Saturday, July 02, 2016




Indígenas piden plantar miles de árboles para evitar catástrofes

 
Indígenas piden plantar miles de árboles para evitar catáLos líderes espirituales indígenas dan un futuro poco alentador al planeta si el hombre sigue destruyendo los bosques y contaminando el agua. Ellos consideran que los fuertes vientos, las sequías y las grandes inundaciones se producen a consecuencia del derribo de los árboles, que a su entender son los que dan contención a los fenómenos climáticos. Para salvar el mundo y evitar catástrofes piden que se planten miles de árboles.
Mientras muchos científicos debaten sobre el futuro del mundo y afirman que el calentamiento de la tierra es consecuencia de los gases de invernadero, para los indígenas y especialmente para sus líderes espirituales, la película es muy clara: si el hombre sigue destruyendo los bosques la tierra no tendrá contención y habrá inundaciones, fuertes vientos, sequías, altas y bajas temperaturas, que solo generarán hambre y, consecuentemente, “el mundo” o el planeta no tendrían futuro.
Ernesto Vera, de la comunidad Ava Guaraní Santa Isabel, distrito de Yrybucuá, en Paraguay. “Muchos dicen que somos ignorantes y hasta se burlan de nosotros cuando hablamos del mundo porque nuestros conocimientos no vienen de los libros, sino de nuestros antepasados”.
“Si queremos salvar nuestro planeta, ricos y pobres, debemos plantar de nuevo miles de árboles. Los bosques nos dan frutos y hasta ánimo. ¿A quién no maravilla el verde de un bosque?”, indicó visiblemente emocionado exaltando la belleza de los árboles.
Agregó que cuando se tala una árbol se derriban años de vida; se derriba el refugio de las aves. “Si plantamos otro, veremos cómo crece, pero su belleza total solo la verán los nietos”, apuntó. 


El llamado de los árboles

Un libro dedicado a la hermandad entre Dios, los seres humanos y la naturaleza.
Un libro dedicado a la hermandad entre Dios, los seres “Este libro reúne mis mensajes de los árboles, incluyendo algunos arbustos, y son presentados en el orden cronológico en que fueron recibidos. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de sintonizarse con estos reinos angélicos.  Así como ellos me plantearon: “Sólo sintonízate con la naturaleza hasta que sientas el fluir del amor. Esa es tu flecha hacia el mundo de los demás. No hay problema si hay un mensaje o no, es el estado de ánimo lo que cuenta. Siempre es a tu estado de ánimo al que el mundo de la naturaleza responde, no a lo que dices, no a lo que haces, sino a lo que eres.”

“Si estamos para vivir en un mundo sano, necesitamos reconectamos con los bosques desde una base espiritual.”

    “Por supuesto los árboles y el mundo natural no hablan, no como los humanos entienden hablar. En mis momentos de contacto yo no escucho palabras, sino que transmito el significado de mis experiencias en mis propias palabras. Los mensajes contenidos aquí no provienen del espíritu de árboles individuales o alguna forma natural en particular, sino del alma general que guía a cada especie. ”El mensaje más poderoso y urgente que recibí de toda la naturaleza fue de un árbol, el Ciprés de Monterey. Me impactó tan fuertemente que me sentí indefensa, pues nadie a mí alrededor comprendió la urgencia que esto me implicaba, hasta que conocí a Richard St. Barbe y él me sugirió la publicación de los mensajes de los árboles. Desde entonces, mientras viajo alrededor del mundo, he tratado siempre de compartir el mensaje de los árboles maduros en mis talleres.

“Mientras que el rol ecológico de los árboles hoy es más comúnmente comprendido, el rol espiritual de los árboles no ha sido reconocido plenamente. Los ángeles hacen énfasis en varias razones respecto a la necesidad de contar con árboles maduros en el planeta. Aunque ellos no están de acuerdo con nuestros desconsiderados acercamientos a los árboles, nos ofrecen su continuo amor. Ha habido siempre un sentido de simpatía y equidad durante todo mi contacto con ellos.” –Dorothy Maclean.

