenticios y que, por ello, disfrutan de mayor longevidad que la de los no occidentalizados. Estos datos indican que un incremento sustancial en la longevidad humana puede conseguirse con relativa facilidad, sin necesidad de acceso a sofisticadas infraestructuras sanitarias. Para vivir más y mejor, un cambio en el modo de vida es más importante que tener cerca un hospital.

Una de las revelaciones más sorprendentes del estudio es que el perfil de mortalidad de los cazadores-recolectores se encuentra más cercano al del chimpancé que al de las poblaciones de Japón y Suecia. Por ejemplo, hasta los 15 años de edad, la mortalidad de niños y adolescentes de tribus de cazadores-recolectores es 100 veces superior a la de los mencionados países, y sigue siendo 10 veces superior el resto de las edades. En contraste, la mortalidad de los chimpancés salvajes no llega a ser 10 veces superior a la de los cazadores-recolectores.

Curiosamente, la mortalidad de las tribus de cazadores-recolectores es solo 5 veces superior a la de Suecia en 1900. Esto implica que la Suecia de 1900 tenía un perfil de mortalidad más similar al de los cazadores-recolectores de hoy que a los de la Suecia actual, tal ha sido la disminución de la mortalidad en poco más de un siglo. Estos datos apoyan la idea de que la mortalidad humana es muy plástica, es decir, puede ser fácilmente modificada por factores externos.

 
¿EVOLUCIÓN INSTANTÁNEA?


Cada curva representa el cociente entre las probabilidades
Anuales de muerte con la edad. Se comparan los cazadores
recolectores con Suecia en los años 1900, 1950 y 2010
(en azul); los cazadores-recolectores con Japón en 2010
(en rojo); y los chimpancés salvajes con los
cazadores-recolectores (en negro).


Un concepto que puede darnos una idea de la magnitud de esta plasticidad es el de la probabilidad equivalente de muerte. Por ejemplo, un cazador-recolector de 30 años de edad tiene la misma probabilidad de morir que un japonés de 72. A esto se refiere la probabilidad equivalente. Si se realiza esta comparación a lo largo del tiempo, resulta de nuevo evidente lo reciente de estas diferencias, que solo empiezan a ser notables a partir de 1900. Es decir, en términos evolutivos, es prácticamente instantáneo. Se han tardado 6,6 millones de años en conseguir la divergencia de longevidad entre humanos y chimpancés, a la velocidad de una década más de vida cada 1,3 millones de años de evolución. Desde 1900, solo han hecho falta 30 años para aumentar la longevidad una década.


Los autores también comparan el incremento de longevidad de la especie humana con el conseguido con animales de laboratorio. Concluyen que este incremento es del mismo orden o incluso superior al conseguido mediante las diversas manipulaciones experimentales realizadas a los animales.

Así pues, el incremento de la longevidad en los países desarrollados ha sido muy reciente y muy rápido. El cambio ha sido, además enorme, superando en magnitud al cambio sucedido entre humanos y chimpancés a lo largo de toda su evolución, y siendo la magnitud de este cambio incluso superior a la obtenida mediante manipulaciones genéticas u hormonales a los animales de laboratorio.

Obviamente, este rápido cambio no puede ser debido a causas genéticas, ya que solo 4 de las alrededor de 8.000 generaciones humanas que han vivido hasta hoy lo han experimentado. Por consiguiente, estos estudios indican con claridad, de nuevo, que la reducción de la mortalidad proviene de mejoras en los estándares de vida: nutrición, educación, salud pública, medio ambiente, vivienda, etc. Dejo al lector que extraiga sus propias conclusiones sobre qué puede suceder si esos estándares disminuyen.

Por último, estos datos derraman serias dudas sobre las teorías genéticas de la longevidad, que mantienen que algunos genes beneficiosos para la reproducción durante la juventud resultan deletéreos luego y causan el envejecimiento. De ser así, no sería de esperar una longevidad tan plástica en la especie humana. Los estudios dejan en el aire la pregunta de cómo funciona esta plasticidad y por qué es posible. Esperemos no hacernos viejos antes de averiguarlo.




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