El llamado de los árboles
Valor $ 14.900
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Av. Padre Hurtado Sur, local 12, Las Condes.
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La Economía del bien común


La ciencia económica clásica está desprovista de alma y es, por tanto, una gran amenaza para la sociedad. El principio de este proceso de curación es incluir de nuevo la economía dentro del sistema de valores sociales: en la economía tienen que ser válidos los mismos valores y normas que en la sociedad.
Christian Felber  

La medición unilateral del rendimiento mediante indicadores monetarios es una causa importante de la deshumanización de la economía científica. El economista checo Tomás Sedláček ha inventado la que, en mi opinión, es hasta el momento la mejor metáfora para describir lo que está pasando en la ciencia económica. «Cuando a un organismo se le arranca el alma, lo que queda es un zombi.» La ciencia económica clásica está desprovista de alma. Es, por tanto, una gran amenaza para la sociedad futura. Tenemos que volver a dotarla de alma. El principio de este proceso de curación es incluir de nuevo la economía dentro del sistema de valores sociales. En la economía tienen que ser válidos los mismos valores y normas que en la sociedad. La ciencia económica se separó hace doscientos cincuenta años de la filosofía moral dejando tras de sí su alma. Que la economía vuelva a ser parte de la filosofía y de la ética puede ser un elemento clave de la cura. De todos modos es imperiosamente necesario que las ciencias económicas se liberen de las garras del darwinismo social en las que todavía se halla presa la corriente principal.
“Si los economistas realmente quisieran construir la economía de mercado teniendo en cuenta los resultados de las investigaciones científicas interdisciplinarias deberían hacerlo sobre la cooperación y la motivación, y no sobre la competencia.”
Curiosamente, aunque los valores debieran ser la orientación esencial, las guías de nuestra vida, en la economía de hoy en día priman valores completamente diferentes a los valores válidos en nuestras relaciones personales diarias. En nuestras relaciones diarias o de amistad nos va bien cuando ponemos en práctica valores tales como la confianza, la sinceridad, el aprecio, el respeto, escuchar a Ios demás, la empatía, la cooperación, la ayuda mutua y la voluntad de compartir. La economía de libre mercado se basa en un sistema con normas que potencian la búsqueda de beneficios y la competencia. Estas pautas incentivan el egoísmo, la codicia, la avaricia, la envidia, la falta de consideración y de responsabilidad. Esta contradicción no es sólo un fallo estético en un mundo complejo o multivalente, sino una catástrofe cultural, nos divide en lo más profundo, como individuos y como sociedad.

Valores y guías
La contradicción es por tanto catastrófica, ya que los valores son el fundamento de la convivencia. A partir de ellos establecemos nuestras metas vitales, orientamos nuestros actos y los proveemos de sentido. En español la palabra «sentido» determina tanto «significado» como «dirección». Los valores son como una guía que señala la dirección de nuestra vida. Pero cuando nuestra guía diaria señala hacia una dirección ética —confianza, cooperación, voluntad de compartir— y de repente, en una parte de nuestras vidas, la economía de mercado, una segunda guía nos marca un camino justo en dirección contraria —egoísmo, competencia, codicia— sufrimos una desesperante contradicción. ¿Debemos ser solidarios y cooperativos, ayudar a los demás y estar constantemente pendientes del bien de todos? ¿O debemos tener siempre en cuenta primero nuestro propio beneficio y al resto, como competidores, tenerlos cortos? Lo incomprensible de esta discrepancia es que el legislador prefiere la guía falsa. La confirma y con ello incentiva valores que todos sufrimos. Esto no es categóricamente obvio porque ninguna ley dice que tengas que ser egoísta, codicioso, avaricioso, desaprensivo o irresponsable. Pero en numerosas leyes, normativas y tratados nacionales y de la Organización Mundial del Comercio (OMC), está vigente que, en economía, debemos tender a aumentar el beneficio (el propio beneficio) y ser competitivos. La consecuencia es la aparición epidémica de comportamientos asociales en la economía.

¿Del egoísmo surge el bien común?
El imperativo de que debemos ser competitivos con los demás y aspirar a conseguir el mayor beneficio financiero personal posible (comportarnos de manera egoísta) nos aleja de la esperanza, profundamente paradójica, de que el bien de todos se obtendría del comportamiento egoísta del individuo. Adam Smith, el primer economista científico, justificó esta teoría hace doscientos cincuenta años. Smith dijo literalmente: «No por la benevolencia del carnicero, del panadero o del cervecero contamos con nuestra cena, sino por su propio interés».

No estoy tratando de acusar a Smith. Una frase como ésta es comprensible en aquellos días, cuando el concepto de que el «individuo» persiguiera su propio interés era nuevo. Las «empresas» eran mayormente diminutas y carentes de poder, además estaban asociadas a nivel local y eran individualmente responsables. Los fundadores de las empresas, los dueños, los empleadores y los trabajadores formaban en muchos casos una unión personal. No había sociedades anónimas y globales, no había un movimiento libre de capital ni billonarios fondos de inversión.

Adam Smith esperaba que una «mano invisible» condujera el egoísmo individual hacia el bienestar del mayor número de personas posible. Desde un punto de vista metafísico, Smith era un teólogo de la Moral, puede que se refiriera a la mano de Dios. Pero contemplado desde un punto de vista económico, no puede tratarse de otra cosa sino de la competencia. Porque, ¿qué otro sistema que no sea la competencia es responsable de que las empresas incrementen su egoísmo en exceso? Tan pronto como se cobran altos precios o se ofrece una calidad inferior, somos reemplazados por otros: competencia. Hasta la fecha, la legitimación básica del sistema capitalista se basa en que el egoísmo del individuo conducirá hacia el bienestar al mayor número posible de personas a través de la competencia. Desde mi punto de vista esta hipótesis es un mito y además fundamentalmente falsa. La competencia estimula sin duda el rendimiento de las empresas (este punto lo veremos en detalle más adelante), pero ocasiona daños extremadamente altos a la sociedad y a las relaciones entre las personas. Si las personas persiguen su propio beneficio como única meta, y actúan unas contra otras, aprenden a ser más astutas que los demás y creer que ésta es la forma correcta y normal de actuar. Si engañamos a los demás en todo, entonces no nos estamos comportando como seres equivalentes. Estamos perdiendo nuestra dignidad.

La dignidad es el mayor de los valores
“La competencia motiva en primer lugar sobre la base del miedo. Por este motivo, el miedo es un fenómeno muy extendido en las economías capitalistas de mercado: se teme perder el trabajo, los ingresos, el estatus, el reconocimiento social y la pertenencia.”

Cuando en mis clases en la Facultad de Economía pregunto a los universitarios qué entienden por «dignidad humana» obtengo un perplejo y generalizado silencio. A lo largo de sus estudios o no han aprendido o no han oído nada al respecto. Esto asusta tanto o más que el hecho de que la dignidad sea el mayor de los valores. Es el primer valor que se menciona en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Dignidad quiere decir «valor en igualdad, sin condiciones e inalienable» que poseen todos los seres humanos. La dignidad no requiere de ninguna acción, tan sólo de existencia. Del idéntico valor de todos los hombres proviene nuestra igualdad en el sentido de que en una democracia todas las personas deben disfrutar de la misma libertad, derechos y oportunidades. Immanuel Kant decía que la dignidad sólo puede preservarse en el roce diario entre las personas siempre y cuando nos consideremos y nos tratemos como personas equivalentes. Debemos tomar las necesidades, los sentimientos y las opiniones de los demás tan en serio como los propios como expresión de la igualdad del valor. No debemos nunca instrumentalizar a las otras personas ni utilizarlas como medio para alcanzar los fines propios. De otro modo, acabaríamos con la dignidad.
En el libre mercado es, no obstante, legal y usual que instrumentalicemos a los demás y con ello vulneremos su dignidad. No es nuestra meta preservar su dignidad. Nuestra meta es lograr el provecho propio. Y éste es, en muchos casos, más fácil de conseguir cuando me aprovecho del que tengo más cerca y daño así su dignidad. Decisivas son mi actitud y mi prioridad. ¿Se trata del bienestar del mayor número posible de personas y de proteger la dignidad de todos, lo que de forma automática repercute en mi propio beneficio? ¿O se trata de priorizar mi propio bienestar y provecho, que a su vez puede, aunque no tiene por qué, atraer también el provecho de otros?

Si perseguimos nuestro propio beneficio como fin supremo, entonces se convierte en práctica común utilizar a los demás como medios para nuestros fines. En tal caso, la tergiversación de la teoría de Smith acerca de la finalidad y los efectos secundarios conduce a la difusión de la vulneración de la dignidad humana y a una sistemática restricción de la libertad de muchos seres humanos.

¿«Libre» mercado?
El «libre mercado» sería un mercado libre si todos los que participan activamente pudieran retirarse indemnes de cualquier transacción comercial. Pero eso sólo es cierto para una parte de las transacciones del mercado. Hay una parte relevante en la que algunos no pueden renunciar tan fácilmente a las transacciones como otros porque son en gran medida dependientes. Muchas personas no pueden decidir si quieren comprar alimentos hoy o no, o si quieren alquilar una casa. Muchas empresas no pueden decidir si quieren aceptar un crédito hoy o no. Si no lo hacen, puede que mañana sean insolventes. Innumerables granjeros no pueden decidir libremente a quién suministrar sus productos. A menudo sólo tienen uno o un puñado de compradores como elección que los tratan igual de mal. Las transacciones típicas son las siguientes:

    La media de los empleadores puede retroceder ante un contrato de trabajo para fijar sus términos más fácilmente que la media de los trabajadores.

    La media de entidades crediticias puede paralizar un contrato de crédito para estipular sus cláusulas más cómodamente que la media de los prestatarios.

    La media de las gestoras inmobiliarias puede tomar distancia antes de la firma del contrato de arrendamiento y con ello establecer los requisitos de éste más fácilmente que la media de los inquilinos.

    La media de las corporaciones globales puede prescindir de alguno de sus miles de colaboradores y de esa manera determinar las condiciones del contrato más fácilmente que la media de los proveedores.

Una desigualdad de poder en las relaciones comerciales privadas no sería el menor de los problemas si ambas partes se enfrentasen con respeto y con el propósito de proteger la dignidad. Entonces, la persona más fuerte se encontraría al mismo nivel y a la misma altura que la menos fuerte, y tomaría los deseos y sentimientos de ésta tan en serio como los propios. El resultado solamente sería satisfactorio cuando ambos pudieran vivir bien. Pero en la economía capitalista directamente se incentive a los más poderosos para hacer de esta desigualdad una ventaja. El resultado de perseguir el beneficio propio y la competencia resultante es la especial eficacia del libre mercado.

La confianza es más importante que la eficacia
Una cosa más. Cuando en el mercado tenemos que temer constantemente que los demás se aprovechen de nosotros tan pronto tengan la más mínima posibilidad, sistemáticamente se pierde algo esencial: la confianza. El economista dice: no tiene importancia, en la economía se trata de eficacia. Eso es una perversión. La confianza es el mayor bien social y cultural que conocemos. La confianza es aquello que mantiene unida a la sociedad en lo más profundo, no la eficacia. Imagínese una sociedad en la que pudiera confiar plenamente. ¿No sería la sociedad con el mayor nivel de calidad de vida? Y al revés, una sociedad en la que tuvieran que desconfiar de cada persona. ¿No sería ésta la sociedad con la peor calidad de vida?

“Cuando en el mercado tenemos que temer constantemente que los demás se aprovechen de nosotros tan pronto tengan la más mínima posibilidad, sistemáticamente se pierde algo esencial: la confianza.”
El balance provisional es radical: mientras en la economía de mercado se promueva el beneficio y la competencia y se apoye la extralimitación de unos contra otros que provoca, no será compatible ni con la dignidad humana ni con la libertad. Se destruye sistemáticamente la confianza social con la esperanza de que aumente la eficacia más que en cualquier otro sistema económico.

Ante estas circunstancias la corriente económica dominante señala a menudo tres conocidos tipos de reacción: (i) es de sobra conocido que no hay ninguna alternativa a la economía de mercado, (ii) el que no se da por enterado quiere catapultar la economía de vuelta a la pobreza del siglo XIX o directamente al comunismo, y todos conocemos cómo acaba eso, (iii) la economía de mercado es el sistema económico más productivo que hay, y así lo ha decidido la historia. La competitividad incita a producir de forma incomparable, además de que es una característica propia de la naturaleza del ser humano y, por lo tanto, inevitable.
Vamos a ver más de cerca estos últimos mitos básicos de la economía de mercado. «La competencia es el método más eficaz que conocemos», escribe el Nobel de Economía Friedrich August von Hayek. Cuando un premio Nobel dice algo así, tiene que ser verdad. (No existe el premio Nobel de Economía). He intentado encontrar los estudios empíricos a través de los cuales Hayek llega a esta conclusión. Para mi asombro, no los he encontrado. He buscado entre los trabajos de otros economistas ya que es usual que los colegas de la comunidad económica se citen unos a otros. Tampoco aquí he tenido éxito. Ninguno de los economistas coronados con el Premio Nobel ha demostrado jamás que la competencia sea el mejor método que conocemos. Una de las piedras angulares fundamentales de las ciencias económicas es sólo una afirmación que cree la mayoría de los economistas. Y sobre esta afirmación se sustentan el capitalismo y la economía de mercado, que son los modelos económicos dominantes en el mundo desde hace doscientos cincuenta años.

Referente a la pregunta concreta de si la competencia motiva más que el resto de los métodos, encontramos gran cantidad de estudios de numerosas disciplinas como la psicología social, la teoría de juegos o la neurobiología. Fueron analizados 369 en un meta estudio. Y de aquellos con un resultado claro, la contundente mayoría de un 87 % llega a la sorprendente conclusión de que la competencia no es el método más eficaz que conocemos. Lo es la cooperación. La razón es que la cooperación motiva de manera distinta a la competencia. Que la competencia motiva no lo discute nadie. Esto lo ha probado de sobra la capitalista economía de mercado, pero lo hace de manera más débil. La cooperación motiva basándose en las relaciones satisfactorias, el reconocimiento, la valoración y la fijación y consecución de objetivos comunes. Esto es una definición de cooperación. Por el contrario, la definición de competencia es «el logro del éxito de uno o de otro». Sólo puedo tener éxito si el otro no lo tiene. La competencia motiva en primer lugar sobre la base del miedo. Por este motivo, el miedo es un fenómeno muy extendido en las economías capitalistas de mercado: se teme perder el trabajo, los ingresos, el estatus, el reconocimiento social y la pertenencia. En la competición por escasos bienes hay en general muchos perdedores, y la mayoría tienen miedo de serlo. Pero hay más componentes de la motivación dentro de la competencia. Mientras que el miedo empuja por detrás, desde delante arrastra una especie de deseo placentero. Pero ¿Qué deseo? Se trata del deseo de triunfar, de ser mejor que todos los demás. Esto, desde un punto de vista psicológico, es un motor problemático.
La finalidad de nuestras acciones no debería ser sobresalir de los demás, sino ocuparnos bien de nuestros propios asuntos, que son coherentes y nos gusta realizar. En este punto deberíamos referirnos a la autoestima. Aquel que relaciona su propio valor con ser mejor que los demás depende completamente de que los demás sean peores. Desde un punto de vista psicológico se trata de un narcisismo patológico. Sentirse mejor porque los demás son peores es simplemente enfermizo. Lo sano sería nutrir nuestra autoestima de acciones que nos gustara realizar, elegidas libremente y por tanto dotadas de sentido. Si nos concentrásemos en ser nosotros mismos en vez de en ser mejores, nadie saldría perjudicado ni habría necesidad alguna de la existencia de perdedores.

“Los mejores rendimientos no se llevan a cabo por la existencia de un competidor, sino porque la gente se fascina por algo concreto, se llena de energía, colma sus esperanzas en realizarlo y se entrega por la causa. No necesita competencia.”
Si mi meta es hacer bien las cosas y me da igual cómo hagan las cosas los demás, entonces no es necesaria la competencia, que es justo el fundamento del mito: sin competencia los hombres no se sentirían incentivados para ser eficientes, no sentirían motivación para ocuparse bien de sus asuntos. Sin embargo, los estudios psicológicos indican que nos comportamos justo al revés. La motivación es mayor cuando es interna (motivación intrínseca) que cuando proviene de fuera (motivación extrínseca), como por ejemplo en la competencia. Los mejores rendimientos no se llevan a cabo por la existencia de un competidor, sino porque la gente se fascina por algo concreto, se llena de energía, colma sus esperanzas en realizarlo y se entrega por la causa. No necesita competencia.

Si los economistas honrados realmente quisieran construir la economía de mercado con el método más eficaz que conocemos teniendo en cuenta los resultados actuales de las investigaciones científicas interdisciplinarias deberían hacerlo sobre la cooperación estructural y la motivación intrínseca. El hecho de que no lo hagan demuestra que no se trata ni de ciencia ni de conocimientos, sino de la protección ideológica de estructuras de poder. De todos modos, a los poderosos la competencia les sirve muy bien. Si nosotros, las personas, no aprendemos a cooperar y a ser solidarios, no pondremos en tela de juicio las relaciones de poder ni las cambiaremos mediante la fuerza unida. Más bien intentaremos luchar a nuestra manera, sin piedad, en el ámbito del poder y de las élites sociales. Sin embargo, de este modo la mayoría se queda por el camino. El clima social se enrarece progresivamente porque en nuestra persecución del beneficio propio nos aprovechamos permanentemente los unos de los otros, nos utilizamos, nos degradamos. Y con esto, debilitamos o incluso destrozamos la confianza social y la autoestima de la mayoría de las personas.

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